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Fermentando con Dios: La Amistad con Dios desde la experiencia del encuentro

 

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Fermentando con Dios: La amistad con Dios desde la experiencia del encuentro

Juan Antonio Puigbó

Reconocimiento de los vacíos

Las redes sociales anuncian promesas. Le gente corre tras las ofertas de los últimos productos del mercado. Las modas se imponen para que la gente consuma y gaste el dinero que tanto les costó conseguir. Las familias se pelean y muchos lloran porque no encuentran la salida a sus problemas. Parece ser que las malas noticias son las que abundan. Los engaños se multiplican y los vacíos se hacen cada vez más profundos. Así comienza el vacío de sentido. Es el vacío de encontrarse perdido aún cuando pareciera que lo tenemos todo. Es el vacío de no saber porqué estamos aquí. "Ya no hay espacio para los demás… ya no se escucha la voz de Dios" (Evangelii Gaudium [EG], 2).

No hemos sido creados para el lamento y la frustración. No puede ser que Dios nos haya creado para la ruina. Aunque todos sabemos que el pecado ha introducido esa tendencia al desorden, debe haber una esperanza. San Agustín dice: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti."  

Entonces estos vacíos profundos han de ser la oportunidad para una toma de conciencia que nos haga capaz de volver a nuestras raíces; las raíces de las bondades de nuestra propia creación, a Dios mismo que es la fuente infinita de misericordia.

Encuentro personal con Cristo

La toma de conciencia de nuestra poquedad y de nuestra vulnerabilidad nos enseña que el sentido de nuestras vidas ya ha sido alcanzado por Cristo en la Cruz. Es allí donde encontramos la expresión de su amor exquisito que nos asegura la salvación eterna, pues "es el Dios de la misericordia que nos ofrece su salvación" (EG, 112).

Es, sin duda una necesidad vital la de nuestro encuentro con Dios. Se hace vital porque descubrimos que sin Él no podemos hacer nada (Juan 15, 5). Es parecido a lo que le ocurrió a Andrés, el hermano de Pedro: Era de tarde. Estaba en busca de la verdad; de Dios. Y se topó con Jesús. Le preguntó dónde vivía y fue con Él. De esa fuerte experiencia con el Mesías, Andrés fue a decirle a su hermano Pedro. Fue sin duda un encuentro personal y transformador (Juan 1, 35-42).

Así como ese encuentro con Jesús, he sido también testigo de la transformación de muchos hombres y mujeres que a través de los Cursillos de Cristiandad se han dejado topar con Jesús.Los Cursillos son un movimiento eclesial que comenzó en los años 40 en España. Desde entonces se esparció por todo el mundo. Es uno de los muchos ejemplos de las maravillas que Dios hace en su Iglesia. Se trata de un curso corto sobre la fe que persigue la vida en gracia para sus participantes y la cristianización de los ambientes.

Si la vida de pecado es la ruina del hombre, la vida en gracia es su salvación. Vivir en gracia es vivir en amistad permanente y plena con Dios. Esa amistad, por supuesto, trae consigo unas exigencias concretas, entre ellas: la fidelidad al plan de Dios. Así es que la vida en Cristo que sobreviene al encuentro personal con Él exige una transformación radical y una respuesta coherente a su llamada. Tal respuesta es sólo posible con la gracia de Dios, que impulsa a la persona a la transformación de sus ambientes a través de su propio testimonio de vida.

El encuentro con Cristo  ocurre, en general, gracias a tres momentos bien definidos de la vida de la persona: encuentro consigo mismo, encuentro con Cristo y encuentro con los demás. El encuentro consigo mismo es la toma de consciencia de lo que uno es y de la necesidad de la gracia de Dios. La persona descubre sus debilidades y virtudes y se abre a la transformación divina. Luego ocurre el encuentro con Cristo en el que Jesús hace la invitación personal a su seguimiento y a vivir en su compañía. En ese encuentro, Dios seduce a la persona y le hace salir de sí misma para invitar a otros a seguir a Jesús. Es allí cuando ocurre el encuentro con los demás a través de sus necesidades particulares y posibilidades para que puedan vivir esa misma gracia. Así es que el Papa Francisco afirma que "la respuesta del cristiano es vivir en un nivel superior, pero no con menor intimidad: la vida se acrecienta dándola" (EG, 9).

Vitalidad del testimonio auténtico

La vida coherente de los cristianos es de vital importancia. En el Movimiento de Cursillos he aprendido a amar a Dios con mayor radicalidad; hasta las últimas consecuencias. En la vida cristiana es fácil acomodarse y hacer de Dios la excusa de nuestras tradiciones culturales, costumbres, celebraciones, etc. Sin embargo, un encuentro con Cristo exige transformar la vida de acuerdo a sus estándares y comprometidos con su plan de amor, dispuestos a dar, si fuera necesario, la propia vida como hizo Él mismo desde la cruz. En realidad es del mismo Cristo de quien viene esa invitación radical de la cruz: "Si alguno quiere venir detrás de mi, que renuncia a sí mismo, cargue con su cruz y me siga" (Mateo 16, 24).

El ejemplo de vida de muchos de mis amigos de Cursillos me ha empujado a comprometerme más con Cristo, y amarle con amor más delicado. El ejemplo se nota en sus luchas personales por mantenerse alejados de las seducciones del mundo,  el testimonio de sus matrimonios, su convencimiento de que en Cristo lo pueden todo, y su opción decidida a no perder la gracia de ninguna manera.

Ese es el testimonio de los santos así como el de tantos mártires que sufrieron hasta el límite de sus fuerzas por dar testimonio de Cristo y de su Iglesia. Al final y al cabo, Dios nos quiere santos, nos quiere sus héroes, arriesgados por su misión y como respuesta a su amor por nosotros, porque "al que arriesga el Señor no lo defrauda" (EG, 2). El testimonio de los santos no puede ser de otra manera que hacer concreto el mensaje de Jesús en la vida personal confiando plenamente en Él y conscientes que la salvación siempre pasa por la cruz.

Un plan de vida

La vida cristiana es una aventura. Es un camino largo que requiere un plan. Esta es una carrera de resistencia y no de velocidad. Así pues, todas las carreras necesitan de un plan para mantenerse en forma y para alcanzar la meta propuesta. Tres son las áreas de trabajo de este plan: Piedad, Estudio y Acción. Es lo que Cursillos llama el "Trípode." Esto asegura la fidelidad a los compromisos adquiridos después del encuentro con Cristo. La Piedad promueve la amistad con Dios a través de actos concretos de espiritualidad personal y comunitaria como el ofrecimiento diario de obras, los sacramentos (confesión y comunión frecuentes), el examen de la noche, el rosario, retiros y dirección espiritual. El Estudio ofrece el conocimiento para llenar "la cabeza de ideas y el corazón de fuego".(include a citation of the quotation) Para ello existen las Escuelas de Dirigentes con temas de teología y de actualidad para la formación de aquellos llamados a dar testimonio de Dios en el mundo. Finalmente, la Acción es la puesta en práctica de la vida en gracia fermentando los ambientes con el Evangelio a través del testimonio personal y de las actividades de las Reuniones de Grupo (Mateo 13, 33).

Jesús nos ha llamado a vivir en amistad con Él a través de una vida de gracia consciente, creciente y compartida; en una actitud de encuentro constante con aquel que sabemos nos ama. Él mismo nos llama amigos (Juan 15, 15). La Biblia dice que el que encuentra un amigo encuentra un tesoro (Eclesiástico 6, 14).  Hemos dicho que Cristo nos ha encontrado; ha salido a nuestro paso. Su amistad es nuestro más grande tesoro. ¿De qué amistad estamos hablando? Esta es la amistad de los amigos de Dios.  Y es la amistad que se desarrolla en las pequeñas comunidades de cristianos en las Reuniones de Grupo.

Podríamos decir que existen tres niveles de amistad que tienen que ver con los tres encuentros que he mencionado antes y que a su vez corresponden a los tres momentos del itinerario de la vida cristiana: amistad humana, amistad cristiana y amistad apostólica. La amistad humana es el nivel más básico y fundamental de toda relación de amigos. Es donde se comparten los gustos personales, las comidas, la música, los deportes y otros pasatiempos. Es donde toma raíz la relación de los amigos y donde ambos descubren que pueden compartir cosas más profundas de sus propias vidas. Después de la vivencia de lo fundamental cristiano que es la vida en gracia, la persona descubre que su ideal supremo es ser santos como Dios es santo (Levítico 19, 2). Esa es la amistad cristiana añadiéndose lo más importante de la vida: saberse salvados y reconciliados con el Padre para alcanzar el Cielo. Esa misma experiencia hace a los amigos apóstoles del Reino con la necesidad de comunicar a otros la grandeza de lo que han encontrado. Esa es la amistad apostólica por la que el mundo reconoce la presencia de Dios entre ellos (Hechos 4, 32-36).

Esa amistad ha sido muy importante en mi propia vida sacerdotal. El encontrarme con hombres y mujeres con los que puedo compartir y experimentar la comunidad es vital para mi fidelidad sacerdotal. No solamente el privilegio de acompañarles en sus itinerarios vocacionales sino, también, saberme acompañado por ellos, constituye una de mis más grandes bendiciones. Somos salvados en comunidad, en la Iglesia, porque "nadie se salva solo ni por su propias fuerzas. (Dios) Ha elegido convocarlos como pueblo" (EG, 113). En Cursillos se dice: "o nos salvamos o nos condenamos en racimo".

Una Iglesia en salida: La cristianización de los ambientes

La diversidad vocacional de la Iglesia,  inspirada en el Concilio Vaticano II, adquiere un rostro más plural. Nos enseña que la comunidad eclesial es la comunidad de comunidades donde cada uno, desde su carisma, vocación y ministerios desempeña un servicio particular en bien de todo el cuerpo místico de Cristo. Así es que la riqueza del Espíritu Santo en la Iglesia no se agota en los movimientos de apostolado seglar, ni en las órdenes religiosas sino que, al contrario, expresa la belleza de su dinamismo y de la continua renovación de la predicación apostólica.

El Papa Francisco insiste en que seamos una Iglesia en salida que vaya a las periferias de la sociedad y de la vida de los hombres. "La Iglesia en salida es la comunidad de los discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan" (EG, 24). Es una comunidad atrevida y lanzada a cristianizar los ambientes haciéndose amigos de los hombres para hacerlos amigos de Cristo. Es esta una constante urgencia que mantiene vivo el celo por la salvación de las almas de aquellos con los que nos relacionamos continuamente. Entonces la audacia de los misioneros nace de un amor discipulado al Señor.

Una Iglesia en salida ha de ser la ocasión para comprometerse con Cristo, que nos ha hecho sus discípulos y nos ha enviado como sus misioneros –en nombre suyo- para proclamarle al mundo que en Él está la salvación. "La Iglesia en salida es la Iglesia con las puertas abiertas" (EG, 46). Es una Iglesia de hombres y mujeres que se mezclan porque "los evangelizadores tienen así 'olor de oveja'" (EG, 24). 

 


Photo of Fr. Puigbo for video seriesJuan Antonio Puigbó, venezolano, ordenado en el 2001, es sacerdote de la Diócesis de Arlington en Virginia. Estudió la Licencia en Teología Sistemática en The Catholic University of America (2004) y el Master en Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (2006). Ha sido Director de la Oficina de Asuntos Hispanos en la Arquidiócesis de Washington y Director del Sol Vocational Institute en Washington, D.C. Actualmente es Vicario parroquial de la parroquia de Todos los Santos en Manassas, Virginia. También es Asesor Diocesano de los Cursillos de Cristiandad en Arlington, Virginia y miembro fundador de la Fundación Vocare para servicios a las familias de origen hispano.

 



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