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Involúcrate: Llevar las Buenas Nuevas a las Periferias

 

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Involúcrate: Llevar las Buenas Nuevas a las Periferias

El Reverendísimo Mario E. Dorsonville, Obispo Auxiliar de Washington

Al concluir con su tiempo en esta tierra, nuestro Señor Jesucristo le encomendó una misión a sus discípulos diciendo "vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado" (Mt. 28:1920). Está misión evangelizadora de la iglesia no solo le pertenece al clero y las religiosas, sino que es responsabilidad de cada uno de nosotros ya que en la pila bautismal las palabras recibidas por el profeta Isaías—"te  he llamado por tu nombre, tú me perteneces"1—fueron susurradas en nuestros propios oídos. Este llamado bautismal es mejor entendido en la afirmación, hecha por Benedicto XVI, de que los laicos en la Iglesia "deben ser considerados no como 'colaboradores' del clero, sino como personas realmente 'corresponsables' del ser y del actuar de la Iglesia."2 Acudir a este llamado significa que es importante consolidar un "laicado maduro y comprometido, capaz de dar su propia aportación específica" a la misión evangelizadora de la Iglesia. El mundo necesita escuchar la Buena Nueva de Jesucristo, y esta misión te pertenece a ti. ¡Atrévete! ¡Involúcrate!

El punto de partida para involucrase en toda actividad misionera, particularmente en las periferias, es el acudir al llamado. Pero con tanta bulla en nuestras vidas, ¿cómo podríamos estar seguros que estamos escuchando el llamado correcto? ¿Cómo discernir que esta invitación de acompañar a las personas en las periferias es auténticamente un llamado de Dios? La respuesta, como suele ser cuando vienen de Dios, es simple; la oración. La persona que se siente llamado a ser misionero en las periferias existenciales es una persona que está sumergida en una vida de oración.

Recuerdo cuando era joven me acerqué a mi director espiritual a decirle que yo quería ser un sacerdote. Con una sonrisa, ese hombre sabio me preguntó, "¿y qué es lo que Dios quiere?" Aquella pregunta me llevó a entender que el seguir el llamado de Dios no es simplemente seguir un deseo propio, por muy abnegado que se vea, sino que depende de un discernimiento enraizado en la vida de oración. Es en el silencio de la oración, o el "murmullo de la suave brisa"3 según el profeta Elías, donde escuchamos la voz de Dios que nos llama. Afuera de la oración corremos el peligro de perseguir ideales vacíos, ideales que aunque dignos de alcanzar no son el verdadero llamado de Dios.

Benedicto XVI lo pone de esta manera: "Es siempre importante saber que la primera palabra, la iniciativa auténtica, la actividad verdadera viene de Dios y sólo si entramos en esta iniciativa divina, sólo si imploramos esta iniciativa divina, podremos también nosotros llegar a ser evangelizadores."4 Y es que Dios en la oración escucha nuestra inquietud, nuestro sueño, y profundo deseo de servicio y lo encamina en la dirección que más nos beneficiará. Y Dios siempre nos enviará hacia la periferia, al encuentro del sufrimiento humano ya sea en nuestros propios hogares, nuestros vecindarios o algún lugar lejano. Y somos enviados para poder encontrar el rostro de Dios, ya que la periferia es el lugar privilegiado por Dios. 

¿Y cómo estar seguros que Dios se encuentra en las periferias?

El Papa Francisco escribe: "Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que 'no tienen con qué recompensarte' (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer."5

Como "destinatarios privilegiados del Evangelio," las personas en las periferias nos revelan a Dios. Es ahí, cuando entramos en una íntima relación con el sufrimiento humano que encontramos el rostro de Dios. Sabemos esto gracias al ejemplo de personas como San Francisco de Asís, Santa Teresa de Calcuta, el Beato Oscar Romero, Dorothy Day y muchos más que tuvieron un encuentro con Dios a través del rostro del más necesitado o marginado. Es ahí, en medio del sufrimiento humano, donde podemos ver el rostro de Cristo crucificado y podemos apreciar de una manera concreta el misterio de su pasión. Y es cuando vemos ese rostro golpeado, insultado, y abandonado que podemos entender el misterio pascual y encontrar vida nueva que se nos ha prometido.

El evangelio de San Lucas nos cuenta la historia de la mujer que unge a Jesús con sus lágrimas.6 Las palabras de Jesús confirman el hecho de que aquellos que han sufrido más pueden entender mejor el mensaje de la salvación. Y es por esto que las personas en las periferias nos pueden revelar el rostro de Dios. En su sufrimiento ellos han podido experimentar el amor misericordioso que muchas veces pasa desapercibido por los que viven en medio de la apatía. Pero, ¿en dónde se encuentran esas periferias?

Las periferias, nos dice el Papa Francisco, es ahí donde se encuentran "los pobres, los discapacitados, los nascituros y los enfermos, los inmigrantes y los refugiados, los ancianos y los jóvenes sin trabajo."7 Las periferias son esos lugares donde encontramos el sufrimiento, la soledad y degradación humana. La periferia es todo espacio donde aún no ha llegado el Evangelio.

Estos espacios pueden encontrarse en nuestros propios hogares, cuando miembros de nuestras familias sufren de adicción a las drogas o la pornografía. Cuando las parejas están más enfocados en proveer bienes materiales descuidando los sacrosantos momentos de oración o compartimiento familiar. Cuando los hijos están más interesados en afirmar su independencia que cuidar por sus padres enfermos. Cuando la ira, la discordia, y el chisme debilitan los lazos familiares.

La periferia también se encuentra en nuestros vecindarios, donde los jóvenes llenan el vacío en su corazón dentro de las pandillas, la violencia y el crimen. En las ocasiones donde la discriminación y los prejuicios llevan a la marginalización de diversos miembros en nuestra comunidad. Donde las personas con necesidades especiales son solamente acomodadas pero no integradas, valoradas y celebradas por lo que pueden contribuir. También donde hay estudiantes que viven el abandono en escuelas de bajo rendimiento y abrumadas por varios retos sociales. En los hospitales donde hay enfermos que agonizan día con día sin el apoyo de un ser querido. En los hogares dónde los ancianos viven en soledad, añorando la cercanía de sus hijos que no los visitan.

Finalmente, las periferias están también en tierras lejanas que hoy en día son más cercanas gracias a los medios de comunicación y otros avances tecnológicos que nos acercan al sufrimiento de nuestros hermanos en los lugares más remotos de la tierra. Ahí en medio del sufrimiento de las víctimas de desastres naturales que son empeorados por la degradación ambiental que es el resultado de nuestro descuido del planeta. En el sufrimiento de las personas que son desarraigados de sus países a causa de las guerras y persecución política. En la constante marginalización de los pueblos indígenas que todavía continúan luchando con hacer que su voz sea escuchada. En los barrios donde el abandono social se hace más evidente.

Y son a todos estos lugares a donde somos enviados, ya que como dice el Papa Francisco, "el camino de la Iglesia es salir para ir a buscar a los lejanos en las periferias, para servir a Jesús en cada persona marginada, abandonada, sin fe, desilusionada de la Iglesia, prisionera de su propio egoísmo."8 Y en esta salida encontramos a Dios, a quien es fácil reconocer cuando nuestra vida está sumergida en la oración.

Finalmente, en las periferias somos transformados. Ahí es donde descubrimos nuestro rol bautismal de profetas. Y es que cuando encontramos a Dios en las periferias, hacemos comunión con nuestros hermanos, y eso nos mueve a proclamar el evangelio. Y es que el profeta camina con el pueblo, les invita a ver la fidelidad de Dios a través de la historia, y apunta a un nuevo futuro lleno de esperanza. Y es que el profeta junto con el pueblo puede ver que "¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna."9 A esto te llama tu fe. A proclamar la verdad de la Buena Nueva y traer alivio al corazón humano que busca más. ¡Involúcrate! ¡Atrévete!



1 ISAÍAS 43:1

2 MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI AL FORO INTERNACIONAL DE ACCIÓN CATÓLICA (Castelgandolfo, 10 de agosto de 2012)

3 1 REYES 19:12

4 XIII ASAMBLEA GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS - MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI  DURANTE LA PRIMERA CONGREGACIÓN GENERAL (Aula del Sínodo, Lunes 8 de octubre de 2012)

5 EVANGELII GAUDIUM, 48

6 LUCAS 7:36-50

7 MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO  AL CARDENAL KURT KOCH POR LA X ASAMBLEA GENERAL DEL CONSEJO ECUMÉNICO DE IGLESIAS (Busan, Corea del Sur, 30 de octubre - 8 de noviembre de 2013)

8 DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO AL MOVIMIENTO DE COMUNIÓN Y LIBERACIÓN (Plaza de San Pedro, Sábado 7 de marzo de 2015)

9 JUAN 3:16

 


Headshot of Bishop DorsonvilleEl Reverendísimo Mario Eduardo Dorsonville-Rodríguez nació el 31 de octubre de 1960 en Bogotá, Colombia, el hijo único de Leonor M. Rodríguez Carlos J. Dorsonville. El asistió al seminario mayor de la Arquidiócesis de Bogotá, recibiendo su licenciatura en filosofía en 1981 y otra sagrada teología en 1985. Fue ordenado al sacerdocio el 23 de noviembre de 1985 en Bogotá. Después de ser ordenado, sirvió como vicario parroquial en la parroquia del Inmaculado Corazón de María en Bogotá (1987-1991), y un capellán asociado (1988-1991) y profesor de ética (1990-1991) de la Universidad Nacional de Colombia.

Él recibió una licenciatura en sagrada teología de la Pontifica Universidad Javeriana de Bogotá en 1991 y un doctorado en pastoral de la Universidad Católica de América en 1995. Desde 1992 a 1994, él sirvió como vicario parroquial en las parroquias del Buen Pastor y Cristo Redentor en Arlington, Virginia, así como presentador en el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington. Él sirvió como profesor del Apostolado Hispano en Arlington en los años 1993 y 1994. Después regresó a Colombia para servir como capellán y profesor de ética en la Universidad Nacional de Colombia y como profesor de consejería pastoral y catequesis en el seminario mayor de la Arquidiócesis de Bogotá desde 1995 hasta 1996.

Al regresar a Estados Unidos, sirvió como vicario parroquial en la parroquia de San José en Arlington (1996), Nuestra Señora de Lourdes en Bethesda, Maryland (1997-2004) y San Marcos en Evangelista en Hyattsville, Maryland (2004-2005). Sirvió como vice-presidente de misión de Caridades Católicas en Washington y director del Centro Hispano desde el 2005 y como director espiritual auxiliar en el Seminario Juan Pable II desde el 2011.

Él ha servido como un miembro del consejo de sacerdotes de la Arquidiócesis de Washington desde el año 2000 y miembro del Colegio de Consultores de la arquidiócesis desde el 2011. Él fue miembro de la junta directive de Carroll Publishing Company desde el 2000 al 2003. En el 2009 completó un certificado ejecutivo en administración de organizaciones no-lucrativos en la Universidad Georgetown y sirvió como mento de nuevos sacerdotes del 2010 al 2011.

Actualmente sirve como Obispo Acompañante de la Región IV al V Encuentro Nacional de Pastoral Hispana/Latina.



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