¿Dónde nos encontramos en la catequesis? Situando el Directorio Nacional para la Catequesis
Monseñor Leonard P. Blair, Obispo de Toledo
Cuando nuestro Señor les dijo a los apóstoles: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28:19), poco pudieron imaginarse el alcance en espacio y en tiempo de la misión que se les estaba confiando a ellos y a sus sucesores. La Iglesia no sólo ha crecido en su comprensión de las verdades reveladas en forma divina; ella también continúa creciendo en su comprensión de cómo esas verdades deben ser enseñadas y transmitidas a los demás, y al igual que ese padre de familia del cual habla Jesús, ella saca de su tesoro “cosas nuevas y viejas” (Mt 13:52). La inminente publicación del Directorio Nacional para la Catequesis señala un nuevo y prometedor momento para la Iglesia en Estados Unidos, una invitación a crecer en entendimiento. Su publicación es el más reciente paso en un proceso que se remonta a los tiempos posteriores al Concilio Vaticano II.
La catequesis fue analizada en el Concilio, especialmente en lo que se refiere a los obispos y a sus responsabilidades como maestros. El 28 de octubre de 1965, se promulgó el Decreto sobre la función pastoral de los obispos en la Iglesia, Christus Dominus (CD). Éste nos enseña que los obispos tienen el deber de asegurar que aquellos que han sido confiados a su cuidado pastoral tengan una “fe, iluminada por la enseñanza….viva, explícita y activa” (CD, no 14). Los obispos tendrán que “exponer las enseñanzas cristianas con un método adaptado a las necesidades de nuestro tiempo” usando “todos los métodos existentes…para proclamar las enseñanzas cristianas” (CD, no. 13). Entre los decretos con los cuales concluye Christus Dominus hay uno que manda la creación de “un Directorio de catequesis del pueblo cristiano, en el que se trate de los principios fundamentales y de la organización de esta enseñanza y de la elaboración de los libros correspondientes (CD, no. 44). Este decreto señala el inicio de una nueva era de catequesis en la Iglesia, una que aún se encuentra en desarrollo.
La elaboración de un directorio catequético a nivel mundial no tiene precedente. El proyecto significaba no sólo la redacción de un texto sino, más importante aún, una reflexión sobre la naturaleza y el propósito de la catequesis en la vida y la misión de la Iglesia. Antes de 1965, el único texto catequético que se había publicado para todo el mundo era el Catecismo Romano, que se publicó en 1569 luego del Concilio de Trento. La idea era que los obispos y los sacerdotes lo usasen como un texto de referencia doctrinal para guiarlos en la creación y elaboración de los materiales catequéticos.
Poco después del Concilio Vaticano II, se estableció una comisión internacional para supervisar la creación de un directorio catequético universal. El primer paso de la comisión fue realizar una consulta dirigida a los obispos del mundo. La comisión, basada en esa primera consulta, presentó el bosquejo propuesto el cual fue revisado en una sesión plenaria especial de la Congregación para el Clero, el dicasterio romano responsable de los asuntos catequéticos. Como resultado, se elaboró un borrador del texto el cual se envió a todas las conferencias episcopales para mayor consulta. Basados en sus respuestas a la consulta y en una revisión hecha por una comisión teológica especial y por la Congregación para Doctrina de la Fe, se elaboró el texto del Directorio Catequético General que se publicó en 1971.
El propósito del Directorio Catequético General, como lo indicaba en su Prefacio, era “proporcionar los principios básicos de la teología pastoral” para que el ministerio de la palabra pueda ser dirigido y gobernado de una manera mejor. El Prefacio explicó la manera en la que el texto planteaba los errores más frecuentes encontrados en la catequesis. Decía también que estos errores se pueden evitar solamente si uno adopta un entendimiento correcto de la naturaleza y del propósito de la catequesis y de las verdades que se deben enseñar, tomando en cuenta a aquellos a quienes la catequesis va dirigida y a las condiciones en las cuales viven éstos. El Prefacio también animaba a los obispos de todo el mundo a elaborar directorios nacionales y/o regionales a fin de aplicar los principios y los decretos del Directorio Catequético General a las situaciones concretas de sus propios pueblos.
En Estados Unidos, el llamado para elaborar un directorio nacional produjo una respuesta casi inmediata. Para abril de 1972, la National Conference of Catholic Bishops formó un comité de siete obispos para supervisar la creación de un Directorio Catequético Nacional. Al año siguiente, se nombró a un director del proyecto y a un asistente del director, ambos a tiempo completo, y se formó un comité de trabajo compuesto de doce miembros entre obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.
El proceso de elaboración del primer Directorio Catequético Nacional involucró varias consultas con el público. La primera se realizó desde fines de 1973 hasta marzo de 1974 y se enfocó en un bosquejo preliminar para el directorio. A principios de 1975, se publicó el primer borrador para la consulta. Se recibieron más de 75,000 recomendaciones para ese primer borrador. Se elaboró un segundo borrador el cual también se sometió a consulta durante los tres primeros meses de 1977. El texto para un Directorio Catequético Nacional se aprobó en la Asamblea General de los obispos en noviembre de ese mismo año. Casi un año después, en octubre de 1978, el texto recibió la aprobación necesaria de la Santa Sede y fue publicado en marzo de 1979 bajo el título de Sharing the Light of Faith: the National Catechetical Directory (Compartiendo la luz de la fe: Directorio Catequético Nacional).
Durante esos años se realizaron también varias otras actividades y asambleas dedicadas a la catequesis. En 1971, el Papa Pablo VI fue el anfitrión de un congreso catequetico internacional. En 1975, se publicó la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi la cual se enfocaba, en parte, en la catequesis. Ese mismo año, el papa formó el Consejo Internacional para la Catequesis el cual aún existe como cuerpo de consulta a la Congregación para el Clero. En 1977, la asamblea del Sínodo para Obispos tuvo como tema la catequesis. Tiempo después, el resultado del sínodo fue la Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae (Sobre la catequesis en nuestro tiempo), que fue publicada por el Papa Juan Pablo II en 1979 en el primer aniversario de su elección como papa. Entre los tópicos que se enfatiza en este documento está la necesidad que la catequesis sea Cristocéntrica y presentar una instrucción en la fe orgánica y sistemática.
Antes de seguir hablando de estos documentos, creo que seria útil reflexionar un poco sobre la instrucción catequética en general. Durante los años inmediatos posteriores al Concilio Vaticano II y antes de la publicación de los directorios de 1971 y 1979, ya se habían producido ciertos cambios en la educación religiosa. Antes de la segunda mitad del Siglo XX, la mayoría de los esfuerzos en educación religiosa se basaban en el clásico método educativo que enfatizaba la repetición y la memorización de las enseñanzas. A consecuencia del Concilio Vaticano II, nacieron diversos movimientos catequéticos los cuales influenciaron la educación religiosa. Por ejemplo, estaba el método llamado kerigmático que se originó en Alemania con el padre jesuita Josef Jungmann. Otro movimiento se inspiró en la manera como aprenden los niños basado en las etapas de desarrollo infantil de Piaget.
Muchos educadores religiosos en Estados Unidos empezaron a alejarse de ese método clásico, poniendo más énfasis en ayudar a aquellos que estaban catequizando para que experimentaran a Dios en la vida diaria y para que pusieran su fe en práctica. Se puso énfasis en la formación cristiana y no sólo en la educación o en la instrucción. Los nuevos métodos ayudaron a los que estaban siendo catequizados a apreciar la importancia de la conversión personal y la fe en acción, especialmente al servicio de los demás. Los conocimientos sobre el desarrollo humano llevaron a los educadores religiosos a reconocer la validez de las metodologías y presentaciones apropiadas de acuerdo a la edad. Se acompañó estos esfuerzos enfocando cada vez menos el contenido específico de la doctrina cristiana, inclusive cuando la sociedad en general empezaba a mirar con recelo a la autoridad, la tradición y la propia existencia de las verdades absolutas. Este cambio fue acompañado por lo que podríamos llamar una teología de trabajos humanos, la cual no siempre dio suficiente atención a la primacía de la auto-revelación del Dios Triuno en Cristo, reflejada en las verdades de la fe que debemos creer como parte de una comunión de fe. La ortopraxis—“viviendo bien”—primó en contraste a la ortodoxia—“creyendo bien”—como si las dos fueran, de alguna forma, mutuamente exclusivas.
El difunto teólogo Hans Urs von Baltasar nos hizo recordar una gran característica de la fe católica cuando escribió que “la verdad es sinfónica”. Esto es contraria a lo que otro gran teólogo, Henri de Lubac, caracteriza como un moderno “vértigo de disociación” que insiste más bien en “una u otra” a expensas de “ambas/y”. La ortopraxis—“viviendo bien”—y la ortodoxia—“creyendo bien”—son en verdad dos partes entrelazadas de una sola sinfonía de vida cristiana.
Permítanme darles un ejemplo sencillo. Cuando me preparaban para la Confirmación allá por el año de 1960, me enseñaron a memorizar las doctrinas apropiadas con respecto a Dios, al Espíritu Santo y a los sacramentos. Se supuso que, como resultado de esto, tanto mis compañeros de clase como yo trataríamos de vivir una vida buena y santa y participaríamos en la vida de la Iglesia y daríamos testimonio de Cristo en nuestro muy unido mundo católico. Sin embargo, todo esto se presentó utilizando un lenguaje muy formal y, en gran parte, ha permanecido abstracto. Por otro lado, hoy, cuando les pregunto a los candidatos a la Confirmación qué es este sacramento, frecuentemente me responden con una lista de todas las cosas buenas que ellos están haciendo para mostrar su compromiso con su fe. Este es un desarrollo positivo que no formó parte de mi preparación sacramental. Sin embargo, veo que los candidatos de hoy frecuentemente tienen dificultad en expresar como es que este sacramento es obra de Dios, no suya, y en hablar sobre algunas de las doctrinas que conciernen a la Confirmación y al Espíritu Santo que encontramos en el Catecismo. Aquí se reflejan dos eras de enseñanza religiosa y no necesitan ser “una u otra”, sino mas bien “ambas/y”. Como veremos más adelante, los decretos catequéticos más recientes prevén un balance sumamente importante.
Luego del Concilio Vaticano II y de la publicación del Directorio Catequético General en 1971 y del Directorio Catequético Nacional en 1979, hubo una reacción en contra de esa antigua metodología mediante la cual me catequizaron de niño. Como mencioné anteriormente, los esfuerzos catequéticos se enfocaban principalmente en brindar a los estudiantes experiencias personales que los ayudasen a sentir a Dios y a su fe en forma positiva con menor énfasis en el conocimiento de la doctrina de la fe.
Todo esto se hizo con la mejor de las intenciones. Por décadas, las personas responsables de la elaboración de materiales catequéticos fueron personas que habían sido educadas con el Catecismo de Baltimore. Ellos no recordaban ningún momento en el cual los católicos no hubiesen sabido, por lo menos, el contenido básico de su fe y sin duda supusieron que esta situación iba a continuar. Desafortunadamente, no fue así. Con el pasar del tiempo, se vio claramente que aquellos a quienes se catequizaba ya no aprendían el contenido de la fe en una manera en la que iban a poder recordarla.
Hubo también otro hecho importante relacionado a la publicación del Directorio Catequético General en 1971 y el Directorio Catequético Nacional en 1979. Como ya lo había mencionado, ambos directorios fueron publicados como resultado de una amplia consulta. La mayoría de los consultados fueron individuos que estaban involucrados activamente en el campo de la catequesis. Con razón los obispos recurrieron a ellos por su experiencia en este campo y aún continúan haciéndolo. Sin embargo, un resultado involuntario fue que, poco a poco, los obispos se fueron distanciando de una participación directa en la elaboración de materiales catequéticos y en el establecimiento de agendas y directrices para las labores catequéticas.
Un momento decisivo en este desarrollo fue el Sínodo de Obispos realizado en Roma en 1985 con ocasión del 20vo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Cuando se habló del tema de la catequesis en el Sínodo, se presentó una propuesta para publicar un nuevo catecismo universal como texto de referencia para la elaboración de materiales catequéticos en el mundo entero. El Catecismo Romano que mencioné anteriormente había existido por más de cuatrocientos años y había asistido a muchos en sus labores catequéticas, incluyendo a San Pedro Canisio y a San Roberto Belarmino. La influencia del Catecismo Romano se hizo evidente también en Estados Unidos durante los siglos XIX y XX en las varias ediciones del Catecismo de Baltimore, el cual fue el texto catequético básico en este país desde mediados del siglo XIX hasta fines de la década de 1960.
El Papa Juan Pablo II aceptó la recomendación del Sínodo y, en 1986, inició un proceso para la elaboración de un texto. Así como el Directorio Catequético General en 1971, la elaboración de un nuevo catecismo involucró una consulta a nivel mundial. El producto final, el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), publicado en francés, alemán, español e italiano en 1992, y en inglés en 1994, presenta, en sus propias palabras “una exposición orgánica y sintética de los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina católica, tanto sobre la fe como sobre la moral, a la luz del Concilio Vaticano II y del conjunto de la Tradición de la Iglesia” (CIC, no. 11). Además de haber sido dirigido a los propios obispos y a la Iglesia en pleno, el Catecismo es asimismo una guía segura para la preparación de otros catecismos nacionales o regionales y de materiales catequeticos.
Luego de la publicación del Catecismo, los obispos de Estados Unidos establecieron un comité episcopal para “supervisar el uso del Catecismo”. Esta labor tomó un carácter particular debido a la manera en la que los materiales catequéticos se elaboran en nuestro país. En otros países, los materiales son usualmente preparados directamente por la conferencia episcopal. En Estados Unidos, la elaboración de materiales catequéticos para los niños y para la juventud es usualmente hecha por casas editoras comerciales e independientes.
Por esa razón, el Comité para el Uso del Catecismo se puso en contacto con las varias casas editoras de material catequético y ofreció su ayuda para asegurar que los materiales catequéticos estén en conformidad con el Catecismo de la Iglesia Católica. Se estableció un proceso voluntario al cual se le conoce como conformity review process (proceso de revisión para la conformidad) por medio del cual los textos catequéticos reciben una declaración de conformidad de parte del Comité. Esta declaración significa sencillamente que un texto dado refleja la enseñanza del Catecismo de forma precisa y completa. Este proceso, el cual está siendo utilizado por todas las casas editoras principales así como también por las compañías más pequeñas, les ha servido mucho tanto a ellas como a las personas que usan los textos ya sea para enseñar o para aprender.
Luego del primer año y después de haber cumplido con su labor de revisión, el Comité presentó un informe al cuerpo entero de obispos en el cual identificaba diez áreas de deficiencia doctrinal que se habían observado en casi todos los materiales y textos de religión que se le había presentado. Muchos de ustedes recordarán este informe en el cual el Comité para el Uso del Catecismo hizo un resumen de las deficiencias en relación a la teología Trinitaria, la Cristología, la eclesiologia, la teología sacramental, la teología moral y la escatología. La identificación de las diez deficiencias sirvió para llamar la atención a la realidad de la situación que describí anteriormente, una situación marcada por una merma general en la enseñanza especifica de la doctrina cristiana en mucha de la educación religiosa a lo largo de las tres décadas anteriores.
Hoy, la mayoría de las deficiencias que se identificaron no aparecen, al menos en el mismo grado que aparecieron anteriormente, en los materiales catequéticos que se presentan para revisión. Otros asuntos—algunos grandes, otros pequeños, pero todos significantes—aparecen de vez en cuando. Por ejemplo, a fines de 1998, el Comité para el Uso del Catecismo le advirtió a los editores que en un texto catequético el uso de “Escrituras hebreas” y Escrituras cristianas” para el Antiguo y el Nuevo Testamento, respectivamente, no era apropiado. De igual manera, señalaron que los materiales catequéticos deberán reflejar siempre el hecho que el tiempo tiene un significado Cristológico y, por tanto, cuando se dan señales descriptivas de las fechas, se debe utilizar A.C. y D.C. y no la des-Cristianizada A.E.C. y E.C. Una preocupación actual con respecto a la teología Trinitaria es el uso apropiado de los nombres de las Personas de la Trinidad que fueron revelados divinamente.
Más recientemente, el Comité tuvo que esforzarse en resolver el uso del lenguaje en los textos catequéticos que parecen comprometer una clara proclamación de la verdad de la Fe Católica. Los obispos les han pedido a los editores, con frecuencia personas en niveles intermedio y alto, que cuando presenten la doctrina eviten un lenguaje que pueda ser descrito como “tentativo”. Una forma tentativa de presentación es aquella que insinúa que una doctrina específica no es necesariamente una verdad objetiva sino más bien una creencia subjetiva que se deja a la discreción del creyente, quien puede o no aceptarla. Sin embargo, un texto catequético, por su misma naturaleza, es uno escrito “para compartir la luz de la fe” desde la perspectiva de uno que, en forma libre y llena de gozo, le da cumplimiento total a lo que la Iglesia cree y enseña.
El conformity review process (proceso de revisión para la conformidad) de los obispos tiene que ser uno de los avances más significativos en la catequesis en nuestro país en los últimos cuarenta años. Los materiales catequéticos no sólo reflejan de manera más auténtica y amplia la enseñanza de la Iglesia como se encuentra en el Catecismo, sino que los obispos también se han llegado a percatar que ellos tienen que estar más involucrados como maestros de la fe en armonía con la visión de Christus Dominus del Concilio Vaticano II. Todo parece indicar que el proceso de revisión para la conformidad, por medio del cual las casas editoras y los obispos trabajan en conjunto, continuará en el futuro.
Cinco años después de la aparición del Catecismo de la Iglesia Católica, la Santa Sede publicó otro documento que nos acercó aun más a nuestra situación actual. Me estoy refiriendo al Directorio General para la Catequesis que luego de haber sido revisado, fue publicado en 1997. Allá por el año 1971, el Directorio Catequético General había combinado en un sólo texto los principios de la metodología catequética y las directrices para el contenido catequético. Veinte años después el Directorio General para la Catequesis de 1997, ya revisado, se enfoca solamente en la metodología ya que el ya publicado Catecismo de la Iglesia Católica iba a ser el criterio de prueba del contenido catequético. Estos dos volúmenes deberán utilizarse juntos.
¿Cuáles son algunos de los avances significativos que se representan en el Directorio General para la Catequesis de 1997?
Uno es lo que se llama la “pedagogía divina”, esto es, la pedagogía de relevación divina, cómo y qué enseña Dios. Esto no se destacó en el Directorio Catequético General de 1971, el cual, en contraste, refleja más la metodología post-conciliar que describí anteriormente. El hincapié en la pedagogía divina sirve para recordarles a los que están involucrados en la catequesis que lo que creemos como católicos no se origina en nuestros discernimientos o experiencias personales, sino más bien tiene su origen en Dios. Es Dios quien nos ha revelado en la historia qué es lo que debemos creer como resultado de su iniciativa y de su labor de salvación. Por su autoridad, todo lo que se ha revelado y confiado a la Iglesia es verdad. Tanto la verdad objetiva como la apropiación subjetiva, la educación y la formación, la ortodoxia y la ortopraxis—todas necesitan unirse en forma equilibrada en una sinfonía de fe.
Otro aspecto significativo del Directorio General para la Catequesis de 1997 es su presentación del RICA como el paradigma para toda catequesis. Lo que esto significa esencialmente es que la catequesis es una experiencia para toda la vida. En el RICA, luego que se finaliza la iniciación, viene un periodo mistagógico cuando a los recién bautizados se les enfrasca profundamente en las verdades de la fe. Para nosotros y para todos los bautizados, nunca llegamos en nuestra vida al punto en que la catequesis es completa. Siempre habrá algo más que tendremos que aprender sobre Cristo “en quien se encierran todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento” y sobre la Iglesia, su “cuerpo y esposa”, de la cual somos miembros.
Así como el Directorio General de 1971 dio origen al Directorio Nacional de 1979, así también al Directorio General de 1997 lo seguirá el nuevo Directorio Nacional para Estados Unidos. así como se hizo con los directorios anteriores, se utilizó también un amplio proceso de consulta. Afortunadamente, en diciembre de 2004, se les notificó a los obispos de Estados Unidos que la Santa Sede había dado su aprobación al nuevo Directorio General para la Catequesis. El texto está hoy en manos de la Oficina de Publicaciones para su diseño y publicación. La fecha fijada para su publicación es el 1 de mayo de este año.
Otro avance histórico y prometedor es la reciente aprobación que los obispos le han dado al texto para un Catecismo Católico para Adultos en Estados Unidos. Este será enviado a la Congregación para el Clero a fines de esta semana para la revisión necesaria. Una vez que la Santa Sede otorgue su aprobación, el texto estará disponible más adelante para su uso en Estados Unidos. Así como el Directorio General pedía la creación de directorios nacionales, así también el Catecismo de la Iglesia Católica pedía la creación de catecismos locales y nacionales. Ya existen muchos textos y series disponibles para niños y para la juventud de nuestro país. Ya que los editores de estos materiales están, en general, trabajando junto con los obispos para asegurar que tengan un contenido doctrinal sólido, los obispos no ven la necesidad en estos momentos de elaborar sus propias series o textos catequéticos a estos niveles. Sin embargo, sí vieron el valor de elaborar un texto catequético para que se use con personas adultas.
En 1995, Francoise Darcy-Berube publicó un texto titulado Religious Education at a Crossroads (La educación religiosa en un momento decisivo). En esa época, un año después de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, estábamos realmente en un momento decisivo. Hoy, gracias a la acogida que recibieron el Catecismo y el Directorio General para la Catequesis de 1997, hemos avanzado bastante en el curso de un renovado esfuerzo catequético. Nuestra esperanza es que el tan esperado Directorio Nacional para la Catequesis del 2005 y el Catecismo Católico para Adultos en Estados Unidos nos hagan avanzar mas aún en ese curso para el bien de una iglesia más santa, participativa, testimonial y evangelizante en Estados Unidos.