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Vayan y Hagan Discípulos - Prólogo a la Edición por el Décimo Aniversario

A mediados de los años noventa del siglo pasado, entregué a los miembros del Consejo Pastoral Diocesano Yakima (Wash.) el documento Vayan y Hagan Discípulos. Después de estar dando vueltas a lo que esta publicación significaría para los católicos de la parte central del estado de Washington, una mujer me dijo que jamás había leído documento tan importante e inspirador. El hacerlo la cambió, así como la actitud que tenía hacia los documentos de la conferencia de los obispos católicos de los Estados Unidos.

Han pasado diez años desde que los obispos de los Estados Unidos publicaron Vayan y Hagan Discípulos. A pesar de que existe mucha evidencia de que el plan y la estrategia delineados en esta publicación han puesto en alerta a los católicos sobre la necesidad de evangelizar, de la responsabilidad que en ello tienen y de lo que dicha misión requiere, apenas estamos comenzando a implementarla en nuestras parroquias y nuestras diócesis.

La celebración inspiradora del Año del Jubileo 2000 bajo el liderazgo del Santo Padre ha tenido como resultado, creo, que nuestros corazones estén listos para responder de manera renovada al llamado con el que comenzó su pontificado en 1978: "¡Abran de par en par sus puertas a Cristo! . . . Ayuden al Papa y a todos aquellos que desean servir a Cristo . . . a servir a la persona humana y a toda la humanidad" (22 de octubre de 1978). Con la celebración del aniversario 2000 del natalicio de Jesús, se ha profundizado nuestro encuentro con Él y de nueva cuenta hemos sido tocados por el amor de Dios, que su hijo trajo a nuestras vidas. La frescura de la verdad que Jesús inauguró no ha disminuido en estos dos mil años. Es tan duradera como siempre. "Jesucristo es la fundación y el centro de la historia; Él es el significado y la meta última" (Juan Pablo II, Novo Millenio Ineunte, no. 5).

Gracias a que hemos contemplado a Cristo de manera viva en la observancia del Jubileo, estamos más conscientes que nunca de que debemos proclamarlo. Estamos obligados a comprometernos a dar testimonio de nuestra fe en Él. Para pasar del jubileo a esta misión, podemos usar Vayan y Hagan Discípulos. En este documento tenemos un instrumento de formación y acción que hoy día es aún más oportuno que cuando apareció por primera vez. Esta evangelización considera aún todas estas metas: conversión personal a Cristo; compartir todos sus dones con su cuerpo, la Iglesia; transformar la sociedad a través del poder del Evangelio.

Por esto los motivos para la evangelización son más urgentes que nunca. Uno piensa en el día en que Jesús, viendo la necesidad de alimento que tenía la gente, respondió diciendo a sus apóstoles "No tienen necesidad de irse; denles ustedes de comer" (Mt 14:16). Lo mismo nos dice a aquellos que hemos recibido la riqueza de sus dones de gracia, verdad y vida eterna. A nuestro alrededor existen personas que están hambrientas de fe y amor, de esperanza y significado en sus vidas. Debido a lo mucho que el Señor Jesús ha hecho por nosotros, no podemos rehusarnos a compartir los dones que hemos recibido.

Dichos dones son necesarios para la salvación, en este mundo y en el mundo por venir. A través de su muerte y resurrección, Jesús obtuvo la salvación para nosotros. El suyo fue un sacrificio de obediencia perfecta al deseo de su Padre eterno. Como cabeza de toda la familia humana, sufrió por nosotros la muerte para que pudiéramos vivir; sin embargo, la vida que obtuvo para nosotros no funciona sin nuestra cooperación, sin nuestra participación en ella. Cada uno de nosotros tiene que aceptar lo que Cristo nos ofrece. Para que las gracias, de las cuales Él es la fuente, se nos puedan impartir, cada uno de nosotros tiene que hacer contacto vital con el sacrificio de la Cruz. Es cierto, Dios puede hacer posible la santidad de muchas maneras: en los impulsos ocultos de la gracia que mueven el corazón humano hacia la fe, en las aspiraciones de otras filosofías y creencias de fe. Sin embargo, de hecho, Dios nos ha dado los medios que Él ha escogido para obtener la salvación. Él nos ofrece tanto el don como los medios para obtenerla. Dios ha hecho claro que, en su plan, la Iglesia Católica y los sacramentos de gracia que se encuentran en ella, son los medios ordinarios necesa-rios para la salvación. En la Iglesia, se puede escuchar la palabra del Evangelio que despierta la fe, así como encontrar al Salvador resucitado que comparte con nosotros su vida. La Buena Nueva de Cristo y de sus dones debe ser llevada a todos los estratos de la sociedad, y su Iglesia debe implantarse en todo lugar para hacer posible que la salvación esté disponible a todos.

Espero que el documento Vayan y Hagan Discípulos sea retomado por todos los pastores y su gente, por los catequistas, por todos los que participan en la educación en la fe y en proyectos de evangelización, y por aquellos que sirven en parroquias y ministerios diocesanos. Es un instrumento que nadie se puede dar el lujo de pasar por alto. Si adoptamos sus metas de manera inteligente y de todo corazón, y seguimos la estrategia que propone, deberemos ser administradores fieles de los dones que Jesús nos ha dado en su Iglesia.

Pido porque este espléndido documento estimule a cada uno de nosotros a participar en la tarea de evangelización con el espíritu que emana del consejo que el Papa Juan Pablo II dio recientemente:

Que Cristo sea el centro de su existencia y de su misión. ¡Luchen por conseguir la santidad! Si sucede que como discípulos, trabajan con mucho esfuerzo sin tener éxito, transformen esa experiencia, aparentemente frustrada, en una ocasión valiosa de oración y crecimiento espiritual. Los retos de la presente época son muchos y los medios para hacerle frente no siempre son adecuados. Los problemas y los obstáculos no son siempre, sin embargo, una causa para desalentarnos; por el contrario nos piden de manera urgente abrir nuestro corazón a la gracia divina, que fortalecida por la palabra de Dios, puedan esparcir el gozo y la renovación del Evangelio con su presencia y su acción. (13 de septiembre de 2001)


Francis Cardenal George, OMI
Arzobispo de Chicago
29 de septiembre de 2001

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