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Cambio climático global: Llamado al diálogo, la prudencia y el bien común

 
Declaración de los obispos
Católicos de los EE.UU.


El texto de Cambio climático global: Llamado al diálogo, la prudencia y el bien común se originó en los Comités de Política Interna e Internacional y fue preparado en consulta con los Comités de Doctrina y de Ciencia y Valores Humanos de los obispos. El documento fue aprobado para su publicación por el pleno de los obispos católicos de los EE.UU. en su Asamblea General de junio de 2001 y ha sido autorizado por el firmante.

Mons. William P. Fay
Secretario General
USCCB


Los textos de las Escrituras usados en este trabajo han sido tomados de la Biblia Latinoamericana, CD-ROM copyright © 1995, Editorial San Pablo y son usados con el permiso del poseedor de los derechos de autor. Todos los derechos reservados.

Redacción (texto español): COME ALIVE COMMUNICATIONS, INC., West Grove, PA 19390 USA www.ComeAliveUSA.com.

Copyright © 2001, United States Conference of Catholic Bishops, Inc., Washington, D.C. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este trabajo puede ser reproducida ni difundida en cualquier forma o por cualquier vía, electrónica o mecánica, incluido fotocopiado, grabación o cualquier sistema de almacenamiento y recuperación de información, sin permiso escrito por parte del poseedor de los derechos de autor.



 

Introducción

Como personas de fe, estamos convencidos de que, "Del Señor es la tierra y lo que contiene" (Sal 24,1). Nuestro Creador nos ha dado el regalo de la creación: el aire que respiramos, el agua que sustenta la vida, los frutos de la tierra que nos alimentan, y toda la red de vida sin la cual no puede florecer la vida humana. Todo esto lo creó Dios y lo encontró "muy bueno". Creemos que nuestra respuesta al cambio climático global debe ser un signo de nuestro respeto por la creación de Dios.

El continuo debate sobre cómo los Estados Unidos está respondiendo a los asuntos y desafíos que rodean el cambio climático global es una prueba y una oportunidad para nuestra nación y para toda la comunidad católica. Como obispos, no somos científicos ni encargados de formular políticas públicas. Entramos en este debate no para adoptar un tratado determinado, tampoco para urgir soluciones técnicas específicas, sino para convocar un tipo diferente de debate nacional. Gran parte de la polémica sobre el cambio climático global parece polarizado y parcial. Con frecuencia, la ciencia es utilizada como arma, no como fuente de sabiduría. Existen diversos intereses que usan las ondas aéreas y los procesos políticos para minimizar o exagerar los desafíos que enfrentamos. La búsqueda del bien común y las voces de la gente y los países pobres a veces son desatendidos.

En su esencia, el cambio climático global no se refiere a teorías económicas o plataformas políticas, tampoco a ventajas partidarias o presiones de grupos de interés. Se trata del futuro de la creación de Dios y de la familia humana. Se trata de proteger tanto "el ambiente humano" como el ambiente natural. 1 Se trata de nuestra corresponsabilidad humana por la creación de Dios y nuestra responsabilidad para con quienes nos sucederán. Con estas reflexiones buscamos dar una voz de alerta y un ruego para un diálogo genuino al tiempo que los Estados Unidos y otras naciones enfrentan decisiones en torno a cómo responder mejor a los desafíos del cambio climático global.

El diálogo y nuestra respuesta al desafío del cambio climático deben enraizarse en la virtud de la prudencia. Aunque todavía existen algunas dudas, la mayoría de los expertos coinciden en que algo significativo está ocurriendo con la atmósfera. El comportamiento y la actividad humanas, según los más recientes hallazgos de los organismos científicos internacionales encargados de evaluar el cambio climático, están contribuyendo al calentamiento del clima de la Tierra. Pese a que el debate sobre la magnitud y el impacto de este calentamiento continúa, éste puede ser realmente grave (ver "La ciencia del cambio climático global"). Por eso, parece prudente no sólo continuar con la investigación y el monitoreo del fenómeno, sino tomar medidas ahora mismo para mitigar posibles efectos negativos en el futuro.

Como obispos católicos, buscamos ofrecer una singular perspectiva religiosa y moral para lo que necesariamente es un complicado debate científico, económico y político. Los interrogantes éticos yacen en el corazón de los desafíos que nos enfrentan. Juan Pablo II insiste: "Enfrentamos un asunto fundamental que puede ser descrito como ético y como ecológico. ¿Cómo se puede prevenir que el acelerado desarrollo se vuelva contra el hombre? ¿Cómo puede uno prevenir los desastres que destruyen el medio ambiente y amenazan todas las formas de vida, y cómo se pueden remediar las consecuencias negativas que ya se han producido?" 2

Gracias a las bendiciones que Dios ha conferido a nuestra nación y el poder que ésta posee, los Estados Unidos ostenta una responsabilidad especial en su corresponsabilidad por la creación de Dios y para moldear respuestas que sirvan a toda la familia humana. Como pastores, maestros y ciudadanos, nosotros, los obispos buscamos contribuir a nuestro diálogo nacional examinando las implicancias éticas del cambio climático. Ofrecemos algunos temas de la doctrina social católica que podrían ayudar a definir este diálogo, y sugerimos algunas pautas para el debate y las decisiones de política pública que nos afectan. Lo hacemos con gran respeto por el trabajo de científicos, diplomáticos, empresarios y representantes sindicales, creadores de nuevas tecnologías, líderes ambientalistas y hacedores de política que por muchos años han luchado con los difíciles asuntos del cambio climático.

Mientras nuestra propia creciente conciencia sobre este problema ha provenido, en parte, de las investigaciones científicas y el debate público sobre la contribución humana al cambio climático, también estamos respondiendo a las apelaciones de la Iglesia en otras partes del mundo. Conjuntamente con el papa Juan Pablo II, líderes eclesiales de países en desarrollo —que temen que las naciones más prósperas silencien sus voces e ignoren sus necesidades— han expresado sus preocupaciones sobre cómo este desafío global afectará a sus pueblos y a su medio ambiente. También escuchamos el llamado de la juventud católica y otros jóvenes a proteger el medio ambiente.

Por tanto, queremos especialmente centrarnos en las necesidades de los pobres, los débiles y los vulnerables en un debate con frecuencia dominado por intereses más poderosos. La inacción o las inadecuadas o mal orientadas respuestas al cambio climático establecerán probablemente una carga aún más pesada sobre los ya desesperados pobladores pobres. La acción para mitigar el cambio climático deberá contar con una base de justicia social y económica que no coloque a los pobres en mayores riesgos o represente desproporcionadas e injustas cargas para las naciones en desarrollo.

Conocimiento científico y virtud de la prudencia

Como obispos católicos no hacemos un juicio independiente sobre la admisibilidad del "calentamiento global". En su lugar, aceptamos los hallazgos consensuados por tantos científicos y las conclusiones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, siglas en inglés) como base para una continuada investigación y acción prudente (ver "La ciencia del cambio climático global"). Los científicos involucrados en esta investigación conocen firmemente las dificultades que presentan la medición y predicción precisas. Los modelos de medición evolucionan y varían en fiabilidad. Investigadores y defensores de las diferentes opiniones con frecuencia tienen intereses en los resultados de las políticas, como los tienen los defensores de distintas líneas de políticas públicas. Los reportajes noticiosos pueden simplificar excesivamente los hallazgos o poner el enfoque en la controversia en lugar de hacerlo en los temas de consenso. Consecuentemente, la interpretación de los datos científicos y las conclusiones en un debate público pueden ser materias difíciles y disputables.

La investigación científica responsable es siempre cuidadosa en reconocer lo incierto y es modesta en sus afirmaciones. Pero en las últimas décadas, la evidencia de cambio climático global y el consenso científico surgido sobre el impacto humano en este proceso ha llevado a muchos gobiernos a la conclusión de que necesitan invertir tiempo, dinero y voluntad política para abordar el problema a través de una acción internacional colectiva.

La virtud de la prudencia es de importancia capital en la consideración del cambio climático. Esta virtud no es necesaria sólo para individuos que llevan vidas moralmente aceptadas, sino que también es vital para la salud moral de la gran comunidad. La prudencia es inteligencia aplicada a nuestras acciones. Nos permite discernir sobre qué constituye el bien común en una situación dada. La prudencia requiere un proceso deliberado y reflexivo que ayude en la formación de la conciencia de la comunidad. La prudencia no sólo nos ayuda a identificar los principios comprometidos en un asunto determinado sino que también nos moviliza para adoptar cursos de acción para proteger el bien común. La prudencia no es, como popularmente se cree, simplemente un acercamiento cuidadoso y seguro a las decisiones. Más bien, es una base pensada, premeditada y razonada para adoptar o evitar una acción para alcanzar un bien moral.

Al abordar el tema del cambio climático, lo que ya conocemos requiere una respuesta; no puede ser fácilmente desechado. Los importantes niveles de consenso científico —incluso en una situación con menos que certeza plena, donde las consecuencias de no actuar son graves— justifican y de hecho pueden obligarnos a accionar para advertir sobre daños potenciales. En otras palabras, si existe evidencia suficiente que indique que el actual curso de la acción puede poner en peligro el bienestar de la humanidad, la prudencia dicta que se adopten medidas mitigadoras o preventivas.

Esta responsabilidad pesa más fuertemente sobre aquéllos con el poder para actuar porque las amenazas son, con frecuencia, mayores para quienes carecen de un poder semejante, llámense poblaciones pobres vulnerables, así como generaciones futuras. Según informes del panel IPCC, un considerable retraso para tratar el tema del cambio climático puede agravar el problema y tornar más difíciles, penosas y costosas las futuras soluciones. Por otro lado, el impacto de las acciones prudentes hoy día puede potencialmente mejorar la situación en el tiempo, evitando acciones más drásticas en el futuro.

Cambio climático y doctrina social católica

Dios ha dotado a la humanidad con razón e ingenio que nos distinguen de otras criaturas. El ingenio y la creatividad nos han capacitado para hacer avances destacados y pueden ayudarnos a abordar el problema del cambio climático; sin embargo, no siempre hemos utilizado estos dones juiciosamente. Algunas acciones pasadas han producido consecuencias tanto buenas como dañinas, así como otras imprevistas o involuntarias. Ahora enfrentamos dos interrogantes morales fundamentales:

  1. ¿Cómo cumpliremos el llamado de Dios para ser custodios de la creación en una era en que tenemos la capacidad de alterar esa creación pronunciadamente, y quizás en forma irrevocable?

  2. ¿Cómo podemos, como "familia de naciones", practicar la corresponsabilidad de manera que respete y proteja la integridad de la creación de Dios y que asegure el bien común así como el progreso económico y social basados sobre la justicia?

La doctrina social católica provee varios temas y valores que pueden ayudar a responder estas preguntas.

El bien común universal

El clima global es, por su naturaleza, una parte del bien común del planeta. La atmósfera de la Tierra acompaña a todas las personas, criaturas y ambientes naturales. El derretimiento de capas de hielo y glaciares, la destrucción de selvas tropicales y la contaminación del agua en un lugar pueden tener impacto ambiental en otro lugar. Como dijo el papa Juan Pablo II: "No podemos interferir en un área del ecosistema sin prestar la debida atención tanto a las consecuencias de tal interferencia en otras áreas como al bienestar de las generaciones futuras". 3 Las respuestas al cambio climático deben reflejar nuestra interdependencia y responsabilidad común frente al futuro de nuestro planeta. Las naciones individuales deben considerar sus propios intereses en relación a un bienestar común más importante y contribuir equitativamente a soluciones globales.

Corresponsabilidad por la creación de Dios y derecho a la iniciativa económica y a la propiedad privada

La libertad y la capacidad para tomar decisiones moralmente son centrales a lo que significa ser una persona. La corresponsabilidad —definida en este caso como la habilidad para ejercer la responsabilidad moral de cuidar el medio ambiente— requiere de libertad para actuar. Algunos aspectos fundamentales de esta corresponsabilidad son el derecho a la iniciativa privada, la posesión de propiedades y el ejercicio de la libertad responsable en el sector económico. La corresponsabilidad requiere una protección cuidadosa del medio ambiente y nos invoca a usar nuestra inteligencia "para descubrir las potencialidades productivas de la Tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas". 4

Creemos que la libertad, iniciativa y creatividad económicas son esenciales para ayudar a una nación a encontrar caminos efectivos para abordar el cambio climático. La historia de economía, innovación tecnológica y empresaria de los Estados Unidos nos invita a dar un paso más allá de las respuestas convencionales a este desafío. Además, el derecho a la propiedad privada coincide con la responsabilidad de usar nuestras posesiones en servicio del bien común. Nuestra tradición católica se refiere a una "hipoteca social" sobre las propiedades y, en este contexto, nos convoca a ser buenos custodios de la Tierra. 5 También nos invoca a usar los dones que nos han sido otorgados para proteger la vida y dignidad humanas, y a ejercer nuestro cuidado de la creación de Dios.

La verdadera corresponsabilidad requiere cambios en las acciones humanas, tanto en el comportamiento moral como en el avance tecnológico. Nuestra tradición religiosa siempre nos ha urgido a restringirnos y moderarnos en el uso de los bienes materiales, de modo que no debemos permitir que nuestro deseo de poseer más cosas materiales merme nuestro interés por las necesidades básicas de las personas y el medio ambiente. El papa Juan Pablo II ha vinculado la protección del medio ambiente con una "auténtica ecología humana", que pueda superar "las estructuras del pecado" y que promueva tanto la dignidad humana como el respeto por la creación. 6 La innovación tecnológica y las actividades empresariales pueden ayudarnos a encontrar opciones que nos guíen por un camino energético más favorable en relación con el medio ambiente. Los cambios en los estilos de vida basados sobre virtudes morales tradicionales pueden facilitar el camino hacia una economía mundial sustentable y equitativa en la que el sacrificio ya no será un concepto impopular. Para muchos de nosotros, una vida menos centrada en las ganancias materiales puede hacernos recordar que somos más de lo que poseemos. El rechazar las falsas promesas del consumo excesivo o llamativo puede hasta permitirnos más tiempo para la familia, amigos y responsabilidades cívicas. Un sentido renovado del sacrificio y la moderación podría constituir una contribución esencial para tratar el problema del cambio climático global.

Proteccíon del medio ambiente para las generaciones futuras

El bien común nos invoca a extender nuestra preocupación a las genera-ciones futuras. El cambio climático plantea el interrogante: "¿Qué es lo que nuestra generación adeuda a las generaciones aún no nacidas?" Como ha escrito el papa Juan Pablo, "Hay un orden en el universo que debe ser respetado, y . . . el ser humano, dotado con la capacidad de elegir libremente, tiene una gran responsabilidad en la preservación de este orden para el bienestar de las generaciones futuras". 7

El trasladar el problema del cambio climático global a las generaciones futuras como resultado de nuestra demora, indecisión o interés propio, sería fácil. Pero simplemente no podemos dejar este problema para los niños de mañana. Como custodios de su herencia, tenemos la obligación de respetar su dignidad y tomar una decisión sobre su herencia natural, de modo que sus vidas estén protegidas y, si es posible, pueden ser mejores que las nuestras.

Población y auténtico desarrollo

Los temas referidos a la población y los cambios climáticos deben abordarse desde la más amplia perspectiva del compromiso de proteger la vida humana, cuidar el medio ambiente y respetar las normas culturales, la fe religiosa y los valores morales de las personas. La población no es simplemente un asunto de estadísticas. Detrás de cada número demográfico hay una preciosa e irremplazable vida humana cuya dignidad humana debe ser respetada.

El debate sobre el cambio climático global no puede convertirse meramente en otra oportunidad para que algunos grupos —usualmente defensores adine-rados de naciones desarrolladas— responsabilicen a los países pobres por el problema del crecimiento de la población. Históricamente, los países industrializados han emitido más gases de efecto invernadero que los países en desarrollo. Las naciones ricas, como la nuestra, deben reconocer el impacto del consumismo voraz en vez de simplemente hacer un llamado a los países pobres para que controlen su población y emisiones de gases que calientan el medio ambiente.

Un enfoque más responsable a las cuestiones que plantea la población es la promoción de un "auténtico desarrollo", que represente una visión balanceada del progreso humano e incluya el respeto por la naturaleza y el bienestar social. 8 El desarrollo de políticas para reducir la pobreza con el énfasis puesto en mejorar la educación y las condiciones sociales de las mujeres es mucho más efectivo que los usuales programas de reducción de población y respeta mucho más la dignidad de las mujeres. 9

Debemos promover un respeto por la naturaleza que aliente políticas para promover la planificación familiar natural y la educación de mujeres y hombres en vez de medidas coercitivas de control de población o incentivos gubernamentales para el control de la natalidad que violen los principios culturales y religiosos locales.

Cuidado de los pobres y temas de equidad

El trabajar por el bien común requiere que alentemos el florecimiento de toda vida humana y toda la creación de Dios. De modo especial, el bien común requiere solidaridad para con los pobres, que frecuentemente carecen de los recursos para hacer frente a muchos problemas, incluidos los impactos potenciales del cambio climático. Nuestras obligaciones para con la familia humana se extienden en el espacio y el tiempo. Nos enlazan con los pobres a nuestro alrededor y en el resto del planeta, así como con las generaciones futuras. El mandato de amar a nuestro prójimo nos invita a considerar a los pobres y marginados de otras naciones como verdaderos hermanos y hermanas que comparten con nosotros la única mesa de la vida que Dios nos ofreció para que todos podamos disfrutar.

Todas las naciones comparten la responsabilidad de abordar el problema del cambio climático global. Pero históricamente las economías industrializadas han sido responsables de las más altas emisiones de gases de efecto invernadero que, como sugieren los científicos, están provocando la el calentamiento ambiental. También, la riqueza excesiva, la sofisticación tecnológica y la creatividad empresarial otorgan a esas naciones mayor capacidad para encontrar respuestas útiles a este problema. Para evitar mayor impacto se deben hacer ajustes en los recursos energéticos, tanto en las políticas de los países más ricos como en las vías de desarrollo de los más pobres.

La mayoría de las personas estarán de acuerdo en que mientras el uso actual de combustibles fósiles ha alentado y continúa alentando crecimiento económico sustancial, desarrollo y beneficio para muchos, existe una preocupación legítima de que mientras los países en desarrollo mejoren sus economías y emitan más gases de efecto invernadero, necesitarán ayuda tecnológica para mitigar un ulterior daño atmosférico ambiental. Muchas personas pobres en estos países viven en situaciones degradantes y desesperantes que, con frecuencia, las llevan a adoptar prácticas agrícolas e industriales ambientalmente peligrosas. En muchos casos, la pesada carga de deudas, falta de oportunidades comerciales y desigualdad económica en el mercado global se suman a los problemas ambientales de los países más pobres. Los países en desarrollo tienen derecho al desarrollo económico que puede ayudar a que estas personas puedan salir de la pobreza extrema. Las naciones industrializadas más ricas poseen los recursos, el conocimiento práctico y la capacidad empresarial para producir automóviles más eficientes e industrias más limpias. Estos países necesitan compartir estas tecnologías emergentes con los países menos desarrollados y asumir una mayor responsabilidad financiera para facilitar las mismas a los países más pobres. Esto podría ayudar a los países en desarrollo a adoptar tecnologías eficientes desde el punto de vista de la energía con más rapidez, al tiempo que podrían mantener un crecimiento y desarrollo económico saludables. 10 Las industrias de los países desarrollados que operan en las naciones en desarrollo deben ejercer un papel de liderazgo en la conservación del medio ambiente.

Ninguna estrategia para hacer frente al cambio climático global tendrá éxito sin el liderazgo y la participación de los Estados Unidos y otras naciones industrializadas. Pero todas las estrategias exitosas deben también reflejar la participación y los intereses genuinos de los más afectados y menos capacitados para soportar esta carga. Las naciones en desarrollo y más pobres deben tener un lugar genuino en la mesa de negociaciones. La participación auténtica de los más afectados es una necesidad moral y política para promover el bien común.

Debate sobre políticas públicas y pautaspara el futuro

La doctrina social católica exige medidas valientes y generosas en favor del bien común. La "interdependencia", como ha escrito el papa Juan Pablo II, "debe ser transformada en solidaridad . . . Superando todo tipo de imperialismo y determinación para preservar su propia hegemonía, las naciones fuertes y ricas deben tener un sentido de responsabilidad moral por otras naciones, de modo que pueda establecerse un sistema internacional real que tenga su fundamento en la de todas las personas y en el necesario respeto por sus legítimas diferencias". 11

El bien común se desarrolla o reduce según la calidad del debate público. Los aspectos científicos, tecnológicos, económicos, políticos, diplomáticos y religiosos del desafío del cambio climático global pueden convertirlo en una prueba fundamental de nuestros procesos democráticos e instituciones políticas. Respetamos las consultas y el diálogo que han propuesto una amplia variedad de científicos, diplomáticos, encargados de formular políticas y abogados, no sólo en los Estados Unidos sino en el resto del mundo. Estos esfuerzos no deben ser degradados ni distorsionados por la desinformación o exageración. El diálogo serio no debe ser puesto en peligro por tácticas de relaciones públicas que aviven temores o inciten a enfrentamientos de una nación contra otra. Los líderes de cada sector deben tratar de construir un consenso con bases científicas por el bien común, no representar meramente sus propios intereses particulares, industrias o movimientos, y actuar con responsabilidad para proteger a las generaciones futuras y a los desposeídos.

En la década pasada, un proceso continuo de diplomacia internacional ha permitido alcanzar acuerdos sobre principios y cada vez más, sobre procedimientos. En 1992, más de 160 naciones, incluido los Estados Uni-dos, ratificaron el primer tratado internacional sobre cambio climático global en la Cumbre de la Tierra que se realizó en Río de Janeiro, Brasil, y que se denominó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC). En 1997, los enviados a la UNFCCC, incluido los Estados Unidos, negociaron el Protocolo de Kioto que fijó objetivos obligatorios de reducción de emisiones, procedimientos basados sobre el mercado para alcanzar esos objetivos y cronogramas para las naciones industrializadas.

Sin respaldar las especificidades de estos acuerdos y procesos, nosotros, los obispos católicos, aceptamos el desarrollo de estas negociaciones inter-nacionales y esperamos que ésas y otras actividades futuras puedan derivar en un progreso justo y efectivo. Sin embargo, las deliberaciones deben continuar para generar acciones prudentes y efectivas que aseguren la equidad entre las naciones.

Como acto de solidaridad y en el interés del bien común, los Estados Unidos deben liderar a las naciones desarrolladas para colaborar con el desarrollo económico sustentable de las naciones más pobres y ayudar a incrementar su capacidad para mitigar el cambio climático. Dado que la participación de nuestro país es fundamental para la resolución de estas preocupaciones, hacemos un llamado a nuestro pueblo y gobierno para que reconozcan la gravedad de la amenaza del calentamiento global y desarrollen políticas efectivas que disminuyan las posibles consecuencias del cambio climático global. Alentamos a los ciudadanos a ser participantes informados en este importante debate público. Las medidas que adoptemos hoy quizás no reduzcan marcadamente el cambio climático en el futuro cercano, pero pueden constituir una enorme diferencia para nuestros descendientes.

También abrigamos la esperanza de que los Estados Unidos continuará adoptando iniciativas razonables y efectivas para la conservación de la energía y el desarrollo de recursos alternativos renovables y limpios. Las nuevas tecnologías e innovaciones pueden ayudar a alcanzar este desafío. Aunque resta mucho por hacer para reducir la polución atmosférica con el uso de tecnologías mejoradas y actividades empresariales relativas al medio ambiente, los Estados Unidos ha alcanzado considerables éxitos ambientales en las últimas décadas. Nuestra esperanza es que estas tecnologías, junto con otros recursos, puedan ser compartidas con los países en desarrollo.

En los Estados Unidos, las políticas públicas deben asistir a los sectores industriales y trabajadores que sufren especialmente el impacto de las políticas de cambio climático, y deben ofrecer incentivos a las corpora-ciones para que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero, y asistencia a los trabajadores afectados por estas políticas.

Alentamos a todas las partes a adoptar una actitud franca, conciliadora y prudente como respuesta a desafíos serios, complejos e inciertos. Tenemos la esperanza de que el diálogo continuo entre las diferentes disciplinas de la ciencia, la economía, la política y la diplomacia esté orientado por valores morales fundamentales: el bien común universal, el respeto a la creación de Dios, una alternativa para los pobres y un sentido de obligación intergeneracional. Dado que los valores religiosos pueden enrique-cer el debate público, este desafío ofrece oportunidades de diálogo y cooperación interreligioso y ecuménico.

Finalmente, deseamos enfatizar la necesidad de conversión personal y responsabilidad. En nuestra reflexión pastoral Renovando la Tierra, escribimos lo siguiente:

Agradecidos por el don de la creación . . . invitamos a los católicos y hombres y mujeres de buena voluntad en cada sendero de la vida a considerar con nosotros los asuntos morales destacados por la crisis ambiental . . . . Estas son cuestiones de urgencia poderosa y consecuencia relevante. Constituyen un excepcional llamado a la conversión. Como individuos, instituciones, pueblos, necesitamos un cambio de corazón para preservar y proteger el planeta para nuestros niños y para las generaciones aún no nacidas. 12 Cada uno de nosotros debe considerar cuidadosamente nuestras alternativas y estilos de vida. Vivimos en una cultura que premia el consumo de bienes materiales. Mientras los pobres con frecuencia tienen muy poco, muchos de nosotros podemos caer fácilmente en el frenesí de querer más y más —una casa más grande, un automóvil más amplio, etc. Aun cuando los recursos energéticos literalmente alimentan nuestra economía y proveen una buena calidad de vida, necesitamos preguntarnos sobre las formas en que podemos conservar la energía, prevenir la contaminación y vivir con más sencillez.

Conclusión

Nuestro debate nacional sobre soluciones al cambio climático global necesita trasladarse más allá de los usos y abusos de la ciencia, anuncios de sesenta segundos y reclamos exagerados. Porque este asunto toca a tantas personas, así como al planeta mismo, todas las partes necesitan pugnar por un debate civil y constructivo sobre las decisiones y el liderazgo de los EE.UU. en este campo.

Como personas de fe religiosa, nosotros, los obispos, creemos que la atmósfera que sustenta la vida en la Tierra es un don de Dios que debemos respetar y proteger. Nos une como familia humana. Si dañamos la atmósfera, deshonramos a nuestro Creador y al don de la creación. Los valores de nuestra fe nos llaman a la humildad, el sacrificio y el respeto por la vida y los dones naturales que Dios nos ha provisto. En su documento La crisis ecológica: Una responsabilidad compartida, el papa Juan Pablo II nos hace recordar que "el respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana se extiende también hacia el resto de la creación, que es invocada a sumarse al hombre en la alabanza a Dios". 13 En ese espíritu de alabanza y agradecimiento a Dios por las maravillas de la creación, nosotros, los obispos católicos, hacemos un llamado a un diálogo civil y una acción prudente y constructiva para proteger el precioso regalo de Dios que es la atmósfera de la Tierra con un sentido de genuina solidaridad y justicia para con todos los hijos de Dios.

Notas

  1. Juan Pablo II, En el centenario de la Rerum Novarum (Centesimus Annus) (Washington, D.C.: United States Catholic Conference, 1991), n. 38.

  2. Juan Pablo II, "Se necesita la solidaridad internacional para salvaguardar el medio ambiente". Dirigido por el Santo Padre al Buró Europeo para el Medio Ambiente, L'Osservatore Romano (26 de junio de 1996).

  3. Juan Pablo II, La crisis ecológica: Una responsabilidad compartida (Washington, D.C.: United States Catholic Conference, 1990), n. 6.

  4. Juan Pablo II, En el centenario de la Rerum Novarum, n. 32.

  5. Juan Pablo II, Sobre la preocupación social (Sollicitudo Rei Socialis) (Washington, D.C.: United States Catholic Conference, 1988), n. 42.

  6. Juan Pablo II, En el centenario de la Rerum Novarum, n. 38.

  7. Juan Pablo II, "La explotación del medio ambiente amenaza a la raza humana entera", dirigido al simposio sobre medio ambiente del Vaticano (1990), en Ecología y Fe: Los escritos del papa Juan Pablo II, ed. Sr. Ancilla Dent, OSB (Berkhamsted, Inglaterra: Arthur James, 1997), 12.

  8. Juan Pablo II, Sobre la preocupación social, capítulo 4. Este capítulo de la encíclica da una definición más completa del concepto de auténtico desarrollo.

  9. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et Spes), nn. 50-51, en Austin Flannery, ed., Concilio Vaticano II: Los documentos conciliares y post conciliares, nueva ed. revisada, 1er vol. (Northport, N.Y.: Costello Publishing, 1996).

  10. Vea también este tema en La Corresponsabilidad: Respuesta de los discípulos (Washington, D.C.: United States Catholic Conference, 1993), 27.

  11. Ibíd., 39.

  12. United States Catholic Conference, Renovando la Tierra: Invitación a reflexionar y a actuar en el medio ambiente a la luz de la doctrina social católica (Washington, D.C.: United States Catholic Conference, 1992), 3. Vea también tratamiento de este tema en La Corresponsabilidad: Respuesta de los discípulos, 46.

  13. Juan Pablo II, La crisis ecológica, n. 16.



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