La Visión Teológica De la Sacrosantum Concilium Y del Misal Romano

Para entender la reciente revisión del Misal Romano y las razones que llevaron a ciertas modificaciones y cambios en la Ordenación General del Misal Romano, tercera edición típica, es necesario tomar como punto de partida la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium. Su Santidad el Papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica conmemorando el vigésimo quinto aniversario de la promulgación de la Constitución Conciliar, afirma que los principios que fundamentan los grandes estatutos del Concilio, son de un “ valor perdurable” y permanecen relevantes en el desarrollo del culto de la Iglesia1.
Durante los años que han transcurrido desde la última edición típica del Misal Romano, no solo ha sido promulgado el nuevo Código de Derecho Canónico (1983) que por sí mismo pudo haber sido suficiente para habernos dado modificaciones en la legislación litúrgica2, sino que también han sido promulgados una cantidad considerable de textos legislativos emanados de la Santa Sede y sus Dicasterios3 y, en la medida de su competencia, la Conferencia Nacional de los Obispos Católicos de los Estados Unidos de América.
Puesto que las razones para los cambios en la Ordenación General del Misal Romano, tercera edición típica, se encuentran en un primer nivel de su proceso de revisión, y que es una revisión que es fiel a la visión teológica y a las directrices de los Padres Conciliares. Si la abordamos desde este ventajoso punto de vista teológico, nuestra implementación a esta reforma podrá ser transformada en una reflexión litúrgico-teológica más que una meramente de reajuste a las rúbricas o modificaciones menores. La Ordenación General es parte de un proceso que se está llevando a cabo en la renovación litúrgica y que representa una continuidad orgánica con la visión teológica de los Padres Conciliares.
La Ordenación en sí misma recuerda que los Padres del Concilio Vaticano II continuaron el trabajo iniciado por el Papa San Pío V, quien en la promulgación del Misal Romano escribió que su meta era dar a la liturgia la fuerza que ésta tenía en la Tradición de los Padres. Los sucesivos Sumos Pontífices fijaron su atención en los siglos posteriores en el asegurar que los ritos y los libros litúrgicos fueran actualizados y cuando fuera necesario, clarificarlos, como por ejemplo el sobresaliente trabajo del Papa Benedicto XIV.
El siglo XX se inició con el establecimiento de una Comisión especial para la reforma general de la Liturgia, nombrada por el Papa San Pío X. Entre las áreas a las que la Comisión Pontificia debía poner especial atención se encuentran la música litúrgica, el Calendario, la celebración Dominical, la reforma al Breviario Romano y los cambios en la normativa eucarística.
El trabajo del Papa Pío IX en cuanto a la revisión del texto de la Vulgata de las Sagradas Escrituras, se ve a menudo ensombrecido por la renovación litúrgica asumida por su sucesor el Papa Pío XII. La Encíclica Mediator Dei es reconocida como la precursora directa de la Constitución sobre la Liturgia. El Papa Pío XII autorizó para la Liturgia de las Horas una nueva versión del Salterio, introdujo modificaciones al ayuno eucarístico, introdujo el uso de las lenguas vernáculas en el Ritual Romano y asumió la reforma de la Vigilia Pascual y la Semana Santa.
Durante el mismo periodo de renovación litúrgica preconciliar, se dio un notable resurgimiento de la investigación científica sobre las fuentes patrísticas y litúrgicas4. Sin un conocimiento de los antecedentes históricos y contextuales de la renovación litúrgica no es posible evitar el tener una imagen incompleta del desarrollo de la vida de la Iglesia.
La Liturgia ha padecido siempre modificaciones a través de los siglos. Solamente existe un texto inmutable y ese es el texto de las Sagrada Escritura.
A lo largo de los siglos, la Iglesia se ha encargado de revestir la liturgia con palabras y con ritos que transmitan los misterios eternos en las diversas épocas5. Por ello, tanto en sus oraciones como en sus enseñanzas, la Iglesia cumple con su responsabilidad como maestra de la verdad, de velar las cosas antiguas, o lo que es lo mismo, el depósito de la Tradición; al mismo tiempo realiza otra tarea, aquella de examinar y producir cosas nuevas (ver Mt 13, 52).
Es de hecho conveniente, pues, que el trabajo de revisión del Misal Romano pueda coincidir con el comienzo del nuevo milenio y por lo tanto, que las verdades eternas que la Iglesia procura siempre hacer nuevas para sus hijos puedan ser propuestas en gran relieve en los primeros años del siglo XXI.
Como indica el Papa Juan Pablo II en la Vicesimus Quintus Annus, los principios de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia “permanecen como fundamentales en el objetivo de llevar a los fieles a una celebración conciente de los misterios” (n. 5). La mayor parte de la renovación litúrgica autorizada por el Concilio Vaticano II ha tenido lugar, a pesar de las limitaciones humanas involucradas en tal obra, en la dimensión del reto que se ha alcanzado y que no podía haberse logrado sin el poder del Espíritu Santo. El trabajo del Concilio no ha terminado, y puesto que ha surgido una generación para la cual el Concilio es un hecho histórico es importantísimo recordar que a pesar de que “la mayor parte de los libros litúrgicos ya han sido publicados, traducidos y puestos en práctica, sigue siendo necesario mantener constantemente en la mente estos principios y construir sobre ellos” (Vicesimus Quintus Annus, n. 5).
Teniendo esto en mente, continuamos con los siguientes comentarios catequéticos sobre cuatro verdades teológicas fundamentales que son descritas por los Padres Conciliares en el segundo capítulo de la Sacrosanctum Concilium. Éstos son presentados aquí como parte de una descripción esencial del marco de la reforma de la liturgia del rito Romano y dejan su influencia en los mismos ritos a lo largo de la IGMR. Por lo tanto, afirmamos que viendo el Missale Romanum y la Ordenación General a través de estas perspectivas teológicas, es posible ver la relación que existe entre la visión conciliar de la renovación litúrgica y el Missale Romanum como nos ha sido dado hoy. Los ritos para la celebración de la Eucaristía, así como toda la reforma litúrgica posconciliar, han sido inspirados y reglamentados por los mandatos teológicos de la Sacrosanctum Concilium y las necesidades pastorales descubiertas por los Padres Conciliares hace aproximadamente cuarenta años.
Las cuatro premisas teológicas que utilizaremos como los lentes a través de los cuales vamos a examinar el Missale Romanum, son:
La Celebración de la Eucaristía es Primero que todo Cristo-céntrica;
Toda Celebración de las Eucaristía requiere la presencia de un Obispo o un Sacerdote;
La Participación de los Fieles es el Objetivo que ha de Considerarse por Encima de Otros;
La Eucaristía es la Fuente y Culmen de la Vida Cristiana.
Breve Sumario de las Perspectivas Teológicas del Concilio Vaticano II
La afirmación de que la Eucaristía es “Cristo-céntrica” significa que la Misa es una participación en la acción de Cristo mismo, de su sacrificio por nosotros, de su alimento pascual, como la compartió originalmente con sus Apóstoles, y en su Pascua de la muerte a la vida. La re-actualización del Misterio Pascual de Cristo en la Liturgia está fundamentada bajo el misterio que “del costado de Cristo dormido en la Cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera”6. Nuestra participación en la Eucaristía –sea como laico o como ministro ordenado– es la unión en la muerte y resurrección de Cristo, en su único “berakah” ofrecido la noche en que fue traicionado (SC 5).
Así como Juan en la Ultima Cena reposó su cabeza en el corazón de Jesús (Jn 13, 23-25), del mismo modo el cristiano, tratando de ser uno con Cristo, está celebrando una amistad que es a su vez una llamada al sufrimiento, morir y resucitar con Él al Padre. Compartiendo la sencillez de unos sencillos alimentos cotidianos –pan y vino– nos son dados los medios para la vida eterna. Como enseña el Concilio en un lenguaje muy contemporáneo, la Eucaristía es “el sacramento de las relaciones en fidelidad” (SC 48) –de un Padre que nunca olvidó a su Hijo, de un Hijo obediente a su Padre, y de un Señor que pudo no llamarnos siervos sino amigos (Jn 15, 15). Pues, cada vez que “comemos este pan y bebemos esta copa, [nosotros] proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva” (1C o 11, 26). Mediante el recuerdo de la muerte de Cristo y su resurrección que se realiza en la Eucaristía, la Iglesia se encuentra a sí misma vinculada a Cristo y tomada en su misma muerte solamente para ser elevada con Él en su resurrección. Y es en este vínculo misterioso donde descubrimos, como seguidores de Jesús, nuestras auténticas identidades, en la medida en que nuestro “ser íntimo es llenado con la gracia” (SC 48). En pocas palabras, la Eucaristía ayuda a construir no solo nuestra relación con Dios sino también con el prójimo y con nosotros mismos –un proceso que es completado únicamente cuando, como afirma el Concilio, entramos una y otra vez “en secreto en [nuestro propio] la habitación para orar al Padre” [Cf. Mt 6, 6] (SC 12). Para describir esta unión entre nosotros y Cristo en la Eucaristía, el Concilio cita la Oración sobre las Ofrendas del Lunes de la Octava de Pentecostés como un modelo para nuestro entendimiento de su misterio: “Por esta causa pedimos al Señor durante el Sacrificio de la Misa que, ‘reciba la ofrenda de la víctima espiritual’ –que es de nosotros mismos y de Cristo–“ y luego nos eleve “a nosotros mismo” a su perfección convirtiéndonos en “ofrenda eterna” para Sí” (SC 12). Todo esto es realizado a través de Cristo.
Existe una ulterior dimensión respecto a la cualidad Cristo-céntrica de la Eucaristía. Por medio de su Cuerpo Místico, Cristo atrae a cada uno de nosotros hacia Él, convirtiéndonos en parte de Sí mismo. Esto ha sido expresado de modo sucinto por San Agustín:
Por lo tanto, si tú deseas entender el Cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol Pablo, dirigiéndose a los fieles: Ustedes son el Cuerpo de Cristo, miembro por miembro (1Co 12, 12). Por lo tanto,¡si tú eres Cuerpo y Miembro de Cristo, es tu mismo misterio el que es colocado sobre la Mesa del Señor! ¡Es tu propio misterio el que estás recibiendo! ¡Estás diciendo Amén a lo que tu eres –tu respuesta es tu firma personal, afirmando tu fe. Cuando escuchas, “El Cuerpo de Cristo” –respondes, “Amén”. Por lo tanto, sé tú un miembro del Cuerpo de Cristo para que tu "Amén" sea también verdadero7.
Entonces, para que en la Eucaristía estemos centrados en Cristo no basta solo unirnos a sus acciones, no solo participar en su auto-ofrecimiento y en su auto donación, sino, de hecho, llegar a ser uno con Cristo y por extensión, con el prójimo.
Ser Cristo-céntrico en la Eucaristía significa ser eclesial. Esto es, realizar nuestra total membresía en la Iglesia puesto que por nuestro comer y beber el Cuerpo y la Sangre del Señor llegamos a ser, por nuestra unión con Cristo y con el prójimo, lo que San Agustín sorprendentemente afirma como el “Cristo Total”. Tal como la Iglesia entera “brotó de Cristo dormido en la Cruz” (SC 5), por lo tanto también nosotros brotamos después de cada Misa más plenamente asemejados con Él, con su único cuerpo unificado, dado por la salvación del mundo al cual somos nuevamente enviados cada uno de nosotros.
Si examinamos algunas de las grandes pinturas del Renacimiento en las cuales se pinta a Jesús con María, su madre, y Juan el Bautista, su primo, podemos descubrir un aspecto Cristo-céntrico de la enseñanza de los Padres. En estas obras encontramos a Juan el Bautista, cuyos ojos –como los ojos de la fe—están fijos firmemente en Cristo y solo en Él. María, la siempre Virgen Madre de Dios, cuyos ojos se encuentran con los nuestros, nos invita a mirar únicamente a su único Hijo. Jesús mismo, cuyos ojos están fijos en el Padre, nos dice tal como lo hace en el Evangelio: “el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino únicamente lo que ve hacer a su Padre” (Jn 5, 19). La mirada de Cristo está fija en su Padre quien le ama y le ha enviado a este mundo únicamente para que regrese a Él portando con Él a todos los que creen. Por lo tanto, si nuestra Eucaristía es Cristo-céntrica, ésta ha de estar dirigida, en última instancia, donde la visión de Cristo está dirigida: al Padre. Tal como nos enseña el mismo Cristo, “Quienquiera que me ve a Mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Por medio de Él nuestra mirada se vuelve al Padre; y sin Cristo, nuestros ojos jamás mirarán al verdadero Padre y Dios de todos. Los ojos de Cristo se convierten en los nuestros; su visión, nuestra visión; su Padre, nuestro “¡Abba!” compartido.
Como está esto encarnado en la IGMR
Estos tres temas –que nuestras acciones en la Misa están centradas en Cristo; que nos convertimos en su cuerpo vivo, y que la Eucaristía es un banquete con la Trinidad—se encuentran a lo largo de toda la Ordenación General del Misal Romano. La Orientación comienza con una cita tomada del antiguo Sacramentario de Verona (Sacramentario Leonino) (IGMR 2) que afirma que “cuantas veces se celebra el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención”. El Sacerdote se dirige al Padre (IGMR 2) a quien se dirige el Sacrificio de Cristo (IGMR 2) de manera que “traiga la salvación al mundo entero” (IGMR 2). Es Dios quien realiza en Cristo la obra de nuestra salvación en la Eucaristía (IGMR 16). Por lo tanto, se nos recuerda que es el Padre a quien adoramos “por Cristo, el Hijo de Dios, en el Espíritu Santo” (IGMR 16). Esto es traído claramente a nuestra reflexión en el modo en el cual todas las oraciones presidenciales son dirigidas al Padre y presentadas por Cristo, y son expresadas con las palabras: “Te pedimos esto por Nuestro Señor Jesucristo, Tu Hijo, quien vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos” (IGMR 54).
En la Plegaria Eucarística la relación entre nosotros, Cristo, su Espíritu y el Padre, es más evidente. En cada anáfora, “el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre” (IGMR 79 a) e invoca al Espíritu sobre los dones ofrecidos (IGMR 79 c), de manera que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del mismo Cristo (IGMR 79 d). En un resumen maravilloso, la IGMR nos enseña de una sola vez el significado de la Eucaristía como el sacrificio de Jesús y como el nuestro propio: “…la Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos” (IGMR 79 f). Tal aprendizaje es logrado por nuestra propia y constante transformación en el Cuerpo de Cristo a través de su constante mediación por nosotros ante el Padre (SC 48). Nosotros, como seguidores de Jesús, hemos de ser por lo tanto, “formados por la Palabra de Dios” (SC 48) y por la participación junto con el sacerdote, en la ofrenda del memorial de la mesa del Señor. Tal y como nos instruye la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, todo debemos aprender a ofrecer el sacrificio de Cristo con y por Él, y del mismo modo, ofrecernos nosotros mismo junto con Cristo para alcanzar por medio de Él la meta final de toda la Liturgia: la unión con Dios (SC 48).
Para que el pueblo de Dios pueda profundizar en su conocimiento de la Liturgia, debe con frecuencia darse catequesis sobre el papel de los signos y los símbolos en sus celebraciones “puesto que la celebración eucarística, como toda la Liturgia, se realiza por signos sensibles, con los que la fe se alimenta, se robustece y se expresa”8.
El significado del simbolismo nunca puede ser separado del misterio de la Encarnación por la cual el Dios invisible se hace visible en el hombre Jesucristo y es por ello que los signos y símbolos del culto cristiano pertenecen completamente a un nuevo orden. Esto queda expresado en uno de los textos litúrgicos llamado Prefacio de Navidad, en las palabras que re refieren a Cristo del siguiente modo: “en Él vemos a nuestro Dios hecho visible” y va más allá expresando el deseo de que podamos ser llevados por “nuestro Dios hecho visible” “a la contemplación y el amor de las cosas invisibles”.
Mediante el significado de los signos, símbolos y palabras, por la acción de la Liturgia, el misterio de la obra salvífica de Dios en Cristo, se hace presente. Es la actualización de sus misterios salvíficos para la vida del pueblo de Dios.
La vida del pueblo de Dios que forma una sociedad cuyo objetivo es el de la adoración, encuentra su expresión en el culto que la Iglesia tributa al Padre por Cristo nuestro Sumo Sacerdote; es el culto ofrecido por el Cuerpo Místico, Cabeza y miembros. Esta es una sociedad estructurada y jerárquicamente ordenada. La unidad de la comunidad cristiana es manifestada a través de la diversidad de funciones ejercidas por sus miembros. El ordenamiento de la Iglesia, su arquitectura y sus símbolos sagrados son todos “…los mismos signos visibles que usa la sagrada Liturgia han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia… Cuando la Iglesia ora, canta o actúa, la fe de los participantes se alimenta y sus almas se elevan hacia Dios, a fin de tributarle un culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia ” (SC 33).
El Altar
La teología de la Eucaristía tanto sacrificio como alimento, encuentra su más clara expresión la Ordenación General del Misal Romano: El altar, en el que se hace presente el Sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual el Pueblo de Dios se congrega en su nombre. Puesto que la Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de su culto, el altar es un signo de la Iglesia y cumple su doble función de culto a Dios y santificación de la humanidad. El altar es el lugar sagrado de encuentro en la relación entre Dios y el pueblo redimido por la Sangre de Cristo.
Esta enseñanza es concretizada en la oración que prosigue a la Letanía de los Santos en el Rito de la Dedicación de un Altar: “Que este altar sea el lugar donde los grandes misterios de la redención se actualicen: un lugar donde tu pueblo ofrezca sus dones, manifieste sus buenas intenciones, derrame sus oraciones y se adhieran en todo sentido a su fe y devoción” .
Consiguiente se ha de tener gran cuidado respecto al diseño y colocación del altar. Toda iglesia ha de tener un solo altar , fijo y dedicado (IGMR 303) que “significará en la asamblea de los fieles al único Cristo y a la única Eucaristía de la Iglesia” (IGMR 303) y “representa a Jesucristo, la Piedra Viva (1Pe 2, 4; ver Ef 2, 20) más clara y permanentemente” (IGMR 298) que si fuera un altar móvil.
La Instrucción reconoce que en la renovación de las iglesia de valor histórico y con mérito artístico puede suceder que se encuentre un altar que “por su posición hace difícil la participación del pueblo” (IGMR 303) y que si se moviese comprometería su valor artístico y su significado. En tales casos se deberá construir otro altar fijo y dedicado. Por lo tanto, el antiguo altar no debe adornarse en un modo especial y la liturgia ha de celebrarse únicamente en el nuevo altar fijo (IGMR 303); si se debe cuidar de que siempre tenga una apariencia digna.
Se añade un nuevo párrafo en el que se hace hincapié en que no se debe poner nada sobre el altar excepto aquello que está indicado en una lista que sea necesario para la celebración de la Misa (IGMR 306). Incluso las flores han de ser acomodadas con moderación alrededor del altar y nunca sobre de él (IGMR 305). El párrafo sobre la disposición de las flores indica que durante la Cuaresma es prohibido su uso, excepto en el Domingo de Laetare, solemnidades y días festivos. Del mismo modo, se pide una cierta moderación durante el tiempo de Adviento que convenga “al carácter de este tiempo, sin que se anticipe la plena alegría de la Navidad del Señor” (IGMR 305).
La Cruz del Altar
Donde la Ordenación del Misal Romano anterior hablaba solamente de una cruz sobre el altar o procesional, la Ordenación revisada habla siempre de “una cruz con la imagen de Cristo Crucificado” (IGMR 308, 122). Esta cruz “colocada sobre el altar o cerca de él”, ha de ser claramente visible no solo durante la Liturgia sino en todo tiempo, recordando “a los fieles la pasión salvadora del Señor, y permanezca junto al altar también fuera de las celebraciones litúrgicas” (IGMR 308). Una procesión litúrgica es un signo de que el pueblo de Dios constituye la Iglesia Peregrina sobre la tierra, y es laudable que tales procesiones sean precedidas por la Cruz.
Imágenes Sagradas
El tema de las artes sagradas y de las imágenes en la Iglesia fue considerado un poco por el Papa Pío XII en la Encíclica Mediator Dei. Después de haber dado aliento a la promoción de la dignidad y cualidad del arte sagrado, el Papa Pío declaró:
Si Nos habíamos desaprobado previamente el error de aquellos que deseaban prohibir las imágenes con pretexto de revivir una tradición antigua, Nos consideramos ahora Nuestro deber el censurar el celo desconsiderado de aquellos que proponen para la veneración en las Iglesias y los altares, sin una justa razón, una multitud de imágenes sagradas y estatuas, e incluso aquellos que exhiben reliquias no autorizadas, y aquellos que enfatizan prácticas especiales e insignificantes, descuidando aquellas cosas que son esenciales y necesarias. Ellos, pues, comprometen la religión en irrisión y pérdida de la dignidad del culto (n. 189).
Dado que la enseñanza de la Ordenación General no es tan estricta, se ha añadido un nuevo párrafo introductorio en la sección sobre las imágenes sagradas, colocando su uso en un marco escatológico:
“La Iglesia, en la liturgia terrena anticipa ya aquella liturgia celestial, que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, a la cual tiende como peregrina y donde Cristo esté sentado a la derecha de Dios; venerando la memoria de los Santos espera tener parte con ellos y disfrutar de su compañía” (IGMR 318).
Esto es seguido por una extensa descripción sobre el propósito de estas “imágenes del Señor, la Bienaventurada Virgen María, y los Santos” las cuales deben ser “expuestas para la veneración de los fieles en las iglesias, donde se deben colocar de tal manera que conduzcan a los fieles hacia los misterios que ahí se celebran” (IGMR 318). Puesto que las precauciones respecto a la limitación del número y colocación de las mismas en las Iglesias, emanados de los documentos anteriores, se conservan hasta la fecha, su duplicación ha sido prohibida “como regla” (IGMR 318).
El Tabernáculo
En primera instancia, el Tabernáculo fue concebido para la reservación de la Eucaristía en un lugar digno de modo que pudiese ser llevado a los enfermos y aquellos que estaban ausentes, fuera de la Misa. En la medida en que la fe en la divina presencia de Cristo en su Eucaristía se iba profundizando, la Iglesia se hizo más consciente del significado de la adoración en silencio dada al Señor presente en las especies eucarísticas. Es por este motivo que el Tabernáculo ha de ser colocado en un lugar especial y digno en la Iglesia y debe ser construido de tal manera que enfatice y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento.
La sección que se refiere al lugar de reserva del Santísimo Sacramento ha sido ajustado y ampliado (IGMR 314-317). Comienza recordando la Instrucción Eucharisticum Mysterium 54, con la afirmación general de que “deberá conservarse en un tabernáculo colocado en un sitio de la iglesia que sea muy digno, importante, visible, debidamente ornamentado y apto para la oración” (IGMR 314). Los requisitos esbozados en la previa Ordenación son repetidos: que debe haber solo un tabernáculo, que sea inmóvil, sólido, irrompible, cerrado y no transparente.
Uno de los párrafos respecto a su colocación comienza citando la Eucharisticum Mysterium 55, recordando que “por razón del signo, es más conveniente que sobre el altar en que se celebra la Misa no se encuentre el tabernáculo en que se conserva la Santísima Eucaristía” (IGMR 315). A esto le sigue inmediatamente un recordatorio de que el tabernáculo ha de estar siempre dispuesto “de acuerdo al juicio del Obispo diocesano” (IGMR 315). Se dan luego dos opciones para su colocación”
Sea en el presbiterio, aparte del altar de la celebración, en la forma y lugar más apropiado, no excluyendo la posibilidad de que sea un altar viejo que ya no está siendo utilizado para la celebración (Cf. IGMR 303);
O bien, en alguna capilla adecuada para la adoración privada y la oración de los fieles y que esté orgánicamente conectada a la iglesia y evidentemente visible al fiel cristiano.
La Lámpara del Santuario es un signo de honor y un recordatorio de la presencia de Cristo. La descripción de la lámpara del santuario (IGMR 316) es seguida de la advertencia de que “de ninguna manera se deben olvidar las demás disposiciones que, según la norma de la ley, se prescriben acerca de la conservación de la Santísima Eucaristía” (IGMR 317).
Breve resumen de la perspectiva teológica del Concilio Vaticano II
Los miembros de la Iglesia se unen ellos mismos al Sacrificio de adoración de Cristo no como individuos sino como miembros de su Cuerpo, la Iglesia. Es por medio de los Apóstoles, quienes convocan a la Iglesia, que tal culto ha sido posible. Sin los Apóstoles o sus sucesores ordenados, la liturgia no sería posible puesto que son ellos, los Apóstoles, “quienes convocaban a la Iglesia para comer la cena del Señor [y] proclamar la muerte del Señor hasta que vuelva” y quienes “perseveraron firmes en la enseñanza de los apóstoles y en la comunión de la fracción del pan y en oraciones… adorando a Dios y favoreciendo a todos” (Hech 2, 41-47)”9.
Hoy, aquel ministerio apostólico es continuado por medio de los obispos y los sacerdotes.
Pero “su oficio sagrado lo ejercitan [obispos y sus sacerdotes] sobre todo en el culto eucarístico o comunión, o en la asamblea eucarística de los fieles, en el cual, representando la persona de Cristo y proclamando su Misterio, juntan con el sacrificio de su Cabeza, Cristo, las oraciones de los fieles representando y aplicando en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (Cf. 1Co 11, 26), el único Sacrificio del Nuevo Testamento, a saber, el de Cristo que se ofrece a sí mismo al Padre, como hostia inmaculada (Cf. Heb 9, 11-28)10.
Es entonces que a través del ministerio del sacerdote, “el sacrificio espiritual de los fieles se perfecciona en unión con el sacrificio de Cristo”11. Esta Acción Eucarística “sobre la cual el sacerdote preside, es el mero corazón de la asamblea. Por lo tanto, los sacerdotes han de instruir a su pueblo a ofrecer a Dios Padre la Divina Víctima en el Sacrificio de la Misa y unirse a él con el ofrecimiento de sus propias vidas”12.
Dentro de la normativa de la Celebración Eucarística, se sigue que celebrada “en una Iglesia Local, corresponde evidentemente el primer puesto, por su significado, a la Misa presidida por el Obispo, rodeado de su presbiterio, diáconos y ministros laicos, y en la que el pueblo santo de Dios participa plena y activamente, ya que en esta Misa es donde se realiza la principal manifestación de la Iglesia”13.
Cómo esto es encarnado en la IGMR
El Obispo
La Constitución sobre la Liturgia establece claramente que “el Obispo diocesano es el principal servidor de los misterios de Dios en la iglesia particular a él confiada; él es el moderador, promotor y guardián de toda la vida litúrgica” (CD 15). Esta descripción ha sido incorporada en la Ordenación General del Misal Romano n. 22.
Como consecuencia de este papel preeminente, el Obispo tiene una responsabilidad especial en asegurar que todos los presentes “adquieran interiormente un sentido genuino de los textos litúrgicos y los ritos y por lo tanto sean llevados a vivir una celebración de la Eucaristía conciente y fructuosa” (Ibid). Del mismo modo, para reflejar una correcta relación, debe “asociar sus sacerdotes consigo mismo como concelebrantes en la acción sagrada [para] expresar con una mayor claridad el misterio de la Iglesia, que es el sacramento de la Unidad” (Ibid).
La Ordenación General revisada introduce dos cambios rituales que afectan al obispo. Ahora disfruta de la opción de bendecir al pueblo con el Evangeliario después de su proclamación (IGMR 175) y de un modo más específico con las palabras que se proveen en la intercesión por el Obispo en las Plegarias Eucarísticas (IGMR 149), incluyendo un recordatorio de que es apropiado orar por el coadjutor y los obispos auxiliares, otros obispos que puedan estar presentes no deben ser mencionados.
Sacerdotes
El sacerdocio de Cristo que es poseído plenamente por los Obispos, es también transmitido por el Obispo al sacerdote quien ofrece el sacrificio en la persona de Cristo y por tanto “preside al pueblo fiel congregado, dirige sus oraciones, le anuncia el mensaje de la salvación, asocia a sí mismo al pueblo al ofrecer el sacrificio por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de la vida eterna y participa de él juntamente con ellos” (IGMR 93). Dada esta responsabilidad, el sacerdote debe llevar a cabo su función con dignidad y humildad, comunicando “a los fieles, en el mismo modo de comportarse y anunciar las divinas palabras, la presencia viva de Cristo”14.
Como aquellos que “ofrecen el sacrificio y presiden la asamblea del pueblo santo, se echa de ver en la disposición del mismo rito la preeminencia del lugar reservado al sacerdote y por la función que desempeña…uno de los cometidos de esta potestad es continuación de la de Cristo, Sumo Pontífice del Nuevo Testamento”15, y ha de “celebrar el sacrificio eucarístico todos los días en la medida de lo posible” (IGMR 19)16, aún cuando la presencia del pueblo no sea posible pues “es un acto de Cristo y de la Iglesia, en la que el sacerdote ejerce su ministerio principal y obra siempre por la salvación del pueblo” (IGMR 19). Igualmente, “cuando los presbíteros están presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan ordinariamente el oficio del Orden propio y por consiguiente participen como concelebrantes vestidos con los ornamentos sagrados” (IGMR 114). Al mismo tiempo, “la celebración sin ministro o al menos un fiel no se haga sino por justa y razonable causa. En este caso se omiten los saludos, las moniciones y la bendición al fin de la Misa” (IGMR 254).
La Instrucción afirma que “entre las atribuciones del sacerdote ocupa el primer lugar la Plegaria Eucarística, que es el culmen de toda la celebración... Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote –que preside la asamblea representando a Cristo—en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circundantes” IGMR 30).
A él corresponde también dar algunas moniciones provistas en los ritos (IGMR 31), éstas pueden ser adaptadas por él cuando el rito lo indica, siempre respetando “el sentido de la monición que viene dada en el libro litúrgico” (IGMR 31). El sacerdote también proclama la Palabra de Dios y da la bendición final (IGMR 31) y en algunas ocasiones ora por él mismo en secreto (IGMR 33).
La naturaleza de las intervenciones “presidenciales” exige que se pronuncien claramente y en voz alta, y que todos las escuchen atentamente. Por consiguiente, mientras interviene el sacerdote, no se cante ni se rece otra cosa, y estén igualmente callados el órgano y cualquier otro instrumento musical (IGMR 32).
Una de las mayores responsabilidades de los sacerdotes es dirigir la preparación de la Liturgia. Por ello “no le es lícito añadir, quitar o cambiar algo” por su propia autoridad (IGMR 24); el sacerdote tiene el “derecho de decisión sobre lo que le compete a él” (IGMR 111) y es responsable de orientar la elección de “los cantos, lecturas, oraciones, moniciones y expresiones corporales, que sean más conformes con las necesidades, la preparación y la mentalidad de los participantes” (IGMR 24). El criterio para tales elecciones es “el bien espiritual común del pueblo de Dios más que sus preferencias personales” (IGMR 352).
Muchos de los aspectos del papel del sacerdote en la Misa son descritos en la Ordenación General revisada. Una confusión común concierne al Rito Penitencial por la afirmación de que esta absolución al final del rito “carece de la eficacia del sacramento de la penitencia” (IGMR 51).
Cuando en ausencia del diácono el sacerdote proclama el Evangelio en presencia del Obispo, debe pedir y recibir la bendición del mismo modo que lo hace el diácono (IGMR 212); “sin embargo esto no debe hacerse en una Concelebración en la cual un sacerdote preside” (IGMR 212).
A la explicación que sobre la homilía hacía la anterior Ordenación General, se han agregado muchos párrafos, describiendo la homilía como el comentario vivo de la Palabra de Dios, “que viene a ser parte integral de la acción litúrgica” (IGMR29); la homilía debe ser dada por el sacerdote que preside, por un sacerdote concelebrante e incluso po r el diácono, “pero nunca por una persona laica” (IGMR 66). “En casos particulares y por una causa justa la homilía puede ser pronunciada incluso por el Obispo o el presbítero presente en la celebración pero que no concelebra” (IGMR 66). La homilía es requerida los Domingos y días festivos de guardar (IGMR 66) y puede ser eliminada de la Misa con el pueblo solo por una causa grave. El sacerdote pronuncia la homilía estando de pie o “desde la sede o desde el ambón o cuando se considere apropiado, desde otro lugar idóneo” (IGMR 136) [no sentado en la silla].
El sacerdote celebrante introduce y concluye la Oración de los Fieles desde la sede. Las introduce con las manos juntas y hace la oración conclusiva con las manos extendidas (IGMR 138). En la presentación de las ofrendas, el sacerdote puede decidir hacer las bendiciones en voz alta siempre y cuando no se cante un canto o se toque el órgano (IGMR 142).
Una amplia y significativa descripción del signo de la paz es incluida en los números 8s y 154 de la IGMR. La pax es definida como el rito “con el que la Iglesia implora la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana y los fieles expresan mutuamente la comunión y la caridad, antes de comulgar en el Sacramento ” (IGMR 82). El carácter sagrado del signo de la paz no debe ser devaluado; no es simplemente un gesto de buena voluntad o la expresión de buenos deseos. Es una oración visible por la paz. Para evitar un desorden en el rito, el sacerdote puede intercambiar el signo de paz solo con otros presentes en el presbiterio (IGMR 154). De igual manera, la asamblea debe conservar su carácter visible de ser un solo Cuerpo en Cristo y no ser distraído por un movimiento excesivo, “conviene que cada uno exprese el signo de la paz sobriamente y sólo a las personas más cercanas” (IGMR 82). En el momento en que todos en la asamblea intercambian el signo de paz, deben decir: La paz del Señor esté siempre contigo. La respuesta es: Amén (IGMR 154). Queda a criterio de las Conferencias de los Obispos en particular, determinar el modo de darse el signo de la paz.
Desde el día de Pentecostés hasta nuestros días, la Iglesia nunca ha cesado de celebrar el único Misterio Pascual. Por la Proclamación de la Palabra hecha por el Apóstol Pedro, los primeros miembros de la Iglesia fueron bautizados y se forma la comunidad cristiana Primitiva, reunida en torno a los apóstoles y a la celebración de la Eucaristía: “los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil almas. Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones…” (Hech 2, 41-47). La sección que se refiere a la fracción del pan ha sido notablemente extendida, subrayando que este rito “significa aquello del compartir un único pan de vida que es Cristo, quien murió y resucitó por la salvación del mundo, y donde la multitud de los fieles se hacen un solo cuerpo (1Co 10, 17)”. El gesto de la fracción del pan es uno de los momentos más importantes de la Eucaristía puesto que fue en la “fracción del pan” donde los discípulos reconocieron al Señor y por ello es que este rito ministerial está “reservado al sacerdote y al diácono”. Puesto que a este gesto se le debe dar importancia (acompañándole con la antiquísima costumbre del canto del Cordero de Dios), ha de tenerse cuidado de que “no sea prolongado innecesariamente ni se le dé una importancia exagerada” (IGMR 83) . No corresponde a las obligaciones del ministro extraordinario de la comunión el asistir en la fracción del pan ni el llenar los cálices con la Preciosa Sangre.
Hay varios momentos durante la Eucaristía en que las sagradas especies son elevadas y se debe tener cuidado de asegurarse de que estos momentos sean distinguidos uno del otro. En el momento de la comunión la hostia no debe ser elevada sola sino sobre el cáliz o la patena mientras se recita el Cordero de Dios (cosa que no debe hacerse durante la Doxología) (IGMR 157, 243).
Diáconos
Entre los que sirven en la celebración eucarística, después del presbítero, ocupa el primer lugar el diácono en virtud de la sagrada ordenación recibida. Pues el sagrado Orden del diaconado, ya desde la antigua edad apostólica, ha gozado de gran honor en la Iglesia (IGMR 94). Las funciones del diácono en la Misa han sido resumidas en la IGMR 94.
La proclamación del Evangelio es una de las funciones principales del diácono en la Liturgia de la Palabra. El carácter sagrado del Evangeliario se manifiesta por la calidad de sus cubiertas; ha de ser llevado con solemnidad hacia la asamblea y colocado sobre el altar por diácono, simbolizando así la unidad entre la presencia de Cristo en la palabra y el sacramento. Cuando el diácono lleva el Evangeliario en la procesión de entrada éste es llevado “ligeramente elevado” (IGMR 172); cuando llega al altar con el Evangeliario, el diácono no hace la venia sino que inmediatamente coloca el Evangeliario sobre el altar y luego besa el altar junto con el sacerdote (IGMR 173).
Se dan muchos detalles sobre el papel del diácono en la proclamación del Evangelio. Él debe inclinarse cuando pide la bendición y cuando toma el Evangeliario del altar (IGMR 175). Una descripción del beso opcional al Evangeliario dado por el Obispo, ha sido igualmente incluida. El diácono puede hacer las otras lecturas pero solo en ausencia de un lector cualificado (IGMR 176) y pronuncia las intenciones de la oración de los fieles “normalmente desde el ambón” (IGMR 177). El lugar del ambón es sagrado y por ello se reserva solo para la proclamación de la Palabra de Dios, esto incluye el Salmo Responsorial. También puede utilizarse para la homilía y la Oración de los Fieles. No ha de utilizarse como el atril de la música: el cantor, el director del coro/asamblea y el monitor han de usar un atril móvil. El ambón debe siempre verse como la Mesa de la Palabra así como el altar será siempre considerado la Mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Durante la Plegaria Eucarística el diácono se acerca al altar solo si su ministerio involucra servir el cáliz o asistir con el Misal. Sin embargo, “debe colocarse un poco atrás de los sacerdotes concelebrantes” (IGMR 215). El diácono “normalmente” se arrodilla desde la epíclesis hasta la elevación del cáliz (IGMR 179).
En el momento de la comunión el sacerdote ofrece la comunión bajo las dos especies al diácono (IGMR 182). Cuando la comunión es dada a los fieles bajo las dos especies, el diácono sirve el cáliz. Después de que la comunión ha sido distribuida, el diácono, en el altar y reverentemente consume cualquier exceso de la Sangre de Cristo (IGMR 182).
Gestos
En la sociedad contemporánea se ha puesto mucho énfasis en lo que se ha descrito como “lenguaje corporal”. Este no es un concepto nuevo para la Liturgia que siempre ha visto los signos como la reverencia, la postración, la genuflexión y el arrodillarse, como parte integral del lenguaje del culto. Se deben hacer todos los esfuerzos para asegurar que los gestos prescritos se realicen de un modo significativo y digno. La Ordenación General llama la atención respecto a la inclinación de la cabeza en el número 275: “la inclinación de la cabeza se hace cuando se nombran juntas las tres Divinas Personas y al pronunciar el nombre de Jesús, de la santísima Virgen María y el Santo en cuyo honor se dice la Misa”.
En la Liturgia el beso del altar, del Evangeliario o de una persona en el signo de la paz, no es meramente un gesto humano sino que es el reconocimiento de la presencia del Espíritu Santo. El altar es sagrado, ha sido ungido con el Santo Crisma y consagrado por la invocación del Espíritu Santo. La reverencia con que el altar es besado manifiesta tanto su carácter sagrado así como sirve para preparar a la asamblea para la celebración que está próxima a realizarse. En la proclamación del Evangelio Cristo está presente por el poder del Espíritu Santo y el besar el libro expresa nuestra fe en la presencia de Cristo en Su Palabra. Tal y como nos enseña San Pablo, nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y los signos de la paz proclaman la creencia cristiana de la santidad del cuerpo.
Entre los más antiguos signos sagrados se encuentra “la fracción del pan” –el nombre más antiguo de la Misa. Por esta razón “es muy de desear que los fieles participen, como está obligado a hacerlo el mismo sacerdote, del Cuerpo del Señor con Hostias consagradas en esa misma Misa y, en los casos previstos (CF. 283), participen del cáliz, de modo que aparezca mejor, por los signos exteriores, que la comunión es una participación en el sacrificio que en ese momento se celebra” (IGMR 85)
Otros gestos tales como el signo reverencial de la cruz, el golpear el pecho, la señal de la cruz en la frente, labios y el corazón y el gesto de adoración previo a la recepción de la Santa Comunión, no pueden permitirse que caigan en desuso.
La disposición de los asientos en la asamblea puede ayudar a afirmar su identidad como comunidad. También facilitará a los fieles la realización de los gestos que forman una parte importante de la manifestación de su participación en la celebración. Las bancas y las sillas han de distribuirse de manera que permitan que se observen las posturas corporales prescritas en la celebración litúrgica: sentarse, ponerse de pie, arrodillarse, caminar (procesiones).
Breve resumen de la perspectiva teológica del Vaticano II
Cuando la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, fue promulgada el 4 de Diciembre de 1963, muchos pensaron que su invitación para una “ plena, conciente y activa participación” (SC 14) por parte de los fieles era algo revolucionario. Esto porque en los tiempos previos al Concilio la experiencia de la mayoría del laicado en la Misa era de aparente pasividad puesto que ellos eran los que el Concilio llamó “extraños y espectadores” (SC 48) de los misterios sacramentales. La Liturgia se consideraba como una responsabilidad de los clérigos ordenados quienes eran preparados para las funciones sagradas.
Parecía que se habían olvidado de que al principio del siglo XX ya había sido propuesta la participación activa en el culto litúrgico por parte del Papa San Pío X en el comienzo de su pontificado con el Motu Proprio para la renovación del canto Gregoriano. La necesidad de esta participación activa fue más claramente acentuada por el Papa Pío XII con palabras que preanunciaban pasajes de la Constitución Conciliar:
Mediator Dei 192: “que los fieles tengan una parte más activa en el culto divino, …es muy necesario que los fieles asistan a las ceremonias sagradas no como si fueran extraños o mudos espectadores sino que se les debe permitir un aprecio pleno de la belleza de la liturgia y tomar parte en las sagradas ceremonias, alternando sus voces con la del sacerdote y el coro, de acuerdo a las normas establecidas. Si place a Dios que esto se haga no sucederá más que la congregación a duras penas o en un murmullo leve responda a las oraciones en latín o en lengua vernácula”. Una asamblea que esté presente devotamente en el sacrificio, en el cual nuestro Salvador junto con sus hijos redimidos con Su sagrada sangre canten el himno nupcial de Su inmenso amor, no les puede mantener callados, puesto que “el canto llena al amante” y como decían los antiguos, “quien canta ora dos veces”.
Esta participación plena, conciente y activa está fundada en la teología. Es un elemento esencial de la eclesiología y de la teología de la Asamblea Cristiana. La participación activa es tanto un deber como un derecho que adquiere cada individuo como consecuencia de su bautismo. Uno de los efectos del Bautismo es hacernos miembros del Pueblo de Dios, linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo redimido. Este texto de San Pedro (1Pe 2, 9) se lee a los recién bautizados el Sábado de Pascua y es posteriormente desarrollado por la eclesiología de la Lumen Gentium nn. 9-17: Sobre el Pueblo de Dios.
Esta participación activa de todos en la celebración litúrgica está fundada sobre la estructura sacramental de la Iglesia y del Sacerdocio de Cristo. Está guiada por normas litúrgicas que hunden sus raíces en la teología.
Para que esta participación pueda ser vista como un signo de unidad el Papa Pío XII señalaba que es necesario:
“que el clero y el pueblo sean uno en mente y en corazón y que el pueblo cristiano tome una parte activa en la liturgia que se convierte en una verdadera acción sagrada de culto merecido al Señor eterno en el cual el sacerdote, como principal responsable de las almas de su parroquia, está unido junto con sus fieles” (Mediator Dei).
Una participación activa de los fieles en la Liturgia, ha de entenderse más allá de la distribución de funciones y del canto comunitario y responsorial. Hay una gran variedad de dones en la Iglesia y debemos de reconocer que no todos son capaces de llenar ciertas funciones a pesar de los bueno que ello podría ser. La participación activa que desea la Iglesia no es simplemente un asunto de papeles en la celebración litúrgica sino más bien, una disposición fundamental que deriva en un modo de vida; aquellos que participan activamente en la asamblea podrán irse de la celebración conscientes de su responsabilidad de proclamar el mensaje que ellos han celebrado. El corazón y la mente han de estar en armonía con lo que es proclamado con los labios. La participación interior y exterior no puede separarse pues ambas son necesarias para ser alimentados y desarrollados por la reflexión y meditación en los textos sagrados que la Iglesia nos propone.
Una participación verdadera, activa e íntima depende de la formación litúrgica del clero, los obispos, sacerdotes y diáconos. Quienes tienen un papel presidencial o de liderazgo en la asamblea litúrgica necesitan tener una preparación apropiada para entender mejor su función de servicio al pueblo de Dios.
Aquellos que ejercen esas funciones importantes “deben observar las normas litúrgicas”, observando el espíritu de la ley pero no el detrimento de la letra. No es una cuestión de obediencia a las rúbricas sino de entendimiento de por qué están dadas las rúbricas y por qué dicen lo que dicen. Las rúbricas están dadas para darle estructura a la celebración y resaltar la teología presente en el rito. Para asegurar una celebración alegre y dinámica y para protegerla en contra de las particularidades de los individuos que la celebran pues “ninguna persona, aun siendo éste un sacerdote, puede agregar, quitar o cambiar cualquier cosa en la liturgia por su propia conveniencia”. En mundo donde se da un creciente aprecio por el respeto de los derechos individuales y el rechazo a la discriminación, es inaceptable que un clérigo o un religioso niegue el derecho a los fieles de tener un rito auténtico simplemente por su visión subjetiva de la Liturgia.
La formación litúrgica del Clero ha de proporcionarles los medios para que vivan plena y activamente la vida espiritual que Cristo vino a darnos en abundancia puesto que la liturgia es la celebración y la fuente de una vida cristiana gozosa.
Los Obispos y los sacerdotes son “los servidores de Cristo y portadores de los misterios de Dios” y una de sus grandes responsabilidades es comunicar a la humanidad el misterio de la salvación por medio de la Liturgia de la Palabra y los Sacramentos. El sacerdote es un Pastor cuando celebra la Liturgia de la Iglesia que es el medio por el cual la obra salvífica de Cristo llega al creyente. Una consecuencia de ello es que él debe enseñar a los fieles a hacer que su plena y activa participación en la liturgia sea interior y fructuosa. La participación exterior debe llevarle, e incluye, a una mayor profundidad interior por la participación en los ritos sacramentales.
Tanto en las parroquias como en las comunidades religiosas existe una gran diversidad de capacidad y entendimiento que debe ser tomada en cuenta y ejercida con discreción. Esto significa que se hace necesaria una catequesis que sea dada antes de que se realicen los cambios de modo que las mentes y los corazones de todos puedan estar abiertos a la gracia de Nuestro Señor.
La enseñanza del Concilio sobre la “Participación activa”
Esta comprensión de la participación activa estaba en la mente de los Padres Conciliares. Trabajando desde la antiquísima comprensión del bautismo en la Iglesia, por el cual aquellos que han sido balizado en Cristo son llamados a su mesa (SC 9) y hechos sus hijos, honrados en comer y beber con la familia del Señor, los Padres insistieron en que el propósito de la vida del bautizado es la participación en el Sacrificio mismo de Cristo (SC 10). Haciendo eco de las palabras de Agustín, el Concilio entonces enseña que [testo de Agustín]. En efecto, todos los que son bautizados son hechos sacerdotes, capaces de ofrecerse ellos mismos como “sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Rm 12, 1). Como noción tanto del Judaísmo como del mundo antiguo, la auto donación como “sacrificio vivo” era inaudito. El cristianismo fue por lo tanto revolucionario en la propuesta de que todo un pueblo, y cada uno de sus miembros, pudiera llegar a ser sacerdotal por asemejarse a Cristo en el Bautismo.
Como resultado de esto, los fieles cristianos son enseñados en la Liturgia cómo “ ofrecer la víctimas divina a Dios Padre en el sacrificio de la Misa y hacer a su vez la donación de sus propias vidas con Él” (De Presb Min 5). Tal asimilación del sacerdocio de los fieles –y por ende del sacrificio de los fieles, como tal—se había perdido en el entendimiento de la liturgia que muchos tenían antes del Concilio Vaticano II. Con la aparición de la Sacrosanctum Concilium, esto se ha restaurado para todos y con ello un modo de comprender la tan importante frase “participación plena, conciente y activa” (SC 14).
Hay muchos pasajes clave en la Sacrosanctum Concilium por las que descubrimos el significado conciliar de esta frase fundamental. El más explícito puede ser SC 48 que nos dice lo que esta participación es y lo que no es:
Por tanto, la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este Misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, y se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos.
Es menester notar aquí el contraste positivo que se da entre las expresiones sobre la participación con la frase “y por lo tanto eran extraños y espectadores” que no estarían participando ni interior ni exteriormente, lo que significa que una falta de compromiso del adorador en la Liturgia es el opuesto de la “ participación activa”. Lo que el Concilio pretendió fue devolverle al bautizado su pleno derecho y función en las asamblea litúrgica, sea por el canto o el silencio, arrodillándose o estando de pie, caminando en procesión o permaneciendo sentados; leyendo o respondiendo. Como resultado de ello vemos que no hay una sola actividad que pueda definirse por sí misma como “participación activa”. Por el contrario, tal parece que esa participación es una constelación actos de culto cualificados a través de los cuales cada creyente puede desarrollar un compromiso pleno con la acción litúrgica.
Dos últimas ideas fundamentales con las cuales iluminar el concepto de “participación activa” nos son dadas por el Concilio en la Sacrosanctum Concilium en los números 11 y 14. La primera nos indica que tal participación nunca será un éxito a menos que sea preparada “con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia para no recibirla en vano” (SC 11). Pero, ¿cómo ha de ser dirigida y promovida esta preparación? Por aquellos “cuya responsabilidad es la de inspirar el culto” (SC 11), que han de tener cuidado de que todas las celebraciones sean válida y lícitamente observadas y que la participación sea consciente (racional), activa (dinámica) y fructífera (fructuosa)”. Estas son grandes obligaciones tanto para los fieles como para los encargados con los diversos liderazgos de la liturgia –el obispo, sacerdote-celebrante, diácono, lector, acólito, cantor y otros. También la contraparte de esto es moderada: que la falla en el liderazgo de la liturgia puede solamente impedir “la participación activa, consciente y plena” de todos en la asamblea litúrgica. Para salvaguardar la importancia de esta responsabilidad, todos son obligados por una ordenanza distinta a las que aparecen en los documentos conciliares: “al reformar y fomentar la sagrada Liturgia, hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14).
Cómo es esto encarnado en la IGMR
Esta noción de participación tomada del Concilio es evidente en muchos lugares de la IGMR como plataforma de la acción litúrgica. A menudo, cuando la IGMR menciona la participación de los fieles lo hace vinculando una acción ritual a la teología bautismal que la sostiene tal como en la entrega de la oración de los fieles (IGMR 69) en la cual “el pueblo responde de alguna manera a la Palabra recibida con fe y, ejercitando su oficio sacerdotal, ruega a Dios por la salvación de todos”. Lo mismo puede aplicarse incluso en las rúbricas más pequeñas en las cuales una participación bautismal laical, es entendida y aceptada como tal, en el acto de la incensación (IGMR 75) en la preparación de las ofrendas: “después el sacerdote, en virtud del ministerio sagrado, y el pueblo, en virtud de la dignidad bautismal, pueden ser incensados por el diácono u otro ministro”.
Más profundamente, la IGMR a menuda habla de la participación plena de los fieles como el motivo y objetivo de la revisión de las diversas partes del rito Romano. Por ejemplo, la IGMR 5 insiste en que ciertas partes de la celebración eucarística que han caído en desuso o en el olvido han de ser restauradas puesto que eso pertenece al laicado “en virtud de la naturaleza de cada uno dentro del Pueblo de Dios”. El uso de la lengua vernácula (IGMR 12), la recepción de la comunión bajo las dos especies (IGMR 13-14); la introducción de Misas por diversas necesidades y ocasiones (IGMR 15); la participación del laicado en la planeación de las celebraciones litúrgica (IGMR 18), la adaptación de los gestos corporales en los ritos (IGMR 24) y las formas renovadas de la celebración específica de los ritos penitenciales, la profesión de fe, la Oración de los fieles, y la oración dominical (IGMR 36) han de ser entendidos todos como incrementos fomentados en la participación, exigidos por “la naturaleza de la celebración…, y por el pueblo cristiano puesto que son un derecho y un deber que ellos tienen en virtud de su bautismo” (IGMR 19). Quizá en ninguna parte esta teología de la participación sea más notable que en el IGMR 78, describiendo la plegaria eucarística: “el sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio”.
El IGMR revisado puede ser visto como que ha asumido, o mejor dicho, desarrollado totalmente las implicaciones de la restauración Conciliar de una teología de la participación laical en la liturgia. Por otro lado, esta teología está basada sobre la recuperación de lo mejor de la Tradición cristiana sobre lo que significa el sacrificio como una función del bautizado. Como sucede con toda la renovación litúrgica, este nuevo énfasis ha sido introducido en función de que “los textos y ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad la cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano puede comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria” (SC 21).
Ejemplos específicos
La unidad de la asamblea se encuentra entre las preocupaciones principales de la IGMR. Ellos han de convertirse en “un cuerpo” (IGMR 96) por la escucha de la palabra de Dios, en la oración, en el canto y “sobre todo por la oblación del sacrificio y el compartir la mesa del Señor”.
Esta unidad se manifiesta claramente en la uniformidad de gestos y posturas de los fieles (IGMR 96). Los gestos y las posturas corporales no solo manifiestan la dignidad y simplicidad de los ritos litúrgicos sino que fomentan la participación común de todos. Las posturas y los gestos corporales no deben ser vistos por lo tanto, como un asunto de “inclinación personal o elección arbitraria” y como acción común expresan y fomentan el bien espiritual de todos los presentes (IGMR 42).
Estas posturas comunes son descritas en el IGMR 43. Sin embargo, la Conferencia de los Obispos puede adaptar estos gestos y posturas corporales universales “a las costumbres y tradiciones razonables del pueblo” previniendo que “tales adaptaciones correspondan al significado y carácter de cada parte de la celebración”. La Ordenación General revisada asume en los Estados Unidos de América, como “loable” la postura de rodillas a lo largo de toda la Plegaria Eucarística (IGMR 43). Es tal la importancia de la unidad de los gestos y posturas corporales que todos han de ser llamados a seguir las instrucciones dadas por el diácono, el laico o el sacerdote según lo que se indique en los libros litúrgicos.
Las funciones litúrgicas que no son propias del sacerdote o el diácono y que se enumeran más abajo (IGMR 100-106), han de confiarse a laicos idóneos escogidos por el Párroco o el Rector de la Iglesia y confirmados con una bendición litúrgica o un encargo temporal. La función del servicio del altar ha de regirse por las normas establecidas por el Obispo en cada diócesis.
Los ministros extraordinarios de la Sagrada Eucristía pueden ser llamados por el sacerdote solo cuando el número de sacerdotes o diáconos presentes en la celebración no sea suficiente (IGMR 162). Los primeros que han de ser llamados son aquellos acólitos instituidos, luego aquellos que han sido elegidos como ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión y finalmente, aquellos que sean comisionados para ese momento en particular (IGMR 162)17.
La Ordenación General describe detalladamente el modo en que estos ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión ejercen su ministerio. Durante la misa, solo asisten con la distribución de la Sagrada Comunión. “Estos ministros no se acerquen al altar antes de que el sacerdote tome la Comunión, y siempre reciban de las manos del sacerdote celebrante el vaso que contiene las especies eucarísticas que van a ser distribuidas a los fieles” (IGMR 162), este gesto indica que ellos están sirviendo a la comunidad. La distribución de las hostias consagradas y de la Preciosa Sangre en los vasos sagrados está reservada al sacerdota y/o al diácono.
Terminada la distribución de la comunión, el sacerdote [si el diácono está ausente], consume completamente el vino consagrado que eventualmente sobró (IGMR 163). “El sacerdote, el diácono o el acólito instituido purifica los vasos sagrados, después de la comunión o después de la Misa” (IGMR 279).
Lectores
Las responsabilidades de un lector instituido son leer las Escrituras en la liturgia con excepción del Evangelio, en ausencia del cantor entona el Salmo Responsorial y anuncia las intenciones de la Oración de los Fieles en ausencia del diácono (Cf. IGMR 99). El Lector instituido tiene la responsabilidad especial de preparar a otros fieles que sean temporalmente nombrados para leer en la Liturgia. En vistas a cumplir con su función de un modo más perfecto, el Lector ha de buscar el adquiriri un entendimiento conciente y vital de la Escritura.
En ausencia de un lector instituido, a otras personas se les puede preparar con mucho cuidado de modo que, verdaderamente cualificadas, puedan proclamar las Escrituras (IGMR 101). Las funciones del Maestro de Ceremonias (IGMR 106), los músicos (IGMR 103), el sacristán (IGMR 105), quienes hacen las colectas, los ujieres y quienes dan la bienvenida a los feligreses (IGMR 105), igualmente las encontramos descritas en la Ordenación General.
La extensión de las funciones relacionadas con la Palabra de Dios, nos recuerda que porque el oficio de la lectura de las Escrituras es ministerial y no una función presidencial “las lecturas son proclamadas por un lector, el Evangelio en cambio viene leído por el diácono o, si está ausente, por otro sacerdote” (IGMR 59).
En ausencia de un diácono, el lector “con las vestiduras apropiadas puede llevar el Evangeliario, ligeramente elevado” durante la procesión de entrada (IGMR 194). Llegados al presbiterio coloca el Evangeliario sobre el altar. Luego, ocupa su lugar en el presbiterio junto a los demás ministros (IGMR 195). Sin embargo, el Leccionario nunca se lleva en procesión (IGMR 120).
Acólitos
El acólito instituido tiene “responsabilidades especiales” (IGMR 98) que solamente él ha de realizar y que de un modo ideal deberían ser distribuidas entre varios acólitos (IGMR 187). Estas “funciones especiales” son descritas detalladamente en los números 187-193 de la IGMR, muchas de las cuales solo pueden ejercerse en ausencia de un diácono e incluyen la incensación del sacerdote y del pueblo durante la preparación de las ofrendas (IGMR 190) y la distribución de los cálices para la comunión (IGMR 191). Al contrario de lls ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, el acólito instituido puede asistir al sacerdote o al diácono en la purificación de los vasos sagrados en la credencia (IGMR 192). En ausencia de un acólito instituido, pueden asistir al sacerdote o al diácono en el servicio del altar, algunos ministros laicos. “Ellos pueden llevar la cruz, las velas, ce nizas, incensario, el pan, el vino y el agua” o servir como ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión (IGMR 100). El Obispo diocesano ha de emitir normas respecto a las funciones de estos servidores del altar (IGMR 107).
Estos artículos expresan las tesis clásicas de Santo Tomás de Aquino. Acentúan la doble necesidad de un correcta disposición para la recepción de los Sacramentos y una correcta expresión de la devoción personal fuea de la celebración litúrgica. Uno de los peligros que han de ser evitados es el de concentrarse exclusivamente en el cumplimiento de las rúbricas en virtud de asegurar una forma correcta de la celebración. La celebración de la Liturgia está supuesta a ser fructuosa (Cf. SC 9); por otro lado, los números 7-10 ponen de relieve el hecho de que la celebración comunitaria de la Liturgia es el culmen de la vida espiritual de cada individuo. Sin embargo, es responsabilidad de todo cristiano orar siempre. La celebración de la Liturgia que congrega al Pueblo de Dios es solamente intermitente. La oración particular es necesaria en orden a unir los periodos de la celebración litúrgica y la responsabilidad cristiana del diálogo en privado con el Padre Eterno. Sumada a la oración se encuentra la práctica de la mortificación. La celebración del Sacrificio Eucarístico puede llegar a convertirse en un ritual vacío a menos que estemos preparados para tomar en serio Romanos 12, 118.
Breve sumario de la perspectiva teológica del Concilio Vaticano II
Sacrosanctum Concilium #7
Para realizar una obra tan grande, Cristo stá siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el Sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes y es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz”19, sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza20. Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mat 18, 20). Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Eterno Padre. Con razón, por tanto, se considera la Liturgia como el ejercico del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre; y así, el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.
“Cristo siempre está presente en su Iglesia, especialmente en las celebraciones litúrgicas”. En esta solemne declaración respecto a la presencia de Cristo en la Liturgia, encontramos tanto lo nuevo como lo antiguo. La declaración misma está basada en San Agustín, el capítulo sobre la Eucaristía en el Concilio de Trento, y las encíclicas Mystici Corporis y Mediator Dei. Lo que es nuevo es la declaración de la presencia activa, dinámica, de Cristo que ha de ser bien entendida.
“Cristo asiste a su Iglesia a través de su Liturgia”
Antes de su presencia en la Eucaristía, Cristo está presente, sobre todo, en la persona del ministro.
Los sacramentos son acciones de Cristo.
Hay una presencia real, activa, personal, de Cristo en la proclamación de la Palabra de Dios: es Cristo mismo quien está hablando.
La cita de Mat 18, 20, proclama la presencia de Cristo en la Asamblea Cristiana, en la Comunidad orante. Debe también ser bien entendido que es Cristo quien siempre actúa primero, y “quien ha asociado la Iglesia a sí mismo”.
Este principio es reiterado en la SC 83 en lo que ser refiere al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. La analogía utilizada es la bíblica con respecto a Cristo y su Iglesia: El Novio y la Novia, que llama a su Señor y por medio de Él ofrece culto al Eterno Padre.
La definición de la Liturgia con la cual se concluye este párrafo es importante: es el ejercico del oficio sacerdotal de Jesucristo.
“...la liturgia es el ejercicio del oficio sacerdotal de Jesucristo... En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre; y así, el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro
La función sacerdotal de Cristo es doble:
Santificación.
El culto público a Dios realizado por toda la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. La santificación es significada por singnos sensibles a nuestros sentidos y que deben ser vistos. Esto coloca a los sacramentos en un lugar muy importante en la teología dogmática (doctrinal). Los sacramentos son sobre todo signos. Esto nos remonta a Santo Tomás de Aquino y evita la teología sacramental de la Contra Reforma. Una ulterior consecuencia de este párrafo es que los fieles tienen el derecho y el deber de participar en la Liturgia (Cf. Párrafo 14) y que esta participación en la Liturgia sea activa y consciente. Esto significa que los signos sacramentales son tales que pueden ser reconocidos: si ellos no pueden ser reconocidos entonces ya no son signos. Los signos sacramentales han de llevarse a ser más reconocibles: si los signos no pueden ser leídos, percibidos, ellos ya no llenan su función como tales. Esto deberá ser la preocupación de la formación litúrgica actual que se da a los fieles.
Los principios de signos y símbolos han sido incorporados en el Código de Derecho Canónico, en el canon 834:
“La Iglesia realiza su función de santificación en manera especial a través de la Liturgia que es el ejercicio del oficio sacerdotal de Jesucirsto. En la Liturgia, ‘mediante el uso de signos perceptibles a los sentidos, es simbolizada nuestra santificación y, cada uno a su manera propia, la realiza’. Mediante la Liturgia se ofrece un culto completo a Dios por la Cabeza y los miembros del Cuerpo Místico de Cristo”.
Y esto es lo mismo que nos recuerda la Sacrosanctum Concilium en el artículo 33:
“...Los mismos signos visibles que usa la Sagrada Liturgia han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia... Cuando la Iglesia ora, canta o actúa, la fe de los participantes se alimenta y sus almas se elevan hacia Dios, a fin de tributarle un culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia”.
La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios ordenado jerárqicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal y local, y para todos los fieles individualmente21. Pues en ella se culmina la acción con que Dios santifica en Cristo al mundo, y el culto que los hombres tributan al Padre, adorándolo por medio de Cristo, Hijo de Dios en el Espíritu Santo22. Además, se recuerdan de tal modo en ella, a lo largo del año, los misterios de la Redención que, en cierto modo, éstos se nos hacen presentes23. Todas las demás acciones sagradas y cualequiera obras de la vida cristiana, se relacionan con ésta, proceden de ella y a ella se ordenan24 (IGMR 16).
Como es esto encarnado por la IGMR
Liturgia de la Palabra
Muchos artículos de reciente introducción al Leccionario de la Misa revisado se han añadido, incluyendo la insistencia en que debemos apegarnos al orden estricto de las lecturas (IGMR 357) y que los textos del Leccionario nunca han de ser sustituidos por textos extra bíblicos (IGMR 57). De acuerdo a la Ordenación General, los textos, a excepción de la Pasión del Señor, está terminantemente prohibido dividirlos en partes (IGMR 109). Las lecturas han de proclamarse siempre desde el ambón en las Misas con el Pueblo (IGMR 58). Puesto que la nueva Ordenación General recomienda que el Salmo Responsorial sea cantado (IGMR 61), subraya que “si el salmo no puede ser cantado, debe ser recitado de manera adecuada para que favorezca la meditación de la Palabra de Dios” IGMR 61). La homilía es una parte integral de todas las celebraciones litúrgicas. Tiene un papel especial en la Liturgia pues se trata de la explicación de la Palabra de Dios que el Pueblo de Dios ha escuchado y para ayudar a que la Palabra de Dios germine en los corazones de aquellos que la han recibido.
La profesión de fe viene descrita por la nueva Ordenación General como “la respuesta que todo el Pueblo de Dios reunido da a la Palabra de Dios proclamada” y “traiga a la memoria y confiese los grandes misterios de la fe” (IGMR 67). Igualmente, las Intercesiones Generales son vistas como respuesta de los fieles a la Palabra de Dios, quienes “ejerciendo el oficio de su sacerdocio común de los fieles, ofrecen oraciones a Dios por la salvación de todos” (IGMR 69). A las anteriores descripciones se agrega la recomendación de que las intenciones sean sobrias, que sean redactadas libremente pero con prudencia, “expresando las necesidades de toda la comunidad” (IGMR 71).
Silencio
La sección de la Ordenación General respecto al silencio sacro ha sido ampliada, recomendando que “ya antes de la celebración misma, es muy laudable que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el secretarium, y en los lugares cercanos, para que todos puedan disponerse para celebrar devota y debidamente los ritos sagrados ” (IGMR 45). Insistiendo en que la Liturgia de la Palabra “debe ser celebrada de tal modo que lleve a promover la meditación” (IGMR 56) y previene en contra de “cualquier tipo de prisa que impida el recogimiento” y recomienda breves momentos de silencio a través de la Liturgia, especialmente después de las lecturas y de la homilía de modo que la Palabra de Dios pueda ser “con la ayuda del Espíritu Santo pueda ser acogida dentro del corazón” (IGMR 56).
Música
Siguiendo una introducción casi idéntica a la edición de 1975 que encarga y contextualiza la música sacra dentro de la Misa (IGMR 40), la nueva Ordenación General recuerda que las normas litúrgicas requieren el uso de la música los Domingos y los días de Fiesta de obligación, pero también ha de ser discretos en la ausencia total del canto en los días feriales (IGMR 40). Se incluye nuevamente un énfasis sobre el lugar privilegiado del canto Gregoriano como “modo propio de la Liturgia Romana”, aún cuando “otros géneros de la música sagrada, sobre todo la polifonía,de ningún modo se excluya, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica y fomenten la participación de todos los fieles” (IGMR 41).
También se expresa en la nueva Ordenación General una preferencia porque se cante la mayoría de las partes de la Misa manifestado esto en la introducción de la frase “sea tanto cantada como recitada” en la Profesión de Fe (IGMR 137), el Cordero de Dios (IGMR 155), Prefacio (IGMR 216), el Kyrie (IGMR 125) y el Gloria (IGMR 126). El sacerdote ha de estar también preparado para cantar aquella partes que le son propias en la Liturgia.
El Agnus Dei y otros cantos de la Misa no pueden ser sustituidos por otros cantos o himnos (IGMR 366). Finalmente y en un modo más específico se da una instrucción sobre el uso del órgano durante el Adviento (úsese con moderación) y en Cuaresma (permitido usarse solo para acompañar el canto) (IGMR 313).
Liturgia de la Eucaristía
Las secciones de la Ordenación General recomendando la recepción de la Sagrada Comunión consagrada en la misma Misa “tal y como se le exige al mismo sacerdote” por parte de los fieles (IGMR 85), sobre la recitación de la antífona de Comunión “sea por los fieles, o por un grupo de ellos o por un lector” (IGMR 87) y respecto al cuidado de que los cantores reciban apropiadamente la comunión (IGMR 86), han sido brevemente ampliadas.
Comunión bajo las Dos Especies
A la luz del crecimiento significativo que ha tenido la práctica de la recepción de la Eucaristía bajo las dos especies, la nueva Ordenación General ha reestructurado y extendido esta sección. Las ocasiones, además de las que se encuentran en los libros rituales, en que la Comunión bajo las dos especies puede ser permitida, incluyen ahora:
sacerdotes que no pueden celebrar o concelebrar;
diáconos y otros ministros que desempeñan alguna función en la Misa;
miembros de comunidades religiosas en su Misa conventual o lo que en algunos lugares se conoce como Misa “comunitaria”, a los seminaristas, a todos aquellos que se encuentran realizando ejercicios espirituales o participando en una Conferencia espiritual o pastoral (IGMR 283).
Además, el Obispo diocesano puede establecer normas para la Distribución de la Comunión Bajo las Dos Especies en su propia diócesis “que deberán observarse incluso en las iglesias de los religiosos y en las Misas de grupos pequeños” (IGMR 283). También se le otorga al Obispo diocesano una amplia autoridad para permitir la Comunión Bajo las Dos Especies “cada vez que al sacerdote a quien le está encomendada la comunidad como pastor propio le parezca oportuno, con tal de que los fieles estén bien instruidos y no haya ningún peligro de profanación del Sacramento, o se dificulte el rito, por el gran número de los participantes o por otra causa” (IGMR 283). Las normas establecidas por las Conferencias de los Obispos respecto al modo en que la Eucaristía es distribuida a los fieles, han de ser confirmadas por la Sede Apostólica (IGMR 283).
Objetos Sagrados
El presbiterio es definido como “el lugar en que se encuentra el altar, se proclama la Palabra de Dios, y donde el sacerdote, el diácono y otros ministros desempeñan su oficio” (IGMR 295).
El presbiterio es un lugar sagrado por la presencia del altar alrededor del cual toda la comunidad se reúne en adoración. Unicamente será correcto referirse al presbiterio como algo separado cuando se entienda que es separado por el altar y no por el pueblo. El presbiterio no es solamente un espacio definido en el cual el altar, el ambón y la sede son colocados en un modo simétrico. Es el lugar donde los misterios de nuestra salvación son reactualizados para la vida del Pueblo de Dios. El presbiterio es un lugar mistérico, un lugar de acción, un lugar de vida.
Vasos Sagrados
Los párrafos sobre los Vasos Sagrados (327-333) se volvieron a escribir con un mayor énfasis en el carácter de los vasos sagrados como “claramente distintos de los vasos destinados al uso cotidiano” (IGMR 332). Entre las cosas que se requieren para la celebración de la Misa merecen especial honor los vasos sagrados, entre éstos, el cáliz y la patena, en los que el pan y el vino se ofrecen, se consagran y se toman (IGMR 327); los sagrados vasos deben construirse de metal noble. Si están hechos de materiales que puedan oxidarse o de materiales menos nobles que el oro, generalmente deben llevar la parte interior dorada (IGMR 328); en las diócesis de los Estados Unidos de América, los vasos sagrados pueden hacerse también de otros materiales sólidos, que se consideren nobles según la estima común en cada región, por ejemplo, de ébano o de otras maderas más duras, con tal que sean adecuados para el uso sagrado. En este caso se deben preferir siemre los materiales que no se rompen ni se corrompen fácilmente. Esto vale para todos los vasos destinados para contener hostias, como la patena, el copón, la píxide, la custodia u ostensorio y otros semejantes (IGMR 329).
Incienso
Muchos parecen pensar que el incienso es algo de lo que se ha prescindido. Eso no es cierto. Quemar incienso es uno de los actos de culto más bellos y simbólicos. Es suficientemente claro y expresivo por sí mismo.
No debe subestimarse el efecto simbólico que une tanto la vista como el olfato y el efecto sublime del humo del incienso que sube. Por ello es que no es sorprendente que el incienso venga explicado de un modo más vasto en la nueva Orientación General, observando que “la incensación significa la reverencia y la oración, como viene expresado en la Sagrada Escritura (cf. Sal 140, 2; Ap 8, 3)” (IGMR 276). Luego de colocar el incienso en el incensario, el sacerdote lo bendice en silencio con el signo de la cruz (IGMR 277) y hace una reverencia profunda antes y después de incensar una persona u objeto (IGMR 277).
Bendición de los Objetos Sagrados
Se da un mayor énfasis en la nueva Ordenación General sobre el cuidado que ha de tenerse de todas las cosas destinadas al uso litúrgico, incluyendo todo aquello que se relaciona directamente con el altar (IGMR 350) y, los libros litúrgicos que deben ser “bellos y apropiados para aquel propósito en particular” (IGMR 349). Lo mismo el Tabernáculo (IGMR 314), el órgano (IGMR 313), el ambón (IGMR 309), la sede (IGMR 310), vestiduras para los sacerdotes, diáconos y ministros laicos (IGMR 335), Vasos Sagrados (IGMR 333) y todas las cosas destinadas para el uso litúrgico han de recibir la bendición propia de cada una.
Todo el Pueblo de Dios desea que todo aquello que es verdadero y bello pueda encontrar un lugar importante en el culto litúrgico por lo que aún perdura la necesidad de aquello que algunas veces se ha descrito en modo poético como “el esplendor del culto”. Aún queda lugar en el culto para evocar en los individuos el sentido del asombro que es uno de los primeros pasos en el camino hacia la oración contemplativa, oración alimentada por la Liturgia.
Sería de muy poca visión mirar en la Ordenación General del Misal Romano algo tan solo de meras exterioridades. Una mera corrección formal carece de valor si no es acompañada por una disposición interna. Sin embargo cabe destacar que es bien difícil encontrar que donde las cosas externas se descuidan las disposiciones interiores sean bien cultivadas. La disciplina externa es el apoyo y salvaguarda de las disposiciones interiores.
En los primeros días de la implementación de la renovación litúrgica el Papa Pablo VI dirigió la atención sobre la necesidad de “lograr simultáneamente dos acciones espirituales: una participación personal, genuina, en el rito con todas las implicaciones esenciales de la religión y la comunión con la asamblea de los fieles, con la Ecclesia. La primera de estas acciones es motivada por el amor a Dios; la segunda por el amor al prójimo. Entonces, el Evangelio del Amor se convierte en una realidad en las almas de nuestra era. Ahí radica verdaderamente algo bello, nuevo, grande, lleno de luz y esperanza” (Discurso, 17 de Marzo de 1965)
La Ordenación General del Misal Romano en su edición revisada, forma parte de la meta actual de la renovación litúrgica en continuidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano II, las posteriores enseñanzas de la Iglesia y las directrices de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estados Unidos de América. Ésta contribuirá a la “edificación del Cuerpo de Cristo” y ayudará a cada uno a “llegar a la plena madurez, a la totalidad de la estatura de Cristo” en los umbrales del nuevo milenio.