MRS > Migration Policy and Public Affair Office > Unidad en la Diversidad Sugerencias para homilistas
r mención de "los más pequeños entre nosotros". La homilía brinda un momento oportuno para resaltar el mandato y tradición de la Iglesia de acudir y servir, y de invitar a los demás a participar en este llamado.
A continuación van sugerencias para preparar una homilía sobre "acoger al forastero entre nosotros".
"Porque fui... forastero y ustedes me recibieron en su casa". (Mt 25:35)
Los servicios de extensión social católica a migrantes y refugiados tienen un sólido fundamento en las Sagradas Escrituras. La Biblia retrata vivamente a Moisés y el pueblo judío huyendo de Egipto, y a la Sagrada Familia como refugiada. Los obstáculos a una acogida afectuosa (temor al forastero, prejuicio, competencia, sentido de pérdida) encuentran también contrapartida en las parábolas de Jesús y en su capacidad de romper con los tabúes y restricciones de sus contemporáneos, especialmente con respecto a cobradores de impuestos, pecadores, samaritanos y gentiles. (Para una lista de referencias bíblicas, véase Ideas para liturgistas y líderes de oración.)
Estas enseñanzas bíblicas nos llaman a una profunda compasión por el drama del migrante. Inspirada por este llamado de nuestra fe, la Iglesia ha desarrollado un rico cuerpo de enseñanzas y un acervo de preocupación por inmigrantes, migrantes y refugiados, particularmente en Estados Unidos, tierra de inmigrantes, lugar proclamado como refugio por los que huyen de la persecución y los que buscan una vida mejor. En Acogiendo al forastero entre nosotros: Unidad en la diversidad, los obispos nos hacen recordar que, como católicos, tenemos la obligación de mantener esta tradición de nuestra fe y acoger en la vida de la Iglesia a todos los hijos culturalmente diversos de Dios. (Véase en Citas y viñetas para boletines citas de Acogiendo al forastero entre nosotros: Unidad en la diversidad y otros documentos de la enseñanza social católica que pueden emplearse para la homilía.)
Resalte en su homilía hechos y estadísticas interesantes para cuestionar prejuicios e informar a la gente sobre los importantes cambios demográficos que se están produciendo en nuestro país. (Véase recuadro "¿Sabía Ud.?") Enseñe a la gente lo que el rico cuerpo de pensamiento social de la Iglesia dice sobre nuestra responsabilidad cristiana de "acoger al forastero entre nosotros". (Véase Guía para entender la enseñanza social católica sobre la inmigración y el movimiento de personas.)
¿Sabía Ud?
- Long Beach, California, es hogar de más camboyanos que Phnom Phen.
- Los Angeles figura sólo detrás de Ciudad de México y Guadalajara en el número de habitantes de origen mexicano.
- A veces Chicago ha tenido más personas de extracción polaca que Varsovia.
Fuente: Acogiendo al forastero entre nosotros: Unidad en la diversidad. Declaración de los Obispos Católicos de EEUU, p. 14.
- La mayoría de inmigrantes —un 75%— llegan legalmente a Estados Unidos.
- La mayor parte de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos no cruza la frontera ilegalmente. Cuatro de cada diez ingresaron legalmente con visas de estudiante, turista o de negocios, y se convirtieron en "ilegales" cuando se quedaron después que expiró su visa.
- Según estimados conservadores, las familias inmigrantes pagaron $113 mil millones en impuestos directos a los gobiernos federal, estaduales y locales en 1997. El o la inmigrante típicos y sus descendientes pagan un estimado de $80,000 más en impuestos de lo que recibirán durante su vida en beneficios locales, estaduales y federales.
Fuente: National Immigration Forum: www.immigrationforum.org/facts
Toda la liturgia debe transmitir el mensaje de acogida. Los ministros litúrgicos, recepcionistas, lectores, ministros eucarísticos y acólitos deben reflejar la composición étnica de la parroquia, poniéndose énfasis especial en los recién llegados. Los ministros musicales tienen el rol especial de ver que la música litúrgica hable en el lenguaje cultural de todos los grupos étnicos de la parroquia. Uno de los roles especiales del presbítero es reconocer la presencia y contribuciones de cada grupo a la celebración, y animar el espíritu de bienvenida entre los feligreses. Con el comité de liturgia, debe ser creativo en la organización de procesiones, tradiciones devocionales y oraciones de los fieles que incluyan a todos los grupos étnicos de la parroquia y pongan de relieve sus costumbres, tales como atuendos típicos y uso de campanas, incienso, flores, estandartes e instrumentos musicales. Aunque debe cuidarse la fiel observancia de todos los requisitos de la liturgia, ¡la oración devocional puede ser adaptada más flexiblemente aún para dar voz a la oración de muchos pueblos!
Puede aprovechar la oportunidad de una festividad litúrgica para promover los temas de "acoger al forastero" y "unidad en la diversidad". He aquí algunos ejemplos:
- En ciertos días de fiesta, puede ser apropiado plantear preguntas sobre leyes que niegan a los hijos de inmigrantes los derechos humanos de vivienda, educación y atención en salud.
- En un día como Acción de Gracias, se puede rezar por los trabajadores agrícolas para agradecer a Dios por los esfuerzos de éstos e informar a la congregación sobre las condiciones deshumanizantes en que a menudo se encuentran.
- En días festivos como Epifanía, Pentecostés o la fiesta patronal de la parroquia, pueden ponerse de relieve los dones de los recién llegados, la unidad de la diversa familia parroquial y la parroquia como comunidad acogedora.
- Las festividades que son días de devoción para grupos étnicos particulares de la parroquia pueden ser convertidos en ocasión para una celebración de toda la parroquia.
Las homilías siguientes pretenden ser motivo de inspiración para el homilista. Pueden adaptarse y utilizarse en días festivos y ocasiones especiales para promover los temas de "acoger al forastero" y "unidad en la diversidad".
- Durante el Ofertorio, haga que los feligreses, en sus atuendos tradicionales, traigan obsequios de pan horneado en casa para ofrecer al Niño Jesús.
- Invite a los feligreses a congregarse en el vestíbulo de la parroquia al final de la misa para compartir los panes.
- Empiece la homilía describiendo cómo el Ofertorio y la reunión posterior a la misa reflejan el significado de la fiesta de la Epifanía de hoy.
Regocijémonos en el hecho de que todos nosotros, de diferentes partes del mundo, compartimos una fe común en Dios, la Luz del Mundo. Este es el significado de la fiesta de la Epifanía de hoy, la fiesta de la manifestación de Jesús como Salvador del Mundo.
Las Sagradas Escrituras no nos dicen de dónde llegaron los Magos. Pero desde los principios del arte cristiano, estos Magos fueron descritos como tres hombres provenientes de Europa, Asia y África; y por medio de ellos, Jesús fue retratado como la "Luz de las Naciones". Aunque nació en un lugar particular, en una cultura particular, Jesús nació para salvar a todas las personas y conducirlas a la visión de la luz.
La Iglesia como sacramento de comunión con Dios y con todas las personas es lo que celebramos en esta fiesta de la Epifanía. Nuestra parroquia está compuesta por muchas personas de diferentes naciones y culturas. Sin embargo, lo que nos une es nuestra común fe en Jesús, la "Luz de las Naciones". En Jesús, nosotros, aunque diferentes, encontramos una unidad que es tan profunda como la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Al compartir la Eucaristía aquí en la iglesia, y posteriormente al compartir los panes de diferentes países, somos llamados a construir el espíritu de comunidad entre nosotros. Muchas veces venimos a la iglesia y nos sentamos en el mismo banco todos los Domingos, delante de las mismas personas, pero no hemos llegado a conocerlas por su nombre. Este domingo después de misa los animo a presentarse; en lo sucesivo, cada domingo preséntense a las personas a quienes ven en la misa. Nosotros compartimos una poderosa fe y estamos unidos en un misterio que puede ser una fuente de gran fortaleza y alegría para nosotros. Como comunidad, estamos destinados a ser para quienes nos rodean una señal de la presencia de un Cristo amoroso, una comunidad dispuesta a juntar a grupos dispares de nuestro barrio, una comunidad preocupada por los más débiles y marginados de entre nosotros.
Además de estar llamados como comunidad a servir, estamos llamados como individuos a llevar a otros la luz de Cristo. Nuestra fe en Cristo es el gran don que nos ha sido dado, un don recibido para compartirlo. Hoy en esta Eucaristía renovamos nuestro amor por Jesús y resolvemos llevar ese amor de Jesús a los demás. Esta fiesta de la Epifanía tiene un impulso misionero. La fiesta nos impele a invitar a quienes se han alejado de la luz de Jesús o que no han experimentado su luz en sus vidas. Los invitamos a nuestra parroquia, a un evento social con nuestra familia o a una liturgia que pueda atraerlos al amor de Dios y a la hospitalidad de nuestra comunidad. Esta dimensión misionera está destinada a ser parte de nuestras vidas como seguidores de Jesús. Jesús no tiene más manos que las nuestras.
La fiesta de la Epifanía pone de relieve nuestro rol en la Iglesia y nuestra tarea misionera. Esto fue resumido bellamente por la Madre Teresa:
De sangre y origen soy albanesa
Por ciudadanía soy de la India
Yo soy monja católica
En cuanto a mi vocación, pertenezco al mundo
En cuanto a mi corazón, pertenezco enteramente al corazón de Jesús.
- Empiece la homilía recordando algunos de sus propios y entrañables recuerdos de comidas familiares y las diversas celebraciones realizadas en el comedor de su familia: fiestas de graduación, celebraciones sacramentales y reuniones familiares.
- Reflexione sobre cómo algunos de nuestros mejores momentos familiares se centraban en torno a las comidas, cuando se contaban historias familiares, historias que nos ayudaban a entender quiénes éramos, para qué estábamos en el mundo y qué se esperaba de nosotros.
Nuestra reunión esta noche es una especie de reunión para una comida familiar. Los símbolos de esta noche nos recuerdan quiénes somos, qué espera Jesús de nosotros y cómo nos envía Jesús al mundo.
El primer símbolo es la mesa. Durante su vida Jesús compartió la mesa con muchas personas: con familiares y amigos; con una pareja de novios en su boda en Caná; con fariseos honrados; con pecadores, cobradores de impuestos y prostitutas. La mesa es, para él —como para la gente de la mayoría de culturas—, un lugar de reunión donde el compartir comida y bebida y conversar amigablemente puede derribar divisiones y hostilidades y ayudar a la gente a experimentar su humanidad común. Y así, esta noche nos reunimos como hermanos y hermanas de diferentes culturas en torno a una mesa común. La mesa es la misma que la mesa alrededor de la cual Jesús se reclinó por última vez con sus Apóstoles. En el Evangelio de S. Lucas, Jesús dice: "Yo tenía gran deseo de comer esta Pascua con ustedes". Es con la misma amorosa gracia que Jesús nos congrega en torno a la mesa esta noche: deseando iluminarnos con las Sagradas Escrituras y el sacramento que nos reúne con él y entre nosotros.
El segundo símbolo es el lavatorio de los pies. Jesucristo nos recuerda que el camino a la unidad pasa por el servicio. ¡Imagínense cómo se sintió Jesús lavando los pies de todos los Apóstoles, incluso de Judas! Sin embargo, no dudó en lavar los pies de Judas. Jesús se exigió para ir más allá de sus propios sentimientos sobre la traición de Judas y lavarle amorosamente los pies. Jesús estaba cumpliendo su propio mandamiento de amar incluso al enemigo. Esta acción de Jesús nos alienta a exigirnos para lavar a otros los pies, para idear formas en que como comunidad podamos ser de mayor ayuda a las personas que nos rodean. ¿Cómo nos está llamando el Señor como comunidad a exigirnos para servir a otros?
El tercer símbolo es el pan y el vino que se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta es la gran ofrenda de Cristo para ayudarnos a mantener vivo el esfuerzo por vivir como hermanos y hermanas, y de no permitir que se impongan nuestro egoísmo, nuestro sentido de superioridad étnica o nuestra tozudez. Jesús sabía por experiencia cuán difícil era para los Apóstoles vivir juntos como una familia. Dejados a nosotros mismos, fácilmente podemos terminar en disputas y divisiones. Necesitamos el poder del Señor en la Eucaristía para ayudarnos a trabajar hacia la meta de la unidad. Así como el pan se hace de muchos granos de trigo molidos y convertidos en una pieza de pan, y así como el vino se hace de muchas uvas prensadas y convertidas en vino, así nosotros, mediante el poder de Cristo, nos convertimos en un solo cuerpo participando del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
En su carta, S. Pablo nos recuerda que los miembros de la familia parroquial conforman el Cuerpo de Cristo. Aunque somos muy diversos, y provenimos de muchas y diferentes culturas, estamos reunidos en una profunda unidad mediante el poder del Cristo Resucitado. Y nuestra unidad se ve más profundamente realizada particularmente en la Eucaristía que compartimos esta noche.
Esta noche volvemos a la "pieza del segundo piso" y dejamos que los recuerdos nos inunden. De manera muy natural, mediante el relato y el canto, mediante la interconexión de los miembros de la familia, aprendemos nuevamente que somos el Cuerpo de Cristo, revitalizados por alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Somos renovados en nuestro servicio al Señor y al mundo. Oramos para cumplir con las expectativas que pone Cristo en nosotros.
- Haga referencia a un símbolo (o práctica) de dimensión universal (por ejemplo, hospitalidad, bondad) y muestre cómo puede unir a la gente sin importar el idioma.
- Explique cómo se producen milagros cuando dejamos de juzgar a los demás, nos acercamos y nos escuchamos mutuamente (por ejemplo, cuando las personas que pasaban dejaron de pensar que los Apóstoles estaban ebrios y se acercaron más, escucharon efectivamente que los Apóstoles proclamaban el mensaje de Cristo en sus propios idiomas).
- Recuerde a la congregación cómo, cuando incluimos a otros en nuestro círculo o entramos en los suyos, muchas veces, para nuestro asombro, encontramos similitudes.
- Pida a la congregación que considere maneras de promover la inclusividad dentro de la comunidad eclesiástica y hacer realidad el Pentecostés cada día.
- Exhorte a los fieles congregados en la misa a decir el "Padre Nuestro" en sus respectivas lenguas maternas.
El Pentecostés era una importante fiesta anual en el calendario judío, celebrada cincuenta días después de la Pascua, principalmente como festival de cosecha y también para conmemorar la entrega de la Ley de Dios a Moisés. La fiesta juntaba en Jerusalén a judíos de dentro y fuera de Palestina, y a pueblos de diferentes idiomas. En Pentecostés, Jerusalén era una ciudad multilingüe. La mención que hacen las Escrituras de las diferentes naciones indica que todos los pueblos bajo el cielo (conocidos en la época) estaban representados en Jerusalén. Es significativo que este festival fuera elegido por Dios para manifestar la efusión del Espíritu y la proclamación del Evangelio.
Los Apóstoles, que eran todos galileos, fueron facultados por el Espíritu para proclamar la Buena Nueva en diferentes idiomas. Los reunidos pensaban que los Apóstoles estaban ebrios (He 2:13). Pero al acercarse a los Apóstoles, quedaron pasmados al escuchar la Buena Nueva proclamada en su propio idioma. Así, desde el principio mismo, la Iglesia es "católica", que quiere decir "universal".
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