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Vivimos para Esa Noche

 

Por Rogelio Zelada

"Pasado el sábado, al salir la estrella del primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a visitar el sepulcro" (Mt 28,1). Como fieles observantes de la Ley, las mujeres han guardado el descanso del sábado. Sólo han esperado poder ver el resplandor de la primera estrella que inaugura el comienzo del día primero. En medio de la oscuridad de la noche, las mujeres avanzan hacia el sepulcro de Cristo, sin sospechar siquiera que toda la historia de la humanidad ha dado un vuelco y que, sin entenderlo todavía, están asistiendo al primer día de la nueva creación.

San Mateo afirma que el marco de la noche sirve de telón teológico para acentuar el significado del acontecimiento. Es la noche el immenso telón que cubre los abismos primordiales, mientras el espíritu de Dios estremece los mares del caos primitivo; la cortina que se descorre ante la voz poderosa del Verbo, que hace surgir la luz y crea así el tiempo, el Cronos del acontecer creatural. Fue en medio de la noche cuando el Señor Dios sacó a Abram fuera de la tienda y lo retó a medir el resplandor del firmamento, y a sacar cuentas de que llegaría a tener tantos descendientes como estrellas reventaban de luz en las Alturas. Es en esa misma oscuridad donde la antorcha divina atraviesa los animales sacrificados por el patriarca, como una firma de fuego que sella la gran alianza y marca los límites de la tierra de la promesa: "desde el torrente de Egipto, al sur, hasta el gran río Eufrates, al norte" (Ex 15, 18). La noche lleva consigo el recuerdo de la huida de la opresión de Egipto y el nacimiento de Israel. Como entonces el Señor veló toda la noche para sacarlos hacia la libertad, la Pascua será para siempre la noche única que, "año tras año, perpetuamente", hay que recordar permaneciendo en vela y oración (Ex 12, 42).

La Pascua hebrea fue siempre una celebración nocturna, evocación y presencia constante del antiquísimo rito de los pastores nómadas del Mediterráneo, padres en la fe del pueblo hebreo, que celebraban su cultura semita compartiendo junto al fuego la cena ritual del cordero que había sido sacrificado, "al anochecer", como signo de la alianza con el Señor Dios de los padres: la gran fiesta nómada del plenilunio del equinoccio de primavera. Israel hará de este viejo gesto litúrgico el memorial de la alianza y el recuerdo de la extraordinaria intervención del Señor en su historia, celebrándolo de noche "año tras año" y "para siempre" (Ex 12, 14).

Pablo reprende a los hermanos de la comunidad de Corinto y les recuerda el gesto de la entrega sacrificial del Señor. Así los invita a examinar su conciencia, para no pecar "contra el cuerpo y la sangre de Cristo".

Al relatar la tradición recibida, el apóstol de los gentiles enumera las acciones que el Señor realizó "la noche en que fue entregado", y hace notar no sólo el dato cronológico, sino sobre todo el trascendente significado de aquella última cena. En los Hechos de los Apóstoles se nos recuerda que fue en Troade donde el ágape y el discurso de Pablo se prolongaron tanto, que el pan de la Eucaristía tuvo que partirse a la medianoche, en aquella sala del tercer piso, repleta de hermanos y cargada de luces, desde donde se cayó Eutico, rompiéndose la cabeza.

La noche es el tiempo incierto que se abre a lo inesperado; es también el anuncio de la alborada y del día que hay que realizar como promesa. La ausencia de luz nos paraliza y no nos deja avanzar; nos vuelve indefensos y dependientemente débiles, porque nos prueba en nuestra condición interior y desafía nuestra seguridad, cuando nos llena de temores y presagios. ¿No es acaso la oscuridad de la noche un sinónimo del sueño de la muerte?

Sin embargo, todos vivimos para esa noche, no la noche de la muerte, sino la de la vida, la que Cristo ha iluminado con el nuevo fuego y la nueva luz de su Victoria, que es la nuestra. Ya Pablo lo había meditado y proclamado: "Si sólo para esta vida esperamos en Cristo, somos los más infelices de todos los hombres" (1 Cor 15,19), y lo reafirma escribiéndolo de su puño y letra: "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe".

Vivimos para esa noche en que la Iglesia enciende el fuego nuevo, recuerdo del instante primero de la creación, cuando la luz quebró las tinieblas y dió inicio a la fiesta gloriosa de la vida. El fuego de Cristo que hará arder la tierra bautizándola con el Espíritu Santo, la luz verdadera que las tinieblas no podrán vencer jamás, y que es promesa de bendición y paz para todos los pueblos de la tierra.

La solemne Vigilia Pascual comienza con un lucernario, un festejo de candelas encendidas que desde el Cirio Pascual va iluminando a toda la comunidad, al grito jubiloso del diácono: "Cristo, Luz del mundo".

El cirio bendito se convierte en signo privilegiado de la fiesta, y en personificación del gozo de la Resurrección del Señor; por eso la Iglesia lo entroniza con toda solemnidad y lo anuncia con el viejísimo Pregón Pascual, el Exultet, el himno con el que desde el siglo V viene cantando su presencia en medio de la asamblea.

Es el fuego que arde y se consume "en llama viva para la gloria de Dios" y "para destruir la oscuridad de esta noche", que debe arder "sin apagarse" para que "el lucero matinal lo encuentre ardiendo"; es el verdadero Lucero "que no conoce ocaso", y que "vive y reina por los siglos de los siglos".

La Pascua es la gran liturgia de la Iglesia, que celebra sacramentalmente el sentido de toda la existencia humana iluminada por la fe en la resurrección de Cristo. Esa noche significa todas y cada una de las noches en que somos invitados a sumergirnos una y otra vez en el misterio de la muerte y resurrección del Señor. ¿No es precisamente eso el bautismo que renovamos esa noche?

El bautismo es ante todo una realidad que vivimos día a día. El bautismo es mucho más que un rito, porque es sobre todo sacramento, el vivir comportándonos según la imagen de Cristo que estamos llamados a reflejar y realizar en la vida. Los ejercicios cuaresmales han sido orientados hacia esto: a renovar en nosotros nuestra inmersión en el misterio de la entrega de Cristo. Hemos sido bautizados –sumergidos– en su sangre, es decir, en su entrega, para dejarnos inundar, transformar, por esa condición típica de Cristo: el anonadamiento ––el hacerse nada dándolo todo–– hasta las últimas consecuencias.

La Vigilia Pascual nos invita a tomar en serio esta saturación en nosotros de la vida y el ser de Cristo, repletándonos de Él hasta el punto de que sus criterios, pensamientos y valores, sean los nuestros. Tal como lo entendiera con tanta claridad San Pablo, "es Cristo quien vive en mí".

El misterio de "la noche santa de la resurrección del Señor" es la meta última de toda la Iglesia. Eso lo entendió con plena claridad Carlos Manuel Rodríguez, hijo de Puerto Rico y primer beato del Caribe. Carlos Manuel fue un laico que amó la liturgia con precisa y legítima pasión, y supo encauzar su vida por los caminos de la oración solemne y pública de la Iglesia. Su frase favorita –"vivimos para esa noche"– es un precioso resumen del sentido de la vida Cristiana.

Toda la Iglesia está orientada hacia esa noche convertida en luz de fiesta, en anticipo y certeza de nuestro destino restaurado. Sólo si vivimos para esa noche podremos caminar y atravesar la oscuridad de nuestras noches; sólo hay que dejarse guiar por ese fuego siempre nuevo, y por el sereno resplandor de la esperanza.



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