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Ordinario de la Misa

 

La Eucaristía siempre ha sido la expresión más clara de nuestra identidad como comunidad de fe.

Entrada y ritos iniciales: muchas partes se unen en un solo cuerpo

Nuestra celebración dominical de la Eucaristía comienza cuando se reúne la comunidad. Venimos de muchos lugares y estilos de vida diferentes. Somos de distintas edades, trabajos, medios de vida. Con todas nuestras diferencias, nos reunimos en la Eucaristía como una sola familia, un pueblo que ha puesto su esperanza en Dios y en la salvación que nos ofrece Jesucristo.

La Misa puede comenzar de varias maneras. A veces, después del canto de entrada, unimos nuestras voces para decir: "Yo confieso a Dios que soy pecador". Eso es parte de lo que nos une. No estamos todos en la Iglesia porque seamos tan buenos, sino porque necesitamos la ayuda de Dios para ser mejores. Normalmente nos unimos en oración o cantando: "Señor, ten piedad". A veces al principio de la Misa recordamos nuestro bautismo. Al recibir la seguridad de ser perdonados, exclamamos con alegría: "Gloria a Dios".

Liturgia de la Palabra

Cada domingo escuchamos las lecturas. La primera casi siempre está tomada del Antiguo Testamento—la sección de nuestra Biblia que se escribió antes del tiempo de Jesús. A menudo las lecturas serán las palabras de los profetas, o nos contarán la historia de nuestros antepasados judíos y su descubrimiento del amor y de la ley de Dios.

La segunda lectura se toma del Nuevo Testamento. Normalmente, la segunda lectura viene de una de las cartas de san Pablo o de los otros apóstoles. Estas cartas son instrucciones que estos primeros líderes de la Iglesia dirigieron a la comunidad de creyentes, animándoles a vivir su fe y a comportarse de acuerdo a su llamada cristiana.

La tercera lectura que escuchamos es uno de los cuatro evangelios. Los Evangelios nos cuentan la historia de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Las lecturas están tomadas del Leccionario, que ha dividido casi toda la Biblia en las breves lecturas que escuchamos en la misa. Cada año se lee uno de los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Si usted va a Misa todos los domingos de un año, puede escuchar casi todo el evangelio. El Evangelio de Juan se usa en momentos especiales, como en Pascua. Además, como el Evangelio de Marcos es corto, no llena todos los domingos del año. Por tanto, parte del año se dedica a este evangelio.

Después de escuchar las lecturas, escuchamos la homilía o sermón, que no es sólo para explicar las lecturas, sino para decir lo que significan para nosotros hoy. ¿A qué me llama mi fe en esta semana? ¿Qué me llama a cambiar en el modo en que me relaciono con mi familia, mi trabajo, mi comunidad? ¿Qué diferencia marca mi fe en mi vida y la vida de mi comunidad?

Ofertorio: Dando recibimos

El Ofertorio es una parte importante de nuestra celebración dominical. San Pablo lo menciona a los miembros de la Iglesia primitiva. Por ejemplo, en 1 Cor 16, 1-4, dice que "el primer día de la semana, todos apartar lo que han podido ahorrar" y habla de una ceremonia de entregar la colecta a los líderes de la Iglesia en Jerusalén.

Dios nos ha dado tantos dones que este es el momento de devolverle algo a Dios. En el momento de la colecta, cada uno de nosotros da lo que puede. Como miembros de la familia de Dios, reconocemos que la Iglesia es nuestro hogar. Los ministerios de la Iglesia son nuestros propios ministerios y tenemos que hacer nuestra parte para apoyar el trabajo de la Iglesia.

En algunas tradiciones cristianas, cada miembro entrega un 10% de sus ingresos. Muchas iglesias católicas recomiendan que cada persona entregue por lo menos la cantidad que se le paga por una hora de trabajo. Cualquiera que sea la cantidad, lo que importa es que pensemos en esto por adelantado y vengamos preparados para ofrecer nuestro donativo.

En el Ofertorio también presentamos los dones de pan y vino ante el altar. De nuevo, esto es un recordatorio de que todo lo que tenemos es un don de Dios. Presentamos algo de ello a Dios como nuestro don. Y Dios a su vez nos entregará el don más grande—ese pan y vino se nos devolverá convertido en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

Todo el ritual del Ofertorio habla de algo básico para nuestra fe. Estamos llamados a ser gente agradecida y generosa. Debemos dar gracias constantemente a Dios por todo y el mejor modo de demostrar nuestra gratitud es ser como Dios, ser como Jesús y ser generosos con lo que hemos recibido. Se nos enseña que cuanto más damos, más recibimos.

La Plegaria Eucarística: Oración del Pueblo de Dios

En esta oración recordamos que Jesús vivió, murió y resucitó de entre los muertos para que nosotros tuviéramos vida. Al recordar la promesa de Jesús en la Última Cena, el pan y el vino que ofrecimos anteriormente se transforman en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Luego oramos por toda la iglesia, por el Papa y los obispos y por todos nosotros. Oramos por los que han muerto y para que nuestro mundo sea un lugar más justo y más en paz. Terminamos recordando que toda la gloria y el honor le pertenecen a Dios, a quien hemos conocido en Jesucristo.

En la sección en que trata del momento de la consagración de la Misa, el Catecismo Católico para adultos de los Estados Unidos (cap. 17) nos recuerda que en este momento es importante reconocer que el sacerdote está hablando con el Padre, en nombre de Cristo, que es quien presenta la ofrenda de sí mismo al Padre. El sacerdote presenta también el sacrificio de la Iglesia. El sacerdote une la consagración eucarística al sacrificio en la Cruz y a la Última Cena, haciendo posible que el sacrificio de Cristo se convierta en el sacrificio de todos los miembros de la Iglesia. El pan consagrado se convierte en el Cuerpo de Cristo. El vino consagrado se convierte en la Sangre de Cristo. Jesucristo está presente sustancialmente de un modo completamente único. Esto ocurre por el poder del Espíritu Santo a través del ministerio del sacerdote que actúa en persona de Cristo durante la Oración Eucarística. Es Cristo mismo quien nos transforma en sí mismo. Por eso, nuestra participación, apertura y receptividad, son esenciales. La entrega personal en cada Misa es el mejor modo de ser transformados en Cristo.

Comunión: Somos lo que comemos

Cuando recibimos la comunión, vivimos el mismo significado de la Eucaristía. Todos nosotros compartimos la comida especial que Dios ha preparado para nosotros. San Agustín solía decir a quienes recibían la Comunión por primera vez: "Recibe lo que eres y conviértete en lo que recibes". Esto es, recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo y somos el Cuerpo de Cristo. Al recibir la vida de Jesucristo en la Eucaristía somos fortalecidos para obrar como Él en el mundo. Cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Misa, nos comprometemos a ser más como Cristo y nos comprometemos a la comunidad de fe con quienes compartimos esa gran comida.

Envío: lo que has recibido como don, entrégalo como don

Después de que recibimos la bendición, el sacerdote o diácono dice: La Misa ha terminado, vayan en paz. Somos enviados de regreso al mundo. Somos enviados de vuelta a nuestros hogares, a nuestros barrios, a nuestros trabajos. El Dios que nos convocó desde muchos lugares ahora nos envía de regreso a compartir lo que hemos recibido.

Nuestra fe no es algo que vivamos solamente una hora en el domingo. En la Eucaristía somos transformados para ir a transformar nuestro mundo.

La Eucaristía paso a paso (EMC523), © 2007 Claretian Publications.
Este artículo está reimpreso de la serie bilingüe El Momento Católico con permiso del Centro de Recursos para el Ministerio Hispano. Si desea copias a todo color de estos u otros títulos de El Momento Católico a precios asequibles y descuentos por grandes cantidades, puede visitar este sitio web. El Momento Católico y el Centro de Recursos para el Ministerio Hispano son ministerios de los Claretianos.

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