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Teología de la Liturgia de las Horas

 

Del Newsletter del Comité para el Culto Divino (diciembre de 2017)

En su ministerio público, Cristo "se ha dignado ofrecernos ejemplos de su propia oración… su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar, levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la madrugada (Principios y Normas Generales de la Liturgia de las Horas [PNGLH], n. 4). El ministerio de Jesús de curación, enseñanza y proclamación de la Buena Noticia del reino de Dios se sostenía con su vida de oración, que practicaba en todo momento y circunstancia. "Lo que Jesús puso por obra nos lo mandó también hacer a nosotros… [nos] advirtió que la oración es necesaria, y que debe ser humilde, atenta, perseverante y confiada en la bondad del Padre, pura de intención y concorde con lo que Dios es" (n. 5). Las primeras comunidades cristianas vivían el ejemplo de Cristo de una vida de oración y empezaban a moldear sus vidas en torno a la oración común en momentos concretos durante el día (cfr. n. 1). Estos momentos de "oraciones realizadas en común poco a poco se iban configurado como un conjunto definido de Horas. Esta Liturgia de las Horas u Oficio divino, enriquecida también con lecturas, es principalmente oración de alabanza y de súplica, y, ciertamente, oración que la Iglesia realiza con Cristo y dirige a él" (n. 2).

Hoy día, la Liturgia de las Horas sigue la oración de Cristo, y tiene como propósito "la santificación del día y de todo el esfuerzo humano" (n. 11). Estos temas teológicos, la santificación del tiempo y de la humanidad son fundacionales para la comprensión general de la oración. En su sentido más básico, la oración es la forma de comunicación entre Dios y la humanidad. A través de la oración "[l]a santificación humana y el culto de Dios se dan en la Liturgia de las Horas de forma tal que se establece aquella especie de correspondencia o diálogo entre Dios y los hombres" (n. 14). La Liturgia de las Horas proporciona momentos concretos a través del día para entrar en la alabanza y de Cristo y la petición a Padre en el Espíritu, unidos a su Cuerpo, toda la iglesia en oración. De hecho, "orar siempre e insistentemente… pertenecen a la esencia íntima de la Iglesia, la cual, al ser una comunidad, debe manifestar su propia naturaleza comunitaria incluso curando ora" (n. 9). Cuando los fieles de Dios "son convocados y se reúnen para la Liturgia de las Horas, uniendo sus corazones y sus voces, visibilizan a la Iglesia, que celebra el misterio de Cristo" (n. 22). Los PNGLH recuerdan al laicado en particular que "se den cuenta de que el culto público y la oración que celebrant atañe a todos los hombres y puede contribuir en considerable medida a la salvación del mundo entero" (n. 27). La oración de la Liturgia de las Horas abarca las necesidades de toda la comunidad de fe.

La estructura de la Liturgia de las Horas expresa estos temas teológicos de vida en Cristo y la santificación del tiempo y la humanidad. Está dirigida a fomentar la vida de oración de los fieles cristianos y de toda la Iglesia al acercarlos más a Dios. Después del Concilio Vaticano II, "se ha llevado a cabo su reforma procurando que en lo possible las Horas respondan de verdad al momento del día, y teniendo en cuenta al mismo tiempo las condiciones de la vida actual" (n. 11). Al hacer esto, las dos horas mayores de Laudes (Oración de la Mañana) y Vísperas (Oración de la Tarde) actúan como puntos eje del día, ya que comienzan y terminan las actividades del día (cfr. n. 37). La Oración de la Mañana "trae… el recuerdo de la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres (cf. Jn 1, 9)" (n. 38) y la Oración de la Tarde se celebra "en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizer con acierto" (n. 39). Se escogen salmos y oraciones para esas horas que reflejen estos temas (cfr. n. 126). Esta santificación del tiempo y de la actividad humana también se demuestra en las horas adicionales que se oran durante el día. Las horas del día de media mañana, mediodía y media tarde, así como la Oración de la Noche también ofrecen breves momentos de oración para hacer durante el trabajo en el curso del día (cfr. n. 74). Así la Iglesia ofrece la oportunidad de orar cada pocas horas, para que todas las partes del día y la vida puedan presentarse a Dios.

Los salmos que se usan en la Liturgia de las Horas son parte de una larga historia de oración, en ambas tradiciones, judía y cristiana. El uso de los salmos de Jesús es su propia oración pública y privada dan testimonio de su poder. "[S]u origen tienen la virtud de elevar hacia Dios la mente de los hombres, excitan en ellos sentimientos santos y piadosos, los ayudan de un modo admirable a dar gracias en los momentos de alegría y les proporcionan Consuelo y firmeza de espíritu en la adversidad" (n. 100). Aunque estas emociones no se experimentan en cada momento, la consciencia de ellas y su contexto dentro de la iglesia y en Cristo, capacita a la Liturgia de las Horas para ser relevante a todas las culturas y responder a las necesidades de la humanidad. En la Liturgia de las Horas "los salmos están distribuidos a lo largo de un ciclo de cuatro semanas, de tal forma que quedan omitidos unos pocos salmos, mientras que otros, insignes por la tradición, se repiten con mayor frecuencia, y se reservan a las Laudes de la mañana, a las Vísperas y a las Completas salmos adecuados a las respectivas Horas" (n. 126). Todos "[q]uien recita los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre propio como en nombre de todo el cuerpo de Cristo… Pero en el Oficio divino se recorre toda la cadena de los salmos, no a título privado, sino en nombre de la Iglesia, incluso cuando alguien hubiera de recitar las Horas individualmente" (n. 108). Finalmente, orar los salmos es un encuentro con Dios "que inspiró al salmista y sigue asistiendo también a todo el que con piedad esté dispuesto a recibir su gracia" (n. 104).

Además de orar los salmos "[l]a lectura de la sagrada Escritura, que conforme a una antigua tradición se hace públicamente en la liturgia, no solo en la celebración eucarística, sino también en el Oficio divino, ha de ser tenida en máxima estima por todos los cristianos" (n. 140). Las lecturas son escogidas "en orden al misterio que la Esposa de Cristo 'desarrolla en el transcurso del año, desde la encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectación de la dicha que esperamos: la venida del Señor'" (n. 140, citando Sacrosanctum Concilium, n. 102). La lectura de la Escritura está íntimamente ligada a la oración, ya que, "en la celebración litúrgica… siempre va acompañada de la oración, de modo que la lectura produce frutos más plenos, y a su vez la oración, sobre todo la de los salmos, es entendida, por medio de las lecturas, de un modo más profundo y la piedad se vuelve más intense" (n. 140). Finalmente, orar las palabras del Verbo Encarnado alimenta nuestro crecimiento en santidad. "Los que participan en la Liturgia de las Horas pueden hallar una fuente abundantísima de santificación en la palabra de Dios, que tiene aquí principal importancia. En efecto, tanto las lecturas como los salmos que se cantan en presencia del Señor están tomados de la sagrada Escritura, y las demás preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu" (n. 14).

"[L]a dignidad de la oración cristiana, al participar ésta de la misma piedad para con el Padre y de la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena, y que es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación" (n. 7). Participar en la oración y amor de Cristo es una expresión de "[u]na especial y estrechísima union… entre Cristo y aquellos hombres a los que él ha hecho miembros de su cuerpo, la Iglesia, mediante el sacramento del bautismo" (n. 7). Se ofrece en y a través del Espíritu Santo, porque "[n]o puede darse, pues, oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo, el cual, realizando la unidad de la Iglesia, nos lleva al Padre por medio del Hijo" (n. 8). La oración no es simplemente una oración a seguir; es un modo de vida en Cristo (cfr. nn. 7 y 9), uniendo sus voces a la suya que "vive para siempre y ruega por nosotros" (n. 4).



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