| LA ESQUINA DEL DIRECTOR EJECUTIVO |
IDIOMA Y DIVERSIDAD: UN PUNTO DE VISTA PASTORAL
Algo que está causando cierta tensión en diócesis y parroquias en todo el país es la cuestión del idioma. Claro que para la Iglesia Católica en Estados Unidos esto no es nada nuevo. Ya que hoy en día la mayoría de los inmigrantes—documentados e indocumentados—que ingresan a Estados Unidos son católicos romanos, es lógico que nuestra Iglesia tenga una necesidad continua de llegar a esas personas y servirlas en otros idiomas aparte del inglés. De vez en cuando me he encontrado con buenos católicos quienes se angustian porque la parroquia ofrece servicios en español, vietnamita, coreano y muchos otros idiomas. Mi generación de los baby boomers, o sea, los nacidos por los años cuarenta y tantos y las generaciones anteriores hemos crecido con la idea del melting pot o del crisol, la idea que el idioma y las diferencias culturales se resolverían por sí solas si las personas aprendiesen inglés lo más antes posible y se amoldasen a la “cultura americana” de “la mayoría”. Con esta forma de pensar, la Iglesia fue realmente uno de los instrumentos principales para el proceso de asimilación. La Iglesia sirvió para americanizar a los inmigrantes. Entonces, si a ellos se les servía en su propio idioma eso era percibido como un perjuicio, como un impedimento para el papel de asimilación cultural que jugaba la Iglesia.
Esta forma de pensar es problemática desde varios puntos de vista. Claro está que el sentido común nos dice que aprender inglés es algo valioso. Por muchas razones debemos animar a los inmigrantes a que aprendan inglés y muchos de ellos estarán de acuerdo con eso. Sin embargo, para la Iglesia hay también otras consideraciones. Una de ellas es que la misión de la Iglesia no es inculcar los valores de una cultura en particular y, mucho menos, enseñar idiomas. Más bien, la Iglesia existe para proclamar el Evangelio de Jesucristo a todas y cada una de las culturas, incluyendo a nuestra cultura americana. Prácticamente, lo que esto significa es que en nuestras prédicas y enseñanzas, ya sea como obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, teólogos, etc., nosotros debemos aprender a discernir entre lo que proviene de nuestra cultura americana posmoderna y lo que proviene del Evangelio. Por lo general, eso no es fácil; eso no surge en forma natural pero, eso sí, se encuentra en el corazón de la misión evangelizadora de la Iglesia. Aunque es encomiable que se anime a las personas a aprender inglés y, lo que es más importante aún, que se les ayude a encontrar los medios para hacerlo, algunas veces puede malinterpretarse como un aliciente para que se adapten a la cultura predominante. Esto puede ser contraproducente si, por ejemplo, adaptarse a las costumbres americanas significa convertirse en una persona individualista, materialista o que haga de la igualdad un valor que aplasta algún aspecto moral, por ejemplo, que acepte la idea que la prohibición del aborto va contra “el derecho de la mujer a decidir”.
Efectivamente, siempre hay valores importantes en la cultura de origen de nuestros inmigrantes así como también los hay en la cultura americana predominante. La historia nos muestra que a cualquier grupo inmigrante le toma por lo menos una generación para sentirse cómodo en el idioma inglés. La mayoría de los inmigrantes no tienen el lujo de haber estudiado un idioma extranjero. Ellos trabajan largas horas en labores agotadoras. Son sus hijos quienes empiezan a dominar relativamente rápido el inglés. Desde mucho tiempo atrás, la Iglesia tiene una postura respecto al uso de idiomas en el ministerio. Ya en el Siglo XIII, el Concilio Cuarto de Letrán decretó que los pastores locales tenían que buscar ministros que hablasen el idioma de las tribus que venían del Oriente a Europa central. El principio es que la lengua materna es el idioma de preferencia para comunicar y enseñar a los pueblos la realidad de Dios. Es por eso que el Plan de formación sacerdotal de los obispos recomienda enfáticamente que los seminaristas aprendan otros idiomas, especialmente el español. Muchos obispos diocesanos han pedido que los sacerdotes recién ordenados tengan la suficiente fluidez en español para que puedan celebrar la Misa, dar una homilía sencilla y escuchar confesiones en ese idioma. En lugares como California, tenemos el creciente fenómeno de sacerdotes vietnamitas y coreanos que aprenden español a fin de servir en donde ellos perciben más necesidad.
Si, para la Iglesia, esto es básicamente un asunto pastoral. Desafortunadamente, se mezcla con controversias políticas y hasta con un nacionalismo nocivo que se alimenta del temor y es avivado por personajes influyentes en los medios de comunicación. Por décadas, los obispos han mantenido un rumbo firme. Ellos han insistido en la necesidad pastoral de cumplir con la misión de la Iglesia en todos los idiomas que sean necesarios.
Hoy el español tiene un papel singular dentro de la Iglesia Católica en Estados Unidos. Los obispos, con la aprobación de la Santa Sede, han declarado el español como un idioma oficial para la liturgia en Estados Unidos. Es por eso que, por ejemplo, un comité especial de obispos está trabajando en una traducción apropiada del Misal Romano en español para que sea utilizado en Estados Unidos. En la actualidad se utilizan misales de otros países de habla hispana. Debido a la magnitud del uso del idioma español en nuestro país—que tiene el quinto grupo más grande de personas que hablan español en el mundo—existe una necesidad práctica para que los obispos tengan sus propios textos, protegidos por derechos de autor, para el uso local en vez de estar prestándose textos de México, Colombia o España.
Fr. Allan Figueroa Deck, SJ, STD, Ph.D.
Director Ejecutivo