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Ideas de citas de "Un lugar en la mesa" para el boletín

Como católicos, debemos congregarnos con la convicción común de que ya no podemos tolerar el escándalo moral de la pobreza en nuestro país y tanta hambre y privación en nuestro mundo. (págs. 1-2).

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"¿Qué hicieron por estos los más pequeños?" Jesús se identificó él mismo con los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los encarcelados y los forasteros, insistiendo en que cuando los servimos lo servimos a él. (Mt 25:40) (pág. 3).

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Tiene que ver con las virtudes que practicamos en nuestra propia vida y con los valores que promovemos en la vida pública. Se trata de ver si hay un lugar en la mesa para todos en nuestras comunidades, nuestra nación y nuestro mundo. (pág. 5).

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En Estados Unidos, 34 millones de personas viven por debajo de la línea oficial de la pobreza… Si todas estas personas vivieran en un solo estado, su población sería mayor que las poblaciones actuales combinadas de Colorado, Utah, Wyoming, Nevada, Nuevo México, Oklahoma, Nebraska, Dakota del Sur, Dakota del Norte, Idaho, Iowa y Arizona. (pág. 6).

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El principio de la solidaridad nos recuerda que, como miembros de una sola familia humana, veamos al "otro" como nuestro prójimo, con quien debemos ser partícipes del "banquete de la vida al que todos son igualmente invitados por Dios." (pág. 13).

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La solidaridad nos llama a velar por nuestros semejantes necesitados que están cerca y por los que están lejos, y ver a todos los que sufren como hermanas y hermanos. (pág. 13).

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El trabajo no debe dejar pobre a la gente, sino que debe proporcionar un salario suficiente para alcanzar un nivel de vida acorde con la dignidad humana. (pág. 13-14).

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En la tradición católica, la preocupación por los pobres se fomenta mediante la acción individual y común, las obras de caridad, los esfuerzos por alcanzar un orden social más justo, la práctica de la virtud y la búsqueda de la justicia en nuestra propia vida. Requiere acción para hacer frente a estructuras de injusticia que dejan a la gente en la pobreza. (pág. 14).

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El compromiso de nuestra Iglesia de encontrar un lugar en la mesa para todos los hijos de Dios se expresa en todas las regiones de nuestro país y en los lugares más pobres de la tierra… Nuestra fe nos da la fortaleza, la identidad y los principios que necesitamos para sostener este trabajo.
(pág. 15).

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…la mesa que buscamos para todos descansa en estas cuatro instituciones, o pies: (1) lo que pueden hacer las familias y personas, (2) lo que pueden hacer las instituciones comunitarias y religiosas, (3) lo que puede hacer el sector privado y (4) lo que puede hacer el gobierno para trabajar juntos en la superación de la pobreza. (pág. 15).

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Aquí y en el extranjero, nuestras parroquias y escuelas deben seguir teniendo en claro su identidad y misión, y deben continuar siendo faros de esperanza y centros de ayuda par las familias y comunidades pobres. (pág. 17).

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El trabajo debe ser un escape de la pobreza, no otra versión de ésta. (pág. 17).

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El proceder católico es reconocer el rol esencial y las responsabilidades complementarias de las familias, las comunidades, el mercado y el gobierno para trabajar juntos en la superación de la pobreza y el fomento de la dignidad humana. (pág. 18).

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Quienes tienen más pueden hacer elecciones para usar menos, compartir más y abogar por mayor justicia, para que todas las personas tengan los recursos para sustentarse a sí mismas y a sus familias. (pág. 19).

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Para que todos tengan un lugar en la mesa, algunos de nosotros tal vez tengamos que ocupar un lugar más pequeño en la mesa. (pág. 19).

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La unidad nacional, la solidaridad global, la seguridad dentro de nuestro país y la existencia de un mundo más pacífico se promueven procurando una vida decente y digna para todos los hijos de Dios. (pág. 20).

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Podemos a veces discrepar en cuanto a los detalles sobre la mejor manera de servir a los necesitados, de superar la pobreza y fomentar la dignidad humana, pero a un cristiano le es imposible decir, "Ésta no es mi tarea". Esta misión es una parte esencial de lo que nos hace discípulos de Cristo. (pág. 20).

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Los pobres y los vulnerables nunca deben ser olvidados en nuestro culto público o en nuestra oración privada. Tal como guardamos juntos el domingo en todo el mundo, debemos trabajar juntos en solidaridad el resto de la semana para vivir el Evangelio. (pág. 20-21).

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Como ciudadanos fieles, debemos tomar en serio nuestras responsabilidades de votar y expresar nuestras convicciones en respaldo de políticas públicas, que defiendan la vida human y promuevan la dignidad humana de todos, especialmente la de los pobres y vulnerables. (pág. 22).

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Cuando la gente se une para exigir respeto a su dignidad y a sus derechos, no sólo se ayuda a sí misma, sino que también se fortifica la comunidad entera y fomenta el bien común. Nuestra fe nos llama al compromiso, no al retiro; a renovar la tierra, no a huir del mundo. (pág. 23).

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El Santo Padre insiste en que cualesquiera sean nuestras diferencias nacionales, étnicas, religiosas o económicas, todos somos hijos de Dios, miembros de una sola familia humana. (pág. 23).

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"Amar a nuestro prójimo" tiene dimensiones globales en un mundo que se está reduciendo. En nuestra oración, formación, servicio y ejercicio ciudadano, y en nuestros programas de hermanamiento y extensión debemos traspasar los límites del vecindario y la nación para reconocer el tejido de la vida que nos conecta a todos en esta edad de la globalización. (pág. 23).

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Esta no es una época de "puras palabras y de labios para afuera", sino de compromiso "de verdad y con hechos" de los católicos en Estados Unidos, para trabajar con otros con el fin de hacer un lugar en la mesa para todos los hijos de Dios. (pág. 24).

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