Como resultado de esta mentalidad que busca el placer, también hay un esfuerzo sistemático para suprimir y eliminar a los miembros más débiles y más vulnerables de la sociedad que presentan inconvenientes a otras personas y son vistos como una carga.Los esfuerzos legislativos para aflojar y abandonar las restricciones sobre el suicidio asistido, la eutanasia y el aborto son un resultado directo de la mentalidad que nos alienta a eliminar a las personas que nos causan inconvenientes o no son deseadas en nuestra búsqueda de placer.¿El resultado?:“hombres huecos” que tratan de mantenerse entretenidos en la marcha de la muerte.
Las gráficas imágenes del poema comparan al mundo de los hombres huecos con un “valle de estrellas moribundas”.Las estrellas moribundas de hoy son las vidas únicas que son despreciadas e ignoradas por quienes las consideran inútiles.A los padres se los motiva a ponerle fin a la vida en gestación que tenga “mala salud". Si quienes tienen “mala salud” ya están presentes en el mundo, se les da la opción de terminar su propia vida para que no sean una carga a los demás.
Pero eliminar a los pobres e indefensos no resultará en más felicidad y comodidad; solo resultará en mayor temor y menos libertad.Cuando una categoría de seres humanos, tales como las personas por nacer, los ancianos o los enfermos son candidatos a ser eliminados, ¿qué podría impedir que otras vidas humanas sean consideradas menos valiosas o dignas de protección? ¿Cuáles son los criterios para estas decisiones?La eliminación e indiferencia de los pobres e indefensos solamente pone presión sobre los “sanos” para que trabajen más arduamente con el fin de probar que su vida vale y así ellos no sean también blanco de eliminación.
El Papa Benedicto XVI escribe en su encíclica Spe salvi (Salvados en la esperanza) de 2007:“Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (n. 38).La capacidad de aceptar a quienes sufren, a los que son más débiles y más vulnerables, nos hace más humanos.El mismo Cristo demostró esta nobleza de corazón en su forma de tratar a los enfermos y a los miembros rechazados de la sociedad.
Con Cristo, ya no somos huecos ni vacíos; en cambio somos un pueblo de esperanza, y por tanto un pueblo de vida.No debemos quedarnos quietos ociosamente como los “hombres huecos” sistemáticamente crean una cultura hostil de vida en sus etapas más vulnerables.Cada día debemos esforzarnos por contrarrestar estos esfuerzos dando testimonio de la dignidad y valor de cada persona.
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