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catechetical-sunday-2015-poster-english-spanish-animatedDomingo Catequético: Hemos de salvaguardar la dignidad de toda persona

por Hilary Chester
Director Asociado del Programa de Lucha contra la Trata
Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos

La esclavitud y otras formas similares de explotación se mencionan a lo largo del Antiguo y el Nuevo Testamento. En un ejemplo, Jesús, a través de su autosacrificio último, libera a los fieles de la esclavitud y la servidumbre figurativas. En la actualidad, la esclavitud no es simplemente una metáfora. La esclavitud y explotación de hombres, mujeres y niños es muy real. Naciones Unidas (ONU) define este delito en el Protocolo de Palermo, y la mayoría de los países han adoptado leyes nacionales en consonancia con esta definición.

Aquí en los Estados Unidos, la ley federal se denomina la Ley de Protección a las Víctimas de la Trata (TVPA), aprobada por primera vez al año 2000. Esta ley define el delito y a la vez estipula los servicios y recursos disponibles para las víctimas. La TVPA identifica tres elementos clave que deben estar presentes en el delito: el acto de obtener el control sobre una persona ("la captación, transporte, traslado, acogida o recepción de personas"); los medios de mantener ese control ("amenaza o uso de la fuerza u otras formas de coacción, secuestro, fraude, engaño, abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga control sobre otra, con fines de explotación"), y el propósito de obtener ganancias financieras ("explotación sexual, trabajos o servicios forzados, esclavitud o prácticas análogas a la esclavitud, servidumbre o la extracción de órganos").

Las estimaciones de la ONU y otras entidades gubernamentales y de aplicación de la ley clasifican la trata de personas entre las tres principales empresas criminales más rentables, junto con las drogas y el tráfico de armas. El número de personas esclavizadas en todo el mundo se estima en millones.

La Iglesia Católica fue una de los primeros proponentes de la redacción de leyes contra la trata de personas, tanto en los Estados Unidos como a nivel mundial. Mujeres religiosas, instituciones caritativas católicas y prestadores de servicios sociales fueron algunos de los primeros en reconocer a víctimas de la trata de personas entre sus clientes y en darse cuenta de que eran víctimas de un delito "nuevo" y específico. Se hizo evidente que había una forma específica de abuso y explotación frecuente entre los migrantes, en los Estados Unidos y en el extranjero, que era diferente al contrabando, diferente a las formas típicas de la explotación laboral. El reclutamiento y control organizado y deliberado de personas para trabajar en la industria del sexo comercial y en muchas otras industrias fue saliendo a la luz a medida que migrantes y otras personas vulnerables buscaban ayuda de la Iglesia.

Las entidades católicas han estado en primera línea en todo el mundo en identificar y servir a las víctimas, ayudar a los sobrevivientes a restablecerse, educar a personas en riesgo y a los que atienden estos casos, sensibilizar al público en general, y abogar por mejores protecciones y recursos para las víctimas y sobrevivientes.

La vigorosa oposición de la Iglesia Católica a la trata de personas tiene sus raíces en los principios de la enseñanza social católica: la santidad y dignidad de la vida humana. El Catecismo de la Iglesia Católica "proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón… conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía" (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], segunda edición [Washington, DC: Libreria Editrice Vaticana (LEV)-United States Conference of Catholic Bishops (USCCB), 2001], no. 2414).

Ya en 2002, en una carta titulada "Esclavitud en el siglo XXI: La dimensión de los derechos humanos en la trata de seres humanos", nuestro Santo Padre el papa Juan Pablo II declaró que "la trata de personas humanas constituye un ultraje vergonzoso a la dignidad humana y una grave violación de los derechos humanos fundamentales… Estas situaciones son una afrenta a los valores fundamentales que comparten todas las culturas y todos los pueblos, valores arraigados en la misma naturaleza de la persona humana" (Juan Pablo II, 15 de mayo de 2002, w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/2002/documents/hf_jp-ii_let_20020515_tauran.html).

Durante muchos años he trabajado para organizaciones católicas tanto directamente con víctimas y sobrevivientes de la trata de personas como en nombre de estas. Lo que todos hemos aprendido es que la trata de personas tiene éxito —prospera— porque los autores quiebran sistemáticamente a sus víctimas. Los traficantes mantienen el control de sus víctimas a través de poderosas tácticas de coacción psicológica.

Las personas sobrevivientes y sus familias son amenazadas, agredidas físicamente y temen por su vida. Recuerdo que una sobreviviente me decía que su traficante y proxeneta le dijo que podía irse si quería; simplemente la sustituiría con su hermana menor. Así que se quedó.

Las víctimas de nacionalidad extranjera a menudo se sienten atrapadas legalmente. A menudo son muy conscientes de que están violando las leyes si son prostituidas, trabajando sin autorización legal, o presentes en el país sin estatus migratorio. Los traficantes simplemente amenazan con llamar a las autoridades policiales o de inmigración para que las víctimas sean arrestadas, encarceladas y deportadas, y regresar a sus familias sin nada. Así que se quedan.

La vergüenza también paraliza a muchas víctimas. Después de meses, incluso años, de esclavitud, algunas sobrevivientes creen que no son dignas de ser rescatadas, o que no pueden regresar a sus familias o comunidades porque están "arruinadas". Para la mayoría de nosotros es fácil imaginar la vergüenza que siente una persona si es explotada en el sexo comercial (por ejemplo, si es prostituida u obligada a participar en espectáculos de desnudos o pornografía). Mujeres o niñas a menudo dicen sentir que han deshonrado a sus familias, que ya no pueden casarse o tener una familia propia. Los traficantes repiten estos mantras a sus víctimas: ¿Dónde vas a ir? ¿Quién te va a querer? Así que se quedan.

Las personas explotadas en las redes de trata de mano de obra también experimentan profunda vergüenza. Se sienten estúpidas por caer en un ardid o falsa promesa. Sus familias pueden haber hecho grandes sacrificios para pagar a los empleadores honorarios de contratación y los gastos de viaje, sólo para enterarse de que los empleos no eran en absoluto lo que les habían prometido y a veces que incluso los documentos de viaje eran falsos. Como resultado, la familia está endeudada, y las víctimas sienten que no pueden "volver a casa" hasta arreglar las cosas. Esto puede separar familias, sobre todo en los casos de hombres que no pueden sostener a sus familias y de mujeres que dejan a hijos atrás. Así que se quedan.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

En primer lugar, debemos formar comunidades de protección. La trata de personas ocurre en todas partes, y las víctimas provienen de diversos orígenes. Sin embargo, existen vulnerabilidades específicas que pueden aumentar el riesgo: (1) la pobreza y las oportunidades socioeconómicas limitadas; (2) la falta de estatus migratorio y la imposibilidad de participar en el trabajo regulado, y (3) el abuso previo y la disfunción o desintegración familiar. Debemos educarnos a nosotros mismos para que podamos saber quién está en riesgo, dónde pueden encontrarse las víctimas, cómo responder, y cómo apoyar el pleno restablecimiento de los supervivientes.

Las industrias que dependen de trabajadores temporales y estacionales, especialmente trabajadores migrantes, tienen una mayor incidencia de explotación y trata. Lo mismo ocurre en las industrias no reguladas y mal reguladas, como la agricultura y el procesamiento de productos agrícolas; el cuidado personal y el trabajo doméstico; la industria ligera; la hostelería y servicio, como restaurantes y hoteles; entretenimiento para adultos, como clubes de striptease y pornografía; y el comercio sexual ilícito. Es importante mantenerse vigilantes y denunciar sospechas, ya sea a un grupo de trabajo o coalición local contra la trata, o a la línea telefónica nacional de ayuda.

También debemos reconocer cómo nuestras propias elecciones y acciones pueden estar contribuyendo a la explotación de otros. El papa Francisco escribió claramente en su exhortación apostólica Evangelii gaudium, "Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: '¿Dónde está tu hermano?' (Gn 4:9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda" (Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium [w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html], no. 211).

Hay acciones directas —como explotar empleados o auspiciar negocios de los que lo hacen, o ser consumidor de servicios de explotados en el comercio sexual— que simplemente deben parar. Proactivamente, debemos ser consumidores y empleadores éticos. Podemos sumarnos a campañas de incidencia y dirigidas a los consumidores para luchar contra los fallos institucionales y sistémicos en los Estados Unidos y en el extranjero que han normalizado la explotación de los inmigrantes indocumentados, el abandono de niños y jóvenes en los sistemas de bienestar y de justicia juvenil, y la marginación de las mujeres, los pobres o las minorías étnicas y religiosas. Por último, podemos mirar por nuestros vecinos, nuestros hermanos y hermanas, como el papa Francisco nos instruye.

Creemos que, para hacer valer la dignidad de la persona humana, es esencial que las comunidades con mayor riesgo de explotación sean conscientes de los riesgos y se eduquen en sus derechos. Una comunidad educada y empoderada está mejor preparada para proteger a sus miembros más vulnerables de la explotación, así como para identificar, servir y buscar la justicia para los miembros que pudieran haber caído presa de los traficantes. El principio de subsidiariedad y de "acompañamiento", que se basa en los propios recursos humanos de una comunidad, es un enfoque práctico para la educación a nivel de base y la divulgación en las comunidades en riesgo.

Tenemos pues mucha capacidad para ser solidarios con los afectados por la trata de personas y para llevar la luz del Evangelio a la oscuridad.


Copyright © 2015, Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, Washington, D.C. Todos los derechos reservados. Se permite la reproducción de esta obra sin adaptación alguna para uso no comercial.

Las citas del Catecismo de la Iglesia Católica, segunda edición, © 2001, Libreria Editrice Vaticana–United States Conference of Catholic Bishops, Washington, D.C. Reproducidas con permiso. Todos los derechos reservados.

Las citas de los documentos papales han sido extraídas de la página Web oficial del Vaticano. Todos los derechos reservados.