¿Qué es lo que amamos cuando decimos amar a los Estados Unidos de América?

Por el Dr. Terence Sweeney, Universidad de Villanova

“Gloria a Dios por las cosas variopintas:

   por los cielos cual reses berrendas, a dos tintas;

     por la mota rosada que en la trucha que nada pinta pintas de antojo”.

                                         — Gerard Manley Hopkins, SJ

El libro Confesiones de San Agustín contiene su historia de enamorarse de Dios. Durante su relato, pregunta a Dios: “¿qué es lo que amo cuando yo te amo?” Pregunta porque esa pregunta motiva su búsqueda de su Amado y, por lo tanto, profundiza su amor. Agustín pide también evitar enamorarse de algo que no es Dios, anhelando a la realidad de Dios en lugar de a un ídolo. Todos deberíamos hacernos esta pregunta, no solo sobre nuestro amor a Dios, sino sobre todo lo que amamos. Esto cobra especial relevancia ahora que conmemoramos el 250 aniversario de nuestra Declaración de Independencia. Deberíamos preguntarnos: “¿Qué es lo que amamos cuando decimos amar a los Estados Unidos de América?” Al plantearnos esta pregunta, podemos comprender cómo amar correctamente a nuestro país y comprender las bondades únicas de los Estados Unidos de América.

En primer lugar, la pregunta nos impulsa a ser conscientes de cómo ordenamos adecuadamente el amor que forma parte de nuestra humanidad. San Agustín comprendió bien que los seres humanos somos amantes. Tenemos razón al amar el aroma de la barbacoa, una cerveza fría en un día caluroso, el sonido del jazz o del bluegrass, la sensación del aire fresco del Atlántico o del Pacífico, la impresionante grandeza de Yosemite o de la Gran Manzana. Todas las cosas que amamos deberían ayudarnos a regresar al amor original de Dios. Nuestros amores no deben llegar a estar desordenados. Sería grotesco poner mi pasión por el béisbol por encima de mis hijos. Asimismo, aunque el poder, el dinero y la libertad pueden ser instrumentos para el bien, nuestro amor es desordenado cuando buscamos el poder antes que la justicia, acumulamos dinero descuidando a los pobres o nos aferramos a la libertad individual a expensas de los no nacidos. Cuando nuestros amores están desordenados, caemos en el pecado. Para los católicos, siempre debemos amar a Dios y a su Iglesia mucho más que a cualquier ciudad terrenal. Vivimos como peregrinos llamados a amar el lugar de nuestra peregrinación y a amar aún más nuestro destino y a nuestros compañeros peregrinos. Cuando intentamos descubrir qué es lo que amamos de los Estados Unidos de América, debemos establecer el orden correcto y nunca amar demasiado a nuestra nación. Más que riqueza, poder o autonomía, necesitamos amar la justicia, la dignidad humana y a los pobres, sobre quienes Dios hizo una opción preferencial como lo expresa San Agustín.

Esto significa que un verdadero amor a la patria no teme confesar y arrepentirse cuando nuestros amores han llegado a ser desordenados: poner el deseo de expandir los Estados Unidos de América por encima de los derechos de los pueblos indígenas, abrazar la supremacía blanca en lugar de la igual dignidad de todas las personas, amar la riqueza generada por un mercado sin restricciones mientras los pobres y los trabajadores sufren. Y deberíamos examinar nuestros propios corazones por temor a nuevas formas de equivocarnos, como amar la autonomía más que la vida de los enfermos, amar las fronteras más que a nuestros hermanos migrantes, y amar las armas más que nuestra infraestructura social orientada al bien común.

¿Qué tiene este país para que sea tan amado?

Lo que amamos de nuestro país es una cuestión de lo que San Agustín considera un acuerdo sobre los intereses comunes de nuestro amor. Uno de esos intereses comunes que amamos es la “catolicidad” de nuestra nación. Es decir, su manera de ser un poco como la Iglesia al ser un hogar para personas de todas las naciones.

San Agustín escribió que nuestra iglesia peregrina acoge a “ciudadanos de todas las razas y lenguas, reclutando con ellos una sociedad en el exilio, sin preocuparse de su diversidad de costumbres”. La diversidad de la Iglesia católica refleja la diversidad y la belleza del propio Cuerpo de Cristo. El plan de Dios para su creación incluye y celebra la diversidad de culturas, pueblos y experiencias. Estados Unidos de América tiene la oportunidad de celebrar este pluralismo al dar la bienvenida a personas de todas las naciones, idiomas y costumbres, uniéndolas bajo nuestras leyes y principios comunes. Los católicos celebramos esto debido a nuestra profunda fe en la libertad que Dios nos otorga, la cual forma parte de nuestra dignidad humana inherente. Como católicos que vivimos en los Estados Unidos de América, tenemos doble motivo para esperar que nuestro país viva de acuerdo con esta realidad.

Nuestro país cuenta con una amplia variedad de regiones, climas diferentes y terrenos radicalmente distintos. Nuestra cultura compartida es real, pero varía desde los antiguos ancestros yanquis en Nueva Inglaterra hasta los antiguos ancestros mexicanos en Arizona, desde los nuevos inmigrantes hmong en Minnesota hasta los nuevos venezolanos en Miami. Si bien el inglés es nuestra lengua principal, siempre hemos tenido muchos idiomas hablados aquí, desde el quebequense de Nueva Inglaterra hasta el criollo de Nueva Orleans, desde el holandés de Pensilvania en la región del Atlántico Medio hasta el spanglish que se habla en todo el país. En mi pequeño vecindario de Filadelfia, somos estadounidenses de origen haitiano, liberiano, jamaicano, africano, irlandés y venezolano. James Joyce dijo célebremente sobre la Iglesia católica: “Aquí viene todo el mundo”. Se podría decir lo mismo de este país. Y es algo muy bueno.

De muchos, uno

En medio de esta diversidad, sigue existiendo una unidad fundamental en torno a ciertos objetos de amor compartidos. En concreto, nuestro país considera ciertas verdades como evidentes por sí mismas; nos comprometemos a un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo; trabajamos para que la libertad resuene desde cada ladera; prometemos preguntarnos qué podemos hacer por nuestro país. Somos personas con diferentes orígenes y estatus migratorios, con puntos de vista políticos y tradiciones religiosas muy diferentes. En medio de la diversidad, somos un país que se mantiene firme y se compromete con la bandera y con “la República que representa, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Eso es lo que nos hace uno.

San Agustín dijo de la verdadera amistad que hace e pluribus unum, de muchos, uno. Pido a Dios que un amor patriótico bien encauzado ayude a que las personas y el bien común prosperen. Pido a Dios que nos comprometamos a compartir mejor nuestros amores: la justicia, la dignidad y la paz. Pido a Dios que confesemos nuestros fracasos y celebremos nuestros logros compartidos. Pido a Dios que celebremos también la belleza singular de nuestra tierra y de nuestra gente. Pido a Dios que nos comprometamos con la idea compartida de una república y con la libertad y la justicia que representa. Pido a Dios que los católicos continúen compartiendo con nuestros compatriotas estadounidenses las ricas tradiciones del amor ordenado correctamente, la celebración de la diversidad de Dios y el compromiso con la dignidad humana. Comprometerse con esos amores es la mejor forma de patriotismo, sabiendo lo que amamos cuando decimos amar a esta nación.

Este artículo forma parte de una serie que explora las contribuciones católicas a lo largo de 250 años de historia de los Estados Unidos de América. Obtenga más información en Sostenemos como evidentes estas verdades.

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